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1. La influencia que ejerce la doctrina de la predestinación en la vida diaria del creyente. 2. Una fuente de seguridad y valor. 3. El énfasis calvinista en la obra divina en la salvación del hom-bre. 4. Sólo el calvinismo pasa por todas las pruebas. 5. Las doctrinas calvinistas no son irrazonables cuando son entendidas correctamente. 6. La Asamblea de Westminster y la Confesión de Fe. 7. Estas doctrinas deben ser enseñadas y predicadas pú-blicamente. 8. Los votos de ordenación y la obligación del mi-nistro. 9. La iglesia presbiteriana mantiene una posición abierta y tolerante. 10. Razones por las que el calvinismo se encuentra parcialmente eclipsado en el presente.
1. La influencia que ejerce la doctrina de la predestinación en la vida diaria del creyente
Es totalmente falso que ésta sea una mera teoría, fría, árida, y especula-tiva o un insensible sistema de extrañas doctrinas, como muchos opinan. Este sistema es, al contrario, un relato vital e importante de las relaciones de Dios con el hombre, y encierra en sí grandes verdades prácticas que sirven, mediante la influencia del Espíritu Santo, para moldear los afectos del cora-zón y dar dirección correcta a la conducta. Dice Calvino al respecto: "Qui-siera en primer lugar, exhortar a mis lectores a que tengan presente esta ad-monición, que este gran tema no es, como muchos se imaginan, una disputa intricada y contenciosa, ni una especulación sin provecho que sólo sirve para cansar la mente de los hombres; sino, más bien, un tema provechoso que redunda en beneficio de los creyentes. Ya que nos edifica sólidamente en la fe, nos enseña a ser humildes, y nos mueve a admirar la bondad infi-nita de Dios para con nosotros. Y no hay medio más eficaz para edificar nuestra fe que el abrir nuestros oídos a la elección divina, la cual el Espíritu de Dios sella en nuestros corazones mientras escuchamos, mostrándonos que la elección procede de la eterna e inmutable buena voluntad de Dios para con nosotros; y que, por tanto, no puede ser revocada ni alterada por ninguna tormenta del mundo, por ningún ataque de Satanás, por ningún cambio ni ninguna inconstancia o debilidad de la carne. Y cuan inmenso es el consuelo que experimentamos cuando entendemos que la causa de ella se halla exclusivamente en el seno de Dios". Creemos que estas son palabras verdaderas y muy necesarias hoy día.
El creyente que atesora esta doctrina en su corazón sabe que su rumbo en la vida es uno que le conducirá al cielo; que su camino terreno ha sido preor-dinado para él personalmente; y que, por tanto, es un buen camino. Aun-que no comprenda todos los detalles, puede mirar confiadamente hacia el futuro aun en medio de las adversidades ya que sabe que su destino eterno está asegurado y que su futuro es uno lleno de bendiciones; y que nada ni nadie puede despojarle de este inestimable tesoro. Además, sabe que una vez terminado su peregrinaje podrá mirar hacia atrás y ver que cada suceso de su vida fue determinado por Dios con un propósito particular, y se sen-tirá agradecido por haber sido conducido a través de todas sus experiencias particulares. Una vez convencido de estas verdades, el creyente sabe que el día vendrá cuando a todos los que le afligieron o persiguieron podrá decir, como José dijo a sus hermanos, "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien". Este concepto glorioso de Dios como el Alto y Sublime, que aun está interesado en los más mínimos sucesos, no deja lugar a lo que los hombres únicamente llaman casualidad, suerte, o azar. Cuando una persona se reconoce escogida del Señor y sabe que cada uno de sus actos tiene un significado eterno, comprende con mayor claridad cuan seria es la vida y, por consiguiente, siente una nueva y poderosa determinación de ha-cer grandes cosas que redunden en la gloria de Dios.
2. Una fuente de seguridad y valor
"La doctrina de la providencia particular", dice Rice, "es la que da a los creyentes seguridad en medio del peligro, seguridad de que el camino del de-ber es el camino del bien y de la prosperidad. Dicha doctrina, además, mueve a los creyentes a vivir vidas virtuosas, aun cuando ello les exponga a grandes reproches y persecuciones. Cuan frecuentemente, cuando nubes y oscuridad parecen posarse sobre los creyentes, ellos pueden regocijarse en la seguridad que brindan las palabras del Salvador, 'Nunca os dejaré, ni os abandonaré". La seguridad que esta doctrina imparte al creyente en pruebas surge de la certeza que sus asuntos no dependen de su propio poder o, mejor dicho, de su debilidad, sino de las poderosas manos seguras del Pa-dre Todopoderoso—que sobre él está la bandera del amor y debajo de él están los brazos eternos. Además, el creyente sabe que aun el diablo y hom-bres impíos, no importa cuantos males traten de infligir, no sólo son refre-nados por Dios sino compelidos a hacer la voluntad de Dios. Eliseo, solita-rio y olvidado, consideró que eran más los que estaban con él que los que es-taban contra él, porque vio los carros y los jinetes del Señor en las nubes. Los discípulos, sabiendo que sus nombres estaban escritos en el cielo, esta-ban resueltos a padecer persecuciones, y en cierta ocasión, al ser azotados y escarnecidos, "salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre" (Hch. 5:41).
"La meditación piadosa sobre la predestinación y nuestra elección en Cristo", dice el artículo diecisiete del credo de la Iglesia Anglicana, "es fuente de dulce, grato, e inexpresable consuelo a los creyentes". Pablo dijo, "Por nada estéis afanosos". Y es sólo cuando sabemos que Dios verdadera-mente reina desde el trono del universo y que él ha ordenado que seamos sus hijos amados, que podemos tener esa paz interna en nuestros corazones.
El Dr. Clarence E. Macartney, en un sermón sobre la predestinación, dijo: "Las supuestas desdichas y adversidades de la vida asumen un matiz distinto cuando las contemplamos a través del cristal de la predestinación. Es triste oír a personas que tratan de vivir su vida otra vez diciéndose a sí mismas: 'Si sólo hubiese escogido otra profesión', 'Si sólo hubiese tomado otro camino en la encrucijada de la vida', 'Si sólo me hubiese casado con otra persona'. Expresiones como estas demuestran gran debilidad y no son cristianas. Es verdad que en un sentido hemos entretejido la red del destino de nuestra vida con nuestras propias manos, pero también es cierto que Dios ha tenido su parte en ello. Es la parte de Dios y no la nuestra la que nos da fe y espe-ranza". Blaise Pascal, en una maravillosa carta escrita a un amigo angus-tiado por la muerte de un ser querido, en vez de repetir las acostumbradas palabras de consuelo, le confortó con la doctrina de la predestinación, di-ciendo, "Si consideramos este suceso, no como un efecto de la casualidad, ni como una fatal necesidad de la naturaleza, sino como resultado inevita-ble, justo, santo, de un decreto de la providencia divina, concebido desde la eternidad, para ser ejecutado el año, día, hora, lugar y manera en que ha acontecido, adoraremos en humilde silencio la sublimidad impenetrable de los secretos del Señor; adoraremos la santidad de sus decretos; bendecire-mos las obras de su providencia, y uniendo nuestra voluntad con la de Dios mismo, desearemos con él, en él y para él, lo que él ha decidido hacer en no-sotros y para nosotros desde la eternidad".
El calvinista genuino ve la mano y el propósito sabio de Dios en todo, y sabe que aun sus sufrimientos, pesares, persecuciones, derrotas, etc., no son los resultados de la casualidad ni accidentes, sino que han sido previstos y preordinados, y que son maneras que Dios utiliza para disciplinarle para su propio bien. El calvinista sabe que Dios no aflige a sus hijos innecesaria-mente; sabe que en el plan divino todas sus aflicciones han sido estrictamente ordenadas en cuanto a número, peso y medida; y que no continuarán ni un solo instante más de lo que Dios considera necesario. En el momento de pesar, su corazón, afianzado en estas verdades, instintivamente se adhiere a esta fe, sintiendo que la aflicción fue enviada por razones sabias y benignas, aunque desconocidas. No importa cuan dolorosas y desconcertantes las aflicciones, un momento de reflexión le hace volver en sí nueva-mente, y los pesares y tribulaciones pierden en gran medida su punzante filo.
De acuerdo con estas verdades las Escrituras declaran: "A los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien" (Ro. 8:28); "Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo" (Heb. 12:5, 6). "Jehová es; haga lo que bien le pareciere" (1S. 3:18); "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Ro. 8:18); "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, por-que vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros" (Mr. 5:11, 12). "Y si sufrimos (con él), también reinaremos con él" (2 Ti. 2:12). "Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito" (Job 1:21). Y cuando alguien nos difame, al menos no nos sentiremos tan ofendidos sino que con David podremos de-cir: "Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho" (2 S. 16:11).
La predestinación es nuestra única garantía segura de salvación. Otras cosas pueden darnos consuelo, pero sólo la predestinación puede darnos seguridad. La predestinación da al evangelio su verdadero significado, es decir, "buenas nuevas". Cualquier otro sistema que sostenga que el sacrificio de Cristo en realidad no salvó a nadie sino que meramente hizo posible la salvación de todos, siempre y cuando los hombres cumplan con algunos requi-sitos, reduce el evangelio a nada más que un buen consejo, y cualquier sistema que sólo lleva consigo una mera "posibilidad" de salvación, también lleva, por necesidad lógica, una "posibilidad" de perdición. ¡Cuan distinto es para el hombre caído si el evangelio es buenas nuevas o meramente bue-nos consejos! El mundo está lleno de buenos consejos; aun los libros de los filósofos paganos tienen muchos buenos consejos; pero sólo el evangelio tiene las buenas nuevas de que Dios nos ha redimido.
Este sistema, a pesar de lo lógico y severo que aparenta ser, no infunde tristeza ni pasividad, sino valor y actividad. El calvinista, reconociéndose inmortal hasta que su labor haya sido cumplida, experimenta como resul-tado, gran valor. Smith describe muy bien al calvinista en las siguientes pa-labras: "Habiendo sido rescatado del terrible abismo y colocado sobre la Roca eterna, su corazón rebosa de amorosa gratitud, su alma está cons-ciente de un amor divino que jamás le abandonará y de un poder divino que en él y a través de él está cumpliendo los propósitos de eterno bien, y se en-cuentra ceñido de fuerza invencible. En un sentido mucho más noble de lo que Napoleón jamás soñó, se reconoce ser un 'hombre de destino' ".Y añade, "El calvinismo es al mismo tiempo el credo más satisfactorio y el más estimulante".'
Además de propiciar incentivos al valor, la doctrina de la predestinación sirve de incentivo a la humildad y al agradecimiento. En la presente etapa de su vida el creyente se considera a sí mismo como un tizón sacado del fuego. Reconociendo que ha sido salvado no por mérito o sabiduría propia, sino sólo por la gracia y misericordia de Dios, se siente profundamente cons-ciente de su dependencia de Dios y esto le sirve como el más grande incen-tivo para vivir una vida recta. En fin, no hay manera más segura de llenar la mente con reverencia, humildad, paciencia y gratitud que el impregnarla con esta doctrina de la predestinación.
3. El énfasis calvinista en la obra divina en la salvación del hombre
El que desconozca estas verdades más profundas sacadas a la luz por la doctrina de la predestinación podrá llegar a ser sólo un creyente muy imper-fecto. No podrá apreciar adecuadamente la gloria de Dios, ni las riquezas de la gracia impartidas mediante la redención en Cristo; porque en ninguna otra parte brilla tan refulgentemente la gloria de Dios, libre de contamina-ción por obras humanas, que en la predestinación de los elegidos a la vida. La predestinación nos enseña que todo lo que somos y todo lo de valor que poseemos lo debemos a la gracia divina. Además, la predestinación re-prende el orgullo humano y exalta la misericordia divina; muestra que el hombre es nada y que Dios es todo, y así preserva la verdadera relación en-tre la criatura y el infinitamente exaltado Creador; exalta a un Soberano ab-soluto, quien es el gobernador universal, y humilla ante él a todos los demás soberanos, enfatizando de ese modo el hecho de que todos los hombres en sí mismos y aparte del favor especial de Dios se encuentran en un mismo nivel; además, ha defendido los derechos de la humanidad dondequiera que ha pe-netrado, sea en la esfera del estado como en el de la iglesia.
La doctrina de la predestinación enfatiza el lado divino de la salvación mientras que su sistema rival enfatiza el lado humano. La doctrina de la predestinación graba en nosotros el hecho de que nuestra salvación es pura-mente por gracia y que no somos mejores que los que han sido abandonados a sufrir por sus pecados. Por consiguiente, nos mueve a ser más caritativos y tolerantes para con los no salvos y a sentir eterno agradecimiento a Dios por habernos salvado a nosotros. Nos enseña que en nuestro estado caído nuestra sabiduría no es sino necedad, nuestra fortaleza debilidad, y nuestra justicia meros trapos de inmundicia. Nos enseña además que nuestra confianza está en Dios y que de él solo viene nuestra ayuda. Nos enseña la lección que tantos ignoran para su propio perjuicio, es decir, la bendita lección de desesperar de nosotros mismos. Lutero dice que frecuentemente se sentía ofendido por esta doctrina, porque le impulsó a desesperar de sí mismo; pero que más tarde se dio cuenta de que este tipo de desesperanza le era provechosa y era algo parecido a la gracia divina. Esta doctrina, ciertamente, brinda la respuesta a más preguntas, envuelve menos dificultades, provee una base más sólida a la fe y a la esperanza y exalta y glorifica a Dios más que cualquiera otra doctrina que la contradiga. No es una exageración decir que esta doctrina es fundamental a los conceptos religiosos de los escritores bíblicos, y el erradicarla del Antiguo o del Nuevo Testamento sería alterar toda la revelación bíblica. El Dr. J. Gresham Machen dijo al respecto, "El calvinista está constreñido a considerar la teología arminiana como una seria depreciación de la doctrina bíblica de la gracia divina; e igualmente se-ria es la idea que el arminiano debe sostener en cuanto a las doctrinas de las iglesias reformadas".
Es evidente, pues, que sólo hay dos teorías que aquellos que se llaman a sí mismos evangélicos pueden sostener en cuanto a este importante tema. To-dos los que han hecho algún estudio del tema y han llegado a algunas conclusiones al respecto son o calvinistas o arminianos. No existe otra posición que un "creyente" pueda asumir. Los que niegan la naturaleza sacrificial de la muerte de Cristo adoptan un sistema de auto salvación, un naturalismo, y por tanto no pueden ser considerados "creyentes" en el sentido histórico y propio del término.
A manera de comparación podemos decir que la iglesia luterana subraya el hecho de que la salvación es sólo por fe; la iglesia bautista destaca la importancia de los sacramentos, en particular el bautismo, y el derecho de los individuos y de las congregaciones a ejercer su criterio personal en los asun-tos religiosos; la iglesia metodista enfatiza el amor de Dios para con los hombres y la responsabilidad del hombre para con Dios; la iglesia congregacional destaca el derecho del criterio personal y de las congregaciones locales a dirigir sus propios asuntos; la iglesia católico romana enfatiza la unidad de la iglesia y la importancia de su vínculo con la iglesia apostólica. Todos estos énfasis, aunque válidos en sí mismos, pierden su importancia ante la gran doctrina de la soberanía y majestad de Dios que se destaca en las igle-sias presbiterianas y reformadas. Los principios enfatizados por las otras iglesias son principios más o menos antropológicos; el nuestro, en cambio, es un principio teológico y nos presenta un GRAN DIOS, alto y sublime, que ocupa el trono del dominio universal.
El Dr. Warfield nos ha dado un excelente análisis de los principios formativos de las iglesias luteranas y de las reformadas. Tras afirmar que la distin-ción no es que los luteranos niegan la soberanía de Dios, ni que los reforma-dos niegan la salvación por fe solo, añade: "El luteranismo, surgiendo a consecuencia de las angustias de un alma apesadumbrada por el sentido de culpabilidad, busca la paz con Dios y halla esta paz en la fe, y ahí se de-tiene.... Su mayor interés es la paz del alma justificada. El calvinismo pre-gunta con la misma vehemencia la gran pregunta: ¿Que haré para ser salvo?' y la contesta de la misma manera. Pero no se detiene ahí. Le pre-siona una pregunta aun más profunda: '¿de dónde proviene la fe por la cual soy justificado?.... El calvinista siente gran celo por la salvación, pero más aun por el honor de Dios, y es esta la pregunta que vivifica sus emocio-nes y vitaliza sus esfuerzos. El calvinismo comienza, se centra y termina con la visión de Dios en su gloria; y busca ante todas las cosas dar a Dios la glo-ria que le pertenece en cada esfera de la vida". Y añade: "El fundamento del pensamiento calvinista es en una palabra, la visión de Dios en su majes-tad", y una vez el hombre ha captado esta visión, queda "por un lado lleno de un sentido de su indignidad como criatura, y mucho más como pecador ante la presencia de Dios, y por otro lado lleno de indescriptible asombro de que no obstante este mismo Dios es uno que recibe a pecadores". Toda de-pendencia de sí mismo desaparece, y depende únicamente de la gracia de Dios. En la naturaleza, en la historia, en la gracia, en todo lugar, de eterni-dad a eternidad, el calvinista ve la actividad del Dios que todo lo llena.
Si Dios tiene un plan definido para la redención del hombre, es de suma importancia que conozcamos este plan. La persona que contempla una com-plicada máquina pero desconoce el propósito para lo cual ha sido diseñada e ignora la relación entre sus distintas partes, no la podrá entender ni usar de manera útil. De igual manera, si desconocemos el plan de salvación, o el gran fin de dicho plan, o la relación entre las distintas partes, o si las enten-demos erróneamente, nuestras ideas serán confusas y erróneas y no lo po-dremos aplicar debidamente a nosotros mismos o presentarlo a otras perso-nas. Dado que la doctrina de la predestinación nos revela tanto respecto al camino de salvación, y dado que provee tan gran consuelo y seguridad al creyente, ella es una gloriosa y bendita verdad.
No vacilamos en afirmar que este sistema de fe y doctrina, revelado por inspiración del Espíritu Santo, es el sistema filosófico verdadero y final. La teología estudia a Dios mismo, las ciencias físicas y las artes liberales estudian sólo sus vestiduras. Por consiguiente, la teología es la "reina de las cien-cias". La filosofía, como ha sido estudiada usualmente por las diferentes escuelas de pensamiento, es el fundamento y la maestra de las ciencias meramente humanas, pero en sí es sólo una ciencia auxiliar en el estudio de la teología.
La teología calvinista es el tema más glorioso que jamás haya ocupado la mente del hombre. Su mismo punto de partida es una profunda contemplación de la exaltación y perfección de Dios. Sus doctrinas sublimes de la gra-cia soberana, del poder y de la gloria de Dios, lo elevan a regiones mucho más exaltadas que cualquier otro sistema. El que lo escudriña tiene que ex-clamar con el salmista, "Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender"; o con el apóstol Pablo, "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuan insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!" (Sal. 139:6; Ro. 11:33). Este es un tema que ha desafiado los intelectos de todos los grandes pensadores, y no nos sorprende que éstas son cosas que los mismos ángeles anhelan contemplar. Pasar de otros sistemas a éste es como pasar de la boca de un río a un gran océano; las superficialidades quedan atrás y nos sentimos en un profundo y anchuroso mar.
4. Sólo el calvinismo pasa por todas las pruebas
La armonía que existe entre todas las ramas de la doctrina de la Escritura es tal que la verdad o el error en cuanto a cualquiera de ellas casi inevitablemente produce verdad o error, a mayor o menor grado, en todas las demás —lo que equivale a decir que sólo los calvinistas sostienen ideas bíblicas en todos los respectos en cuanto a las principales doctrinas del cristianismo. Esto no significa, sin embargo, que las partes esenciales de las doctrinas más importantes, tales como la divinidad de Cristo, su muerte sacrificial, su resurrección, la obra del Espíritu Santo, etc., no son también sostenidas por otros, sino que la tendencia general de conceptos equivocados respecto a las doctrinas distintivamente calvinistas es el alejarse más y más de las demás doctrinas bíblicas. Los anticalvinistas, por lo general, empobrecen tan seriamente doctrinas tales como la de la expiación, la obra del Espíritu Santo, la culpa e inhabilidad del hombre, la regeneración, etc., que éstas a menudo quedan convertidas en nada más que conceptos huecos; y unido a este empobrecimiento se manifiesta muchas veces la tendencia a pasarlas por alto completamente. Los anticalvinistas, por lo general, no distinguen adecuadamente entre la obra objetiva de Cristo por nosotros y la obra subjetiva en nosotros; y por consiguiente, la expiación queda reducida prácticamente a una mera exhibición y prueba del amor indiscriminado de Dios para con los hombres, mediante el cual se manifiesta su disposición a perdonarles. La tendencia en sistemas no calvinistas es el adoptar la teoría de la "persuasión moral" de la expiación; el calvinismo, en cambio, sostiene que el sufri-miento de Cristo satisfizo plenamente la justicia de Dios—que los sufri-mientos de Cristo fueron un equivalente pleno de los sufrimientos que los escogidos merecían por sus pecados.
Vivimos en una época en que vemos a prácticamente todas las iglesias protestantes históricas amenazadas desde adentro por el escepticismo. Mu-chas de ellas ya han sucumbido; y la línea de descenso ha sido invariable-mente del calvinismo al arminianismo, y del arminianismo al modernismo y al unitarismo; y esta última posición ha demostrado ser autodestructiva. Creemos firmemente que el futuro del cristianismo está íntimamente ligado al futuro del calvinismo. La historia del modernismo y del unitarismo en América del Norte ha demostrado que estos sistemas son demasiado débiles como para mantenerse. Donde los principios del calvinismo son abandona-dos, existe una poderosa tendencia hacia el naturalismo. Algunos han ex-presado—y creemos que correctamente—que no hay un punto medio consis-tente entre el calvinismo y el ateísmo.
Estas distinciones que hemos presentado entre el calvinismo y el arminia-nismo son amplias e importantes; y hasta que uno no haya hecho un estudio especial de estas verdades, no se dará cuenta de cuanta herejía ha sido incor-porada en el sistema arminiano. Si un sistema es verdadero, el otro es radi-calmente falso. Como calvinistas firmes creemos que nuestras doctrinas son la verdad final y que son eternamente verdaderas. Creemos que este es el único sistema de verdad cristiana enseñado en la Biblia y el único que se puede defender lógica y respetablemente ante el mundo. Y ciertamente mu-cho más fácil es defender un tipo de cristianismo en armonía con las Escri-turas y con la razón de defender cualquier otro tipo. Creemos que el calvi-nismo y un teísmo consistente no tienen puntos en común meramente, sino que son idénticos y desviarse del calvinismo es lo mismo que desviarse de una concepción verdaderamente teísta del universo. El Dr. Warfield ha di-cho que el calvinismo es "el verdadero teísmo", que es "el evangelicalismo en su pura y única estable expresión", que es "religión en su más alta con-cepción". Creemos que el futuro del cristianismo—como ha sucedido en el pasado—dependerá del futuro del calvinismo, y que según el cristianismo vaya avanzando en el mundo el sistema de doctrina calvinista gradualmente ocupará el primer lugar.
El arminianismo, debido a su posición inconsistente como sistema, ya que se encuentra en una posición intermedia entre una religión de gracia y una religión de obras, no ha podido ofrecer sino muy poca resistencia a las tendencias naturalistas de los últimos años. Prácticamente todas las iglesias que profesaban ser arminianas han sido absorbidas por el liberalismo actual.
"Si hemos no sólo de defender el cristianismo de ataques modernistas", dice el Dr. S. G. Craig, "sino de presentarlo como opción válida, debemos emprender dicha labor armados de una visión total de la vida y del mundo, consistente y científica, basada en hechos y principios cristianos.... Personalmente sostengo que dicha visión total cristiana de la vida y del mundo la tenemos únicamente en el calvinismo y, por tanto, un renacimiento del calvinismo es la necesidad imperante del momento, si es que verdaderamente hemos de defender con éxito ante el foro del pensamiento mundial aun aquello que llamamos simplemente cristianismo". El ya fallecido Enrique B. Smith tenía razón, al menos en principio, al escribir, "Una cosa es cierta —que la ciencia atea trastornará todas las cosas menos la verdadera ortodo-xia cristiana. Todas las débiles teorías, y las moluscas formaciones, y los in-mediatos purgatorios de especulación se irán por la borda. La lucha será entre una firme y cabal ortodoxia y un firme y cabal paganismo. Será Agustín o Comte, Atanasio o Hegel, Lutero o Schopenhauer, J. S. Mili o Juan Calvino". La lucha es entre el naturalismo de la ciencia y el sobrenaturalismo del cristianismo; todo sistema de avenencia está destinado al fracaso. (Cabe señalar, sin embargo, que no estamos en contra de la verdadera ciencia. Reconocemos el gran valor de la biología, la química, la física, la astro-nomía, etc., y estamos de acuerdo en que mucho de nuestro progreso del siglo veinte ha sido posible sólo mediante las contribuciones que estas ciencias han hecho. Aceptamos la verdad no importa de qué fuente proceda, y cree-mos que al fin y al cabo la verdad justificará el cristianismo. El salmista declaró, "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Sal. 19:1); y en otra parte dice, "Oh Jehová, Señor nuestro, cuan glorioso es tu nombre en toda la tierra" (Sal. 8:1); y cierta-mente mientras más sepamos sobre estas ciencias mejor entenderemos a Dios. Nuestra contención es más bien contra ciertos científicos incrédulos que tratan de aplicar sus teorías anticristianas, y a menudo ateas, a las esfe-ras de la religión y de la filosofía, y profesan hablar con autoridad sobre temas que desconocen).
Es interesante notar cómo, en la historia de la iglesia, otros sistemas de teología han surgido y desaparecido mientras que este sistema aun subsiste. El arminianismo, al menos en su forma presente, es de origen comparativa- I mente reciente. Desde la época de la Reforma hasta fines del siglo diez y ocho fue rechazado por los sínodos y credos protestantes. Aun en la iglesia católica no le ha ido bien. En el siglo cuatro Agustín logró que su doctrina de la predestinación fuese reconocida como la verdadera doctrina cristiana de la predestinación, y la iglesia católica nunca ha adoptado consistente y oficialmente las doctrinas arminianas. De igual manera ha sucedido con el nestorianismo, el arrianismo, el pelagianismo, el semipelagianismo, el socianismo, etc. Todos estos sistemas han sido sostenidos por algunos, pero han desaparecido; mientras que nuestro sistema, conocido en distintas épo-cas como el agustinianismo o el calvinismo, ha perdurado fundamental-mente sin cambio en sus principios básicos. ¿No es ésta una prueba convin-cente de que éste es el sistema verdadero? Respecto al calvinismo que pre-senta la Confesión de Westminster, el Dr. C. W. Hodge ha dicho: "Las mo-dificaciones más recientes del calvinismo han pasado, y la forma pura y consistente del sobrenaturalismo y evangelicalismo se mantiene como una impregnable barrera contra los torrentes naturalistas que amenazan ahogar las iglesias cristianas".
La mente lógica y consistente halla descanso únicamente en el calvinismo. Que ello es un sistema lógico es admitido aun por sus opositores. Una per-sona que conoce lo que es el calvinismo, lo amará o lo aborrecerá, pero aun si lo aborrece, no podrá sino hablar respetuosamente de ello. A veces se oye la crítica de que el calvinismo pone demasiado énfasis en la lógica y muy poco en la emoción. Es cierto que el calvinismo no arde en llamas como la paja; pero, como el carbón, una vez encendido, produce un intenso y conti-nuo calor. "El calvinismo", dice el profesor H. H. Meeter, "se distingue entre sistemas religiosos por ser altamente intelectual. El calvinismo es co-nocido por su dialéctica. Los calvinistas son reconocidos entre los teólogos como los legistas por excelencia. Oliverio Wendell Holmes en su parodia: 'La obra maestra del diácono', satirizó este aspecto del calvinismo. El anti-guo coche de caballos, tan excelentemente construido que cada tuerca y tor-nillo y eje y varilla tenía la misma fuerza que los demás, y que se desplomó todo a la misma vez frente a la iglesia, representaba para él la historia del calvinismo. El calvinismo como obra maestra de la lógica había continuado por siglos, pero se consideraba haber derrumbado cuando el trascendentalismo surgió como filosofía predominante en Nueva Inglaterra".
La objeción de que el calvinismo sobre enfatiza la lógica, sin embargo, no tiene base adecuada, como cualquiera que lo analice sin prejuicios podrá ver. No obstante, si hemos de errar en uno de los dos lados, probablemente será mejor errar en el lado del intelecto y no en el de las emociones. Pero, ¿a quién jamás se le ocurrió descartar un sistema por ser demasiado lógico? Más bien, los calvinistas nos gloriamos en la consistencia lógica de nuestro sistema.
5. Las doctrinas calvinistas no son irrazonables cuando son entendidas correctamente
Quizá no haya otro sistema de pensamiento que haya sido tergiversado tan seria y deplorablemente, y a veces hasta de forma deliberada, como el calvinismo. Muchos de los que han criticado el sistema calvinista lo han hecho sin haberlo estudiado adecuadamente, y puede decirse que nuestros opositores en general conocen sólo lo que han captado de oídas y, por tanto, sus ideas sobre el tema carecen de conexión y consistencia. La doctrina de la predestinación en especial convierte a la sabiduría del mundo en un hazmerreír; la sabiduría del mundo, en cambio, intenta presentar la predestinación como un concepto ridículo. Si hay doctrina que a los judíos es piedra de tropiezo y a los gentiles locura, ciertamente es ésta. Presentada escuetamente, la doctrina de la predestinación parece ser paradójica y los que sólo la conocen de manera superficial probablemente les sorprenda que dicha doctrina haya sido sostenida por tantas mentes piadosas y brillantes. El carácter paradójico de la doctrina desaparece en gran medida, sin embargo, si no es que desaparece por completo, cuando examinamos detenidamente su fundamento y construcción.
Por tal razón pedimos que se examine el sistema calvinista desapasionadamente y que se lo estudie en sus relaciones y consistencia lógica. Hemos visto anteriormente que este sistema está sólidamente cimentado en la auto-ridad de las Escrituras; y cuando añadimos a esto la evidencia que proviene de las leyes de la naturaleza y de los hechos de la vida humana podemos ver cuan posible, probable y justo es dicho sistema. Visto bajo esta luz, el sis-tema cesa de ser la doctrina arbitrariamente ilógica e inmoral que los opositores se deleitan en caricaturizar, y se convierte en uno que arroja grande gloria sobre la majestad divina. Las doctrinas calvinistas, por supuesto, no son las que el hombre natural espera encontrar. La salvación por obras es el sistema que con más naturalidad apela a la razón entenebrecida del hombre. Si se permitiese al hombre elaborar un sistema de su propia preferencia, no hay ni una probabilidad en mil que desarrollase un sistema en el cual un re-dentor actuando en su capacidad representativa ganase estas bendiciones y las confiriese a sus redimidos. Dice Zanchius "La mente carnal siente horror al encararse a esta verdad; en cambio, la mente del hombre espiritual la abrazará con afecto" (p. 152). "Si bien el arminianismo es el sistema que más apela a nuestros sentimientos", dice Froude "el calvinismo está más a tono con los hechos, pese a lo duro y amenazante que parezcan ser esos hechos". Es evidente que el calvinismo apela a la revelación divina en vez de a la razón humana, a los hechos en vez de a los sentimientos; al conocimiento en vez de a la suposición; a la conciencia en vez de a la emoción.
Como dijéramos anteriormente, muchas personas consideran este sistema una necedad. Sin embargo, cuando las doctrinas de este sistema se estudian cuidadosamente, encontramos que no son tan inciertas y difíciles como algunos pretenden que son; la incertidumbre y dificultad de las mismas se deben en gran medida al orgullo, al amor, al pecado, y a la ignorancia de la verdadera condición de nuestro corazón. Los que llegan a abrazar este sis-tema, sin embargo, se sienten como si estuviesen viviendo en un mundo dis-tinto, tan distinta es su visión de la vida. "Doquiera los hijos de Dios tornan su vista", dice Calvino, "pueden observar ceguera, ignorancia, insensibili-dad, como para llenarles de horror; en cambio, ellos en medio de dicha os-curidad han recibido iluminación divina, y lo saben y la sienten en sí mismos".
Parafraseando las palabras de Pope pudiéramos decir de este tema: "Un poco de la doctrina de la predestinación es algo peligroso. Entonces, a beber profundamente, o no toque el manantial sagrado". Aquí, como en algunos otros casos, los primeros sorbos confunden y perturban la mente, pero sor-bos más profundos vencen los efectos intoxicantes y restauran nuestros sen-tidos.
Esta sublime filosofía de la soberanía de Dios y de la libertad del hombre aparece en toda la Biblia. Sin embargo, no se hace una tentativa de explicar cómo estas dos verdades están relacionadas. La suposición invariable es que Dios es el gobernador soberano que gobierna inclusive los pensamientos, sentimientos e impulsos íntimos de los hombres; por otro lado, sin em-bargo, el hombre nunca es presentado sino como un ser inteligente, libre y moral, responsable de sus actos. Las doctrinas de la preordinación, sobera-nía, y control providencial van mano a mano con las de la libertad y respon-sabilidad de las criaturas racionales. No afirmamos que la doctrina de la predestinación esté libre de toda dificultad, pero sí afirmamos que el ne-garla conlleva más y mayores dificultades que el sostenerla. Que un ser de sabiduría, poder y bondad infinitos creara un universo y luego lo dejara a la deriva como a un gran barco sin piloto es una suposición que subvierte nuestras ideas básicas de Dios, contradice el repetido testimonio de las Es-crituras y es contraria a nuestra experiencia diaria y a nuestro sentido co-mún. Carlos Hodge, en su introducción a la discusión del tema sobre Los Decretos de Dios, dice: "Debe recordarse que la teología no es filosofía. La teología no pretende descubrir verdades, o reconciliar lo que enseña como la verdad con todas las demás verdades. Su esfera es simplemente la de decla-rar lo que Dios ha revelado en su Palabra y vindicar esas declaraciones, hasta donde sea posible, de interpretaciones erróneas y de objeciones. Es necesario tener en mente este limitado y humilde oficio de la teología cuando hablamos de las obras y propósitos de Dios. “Nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios' (1 Co. 2:11). Al discutir, por tanto, los decre-tos de Dios, todo lo que nos proponemos es simplemente declarar lo que al Espíritu le ha placido revelar sobre dicho tema".
6. La Asamblea de Westminster y la Confesión de fe
El sistema de teología comúnmente conocido como el calvinismo o la fe reformada halló su más perfecta expresión en la Confesión de Westminster. La Asamblea de Westminster fue llamada a sesión por el parlamento inglés. Su trabajo se prolongó unos cinco años y medio y concluyó en 1648. Dicha asamblea era un cuerpo representativo de ciento veintiún ministros o teólo-gos, once lores, veinte miembros de la Cámara de los Comunes, de todos los condados de Inglaterra y de las universidades de Oxford y Cambridge, y siete comisionados de Escocia. Y sea que lo juzguemos por el grado y la habilidad de sus labores o por su influencia sobre generaciones subsiguientes, mantiene la primacía entre los concilios protestantes. La más importante producción de la asamblea fue la Confesión de Fe, un inigualable compendio de verdad bíblica y el más noble logro del mejor período del protestantismo británico. Dicha Confesión ha sido justamente llamada la obra maes-tra teológica de los últimos cuatro siglos. El Dr. Warfield ha dicho que la • Confesión de Westminster es "la más completa, elaborada y cuidadosamente redactada de todas las confesiones; la más perfecta y la más vital ex-presión jamás escrita por mano de hombre, de todo lo que compone aquello que llamamos la religión evangélica, y de todo lo que debe salvaguardarse si es que la religión evangélica ha de perdurar en el mundo".
El Dr. F. W. Loetscher, en un discurso ante la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana de los E.U., 1929, refiriéndose a la Confesión de Westminster, empleó frases como las siguientes: "esa incomparable obra de genio religioso y teológico"; "ese nobilísimo producto del gran avivamiento religioso que llamamos la Reforma; ese inigualable formulario que la cristiandad de habla inglesa, al menos, ha llegado a considerar como la expresión más comprehensiva, precisa y adecuada del evangelio puro de la gracia de Dios". Y en el mismo discurso dijo, "Estoy consciente de que tal caracterización de estos venerables documentos parecerá a muchos, aun a muchos a los cuales tengo el honor de dirigirme en esta ocasión, como una exageración injustificada y quizá hasta como un verdadero anacronismo, ya que la moda del día es la de minimizar la importancia de los credos. Y nues-tra confesión, como muchas otras, tiene que sufrir la dolorosa experiencia de ser desacreditada aun en el hogar de los que profesan ser sus adherentes".
El Dr. Curry, quien por algún tiempo fue editor
del "Methodist Advocate" de Nueva York, en un editorial sobre credos, calificó
a la Confesión de Westminster como, "el más capaz, claro,
y comprehensivo sistema de doctrina cristiana jamás formulado —un
maravilloso monumento a la grandeza intelectual de sus redactores".
En esta Confesión tenemos la más sublime concepción
de verdad teológica que jamás haya penetrado en la mente
del hombre. Como sistema ex-hibe mucha más profundidad de visión
teológica que cualquier otro, y es justamente merecedor del elogio
de los siglos. Es un sistema que produce hombres de sólidas convicciones
doctrinales. La persona que lo abraza po-see una base doctrinal de gran
firmeza y no será "llevado por doquiera de todo viento de doctrina,
por estratagema de hombres, que para engañar em-plean con astucia
las artimañas del error".
Pero, a pesar de que la Confesión de Westminster es tan lógica, clara y comprehensiva en sus afirmaciones, desafortunadamente es descuidada hoy día por los miembros y aun por los ministros mismos de las iglesias presbite-rianas y las reformadas. "La Confesión de Fe", dice el Dr. Frank H. Stevenson, el primer presidente de la junta directiva del Seminario Teoló-gico de Westminster, "aunque es parte de la constitución de la iglesia pres-biteriana, se encuentra abandonada y casi olvidada, aunque sin enmiendas ni alteraciones durante estos veinticinco años de confusión doctrinal. La Confesión de Westminster es el credo de la iglesia y cada una de sus líneas es un baluarte valeroso. No sólo por ser lo que es, sino porque da todo el ho-nor a Cristo, dicha Confesión es un digno estandarte bajo el cual podemos continuar lo que Pablo proféticamente llamó 'la buena batalla de la fe' ".' Con estas palabras estamos totalmente de acuerdo.
7. Estas doctrinas deben ser enseñadas y predicadas públicamente
La doctrina de la predestinación soberana, al igual que las otras doctrinas distintivas del sistema calvinista, deben enseñarse y predicarse públicamente a fin de que los verdaderos creyentes se reconozcan como los objetos espe-ciales del amor y la misericordia de Dios, y que sean confirmados y fortale-cidos en la seguridad de su salvación. ¡Qué desgracia que una verdad que da tanta gloria a su Autor y que es el fundamento mismo de la felicidad del cre-yente sea suprimida o confinada meramente a aquellos que se están especia-lizando en teología! Esta doctrina es una de las más reconfortantes de todas las Escrituras y, además, difícilmente exista una doctrina cristiana que pueda ser predicada en su pureza y plenitud sin referencia a la predestina-ción. Todas las doctrinas de este sistema están tan relacionadas y entreteji-das las unas con las otras que cualquiera de ellas siempre guarda alguna re-lación con las demás; y es precisamente la doctrina de la predestinación la que une y organiza a todas las demás. Desvinculadas de la doctrina de la predestinación, las demás doctrinas no pueden ser entendidas de forma ade-cuada, ni apreciadas en su importancia relativa. Respecto a la posición que ocupa la doctrina de la predestinación en el sistema cristiano, Zanchius dijo: "Todas las artes tienen una especie de vínculo y conexión mutuos, y mediante una especie de relación recíproca son unificadas y entrelazadas las unas con las otras. Lo mismo puede decirse de esta importante doctrina; la predestinación es el vínculo que une y sostiene todo el sistema cristiano y sin la cual este sistema se desmoronaría. La doctrina de la predestinación es el ce-mento que mantiene al edificio intacto; es el alma misma que anima el cuerpo entero. Esta doctrina está tan entrelazada con todo el esquema de doctrina evangélica que de ser excluida el sistema se muere desangrado".
Se nos manda a ir y predicar el evangelio; pero en la medida en que cual-quiera de las partes de evangelio sea excluida o pasada por alto, estamos M siendo infieles a ese mandato. Ningún ministro cristiano tiene el derecho de tomar tijeras y quitar de la Biblia aquellos pasajes que no le agraden. Sin embargo, ¿no es esto, prácticamente, lo que hacen algunos al pasar delibe-radamente por alto doctrinas importantes de las Escrituras? Pablo dijo a los convertidos mediante su ministerio, "Nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros"; y añade, "Yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios" (Hch. 20:20, 26, 27). Si el ministro cristiano quisiera decir esas mismas palabras hoy, entonces que se cuide de no pasar por alto tan importante verdad. Pablo en repetidas ocasiones hizo referencia a estas doctrinas. Su carta a los romanos (cap. 8 al 11) y a los efesios (cap. 1 y 2) son las más prominentes en este respecto. Al escribir a los romanos Pablo estaba en efecto llevando al mundo entero estas doctrinas y, por ende, sellando sobre ellas el imprimátur universal; y si él las consideró de tanta importancia como para enseñarles a los creyentes de la recién fundada iglesia de Roma, la cual ni aún había visitado, podemos estar seguros de que son importantes para los creyentes hoy también. Cristo y los apóstoles predicaron estas verdades, no sólo a unas pocas personas sino a las multitudes. A duras penas encontramos un solo capítulo en el Evangelio de Juan que no mencione o haga alusión a la elección o a la reprobación. Cuando una persona con sinceridad pregunta, "¿Enseña la Biblia la predestinación?", no podemos sino responder en el afirmativo—la predestinación es enseñada constantemente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Además, la Confesión de Westminster lo afirma explícitamente. Por tanto, debemos enseñarla y explicarla en la medida en que nos sea posible. Pablo nos exhorta a que nos vistamos "de toda la armadura de Dios"; sin embargo, la persona que des-conoce esta gran doctrina de la predestinación carece de gran parte de esa armadura.
Agustín censuró a aquellos que en su día hacían caso omiso a la doctrina de la predestinación, y cuando en ocasiones se le acusó de predicarla demasiado abiertamente, él refutó la acusación afirmando que podemos seguir las Escrituras doquiera éstas nos dirijan. Lutero y especialmente Calvino enfatizaron estas verdades, y Calvino las desarrolló tan clara y convincente-mente que el sistema desde entonces ha sido llamado "calvinismo". Estas doctrinas no solamente fueron predicadas en los países donde la Reforma tuvo su mayor impacto, sino también más tarde en Holanda, en Escocia, en Inglaterra durante la época de la Asamblea de Westminster, y en América del Norte en los comienzos de su historia, donde produjeron profundas con-vicciones religiosas en toda clase de personas.
Calvino estaba convencido de que la doctrina de la elección debía ser el centro mismo de la confesión de la iglesia, y sostuvo que de no serlo la igle-sia vería algún día esta maravillosa doctrina sepultada y olvidada. Calvino tenía razón; los que no le dieron la importancia y el énfasis debido, sea en Inglaterra, Escocia, Holanda, los Estados Unidos de América, o Canadá, la han perdido casi por completo.
Aquel a quien le ha sido encomendado un mensaje del Rey debe transmi-tirlo como lo ha recibido; y ciertamente el más grande de los mensajes, el de la predestinación a vida, no debe ser pasado por alto. "Un embajador", dice Zanchius, "debe transmitir el mensaje entero que le ha sido encomen-dado. No debe omitir ninguna parte del mismo, sino declarar en su totali-dad y sin reservas el mensaje del soberano a quien representa. Debe asegu-rarse de decir ni más ni menos que lo que las instrucciones de su gobierno re-quieren, de otra manera se verá expuesto a la desaprobación o aun a perder la cabeza. Que el ministro de Cristo considere esto seriamente"." Estas son doctrinas que han sido expresamente dadas por revelación divina. Redun-dan en la gloria de Dios, imparten consuelo y valor a los elegidos, y dejan a los pecadores sin excusa. Cierto, al hombre no le gusta que se le diga que es pecador y que no puede ayudarse a sí mismo. Esta doctrina le resulta dema-siado humillante. Pero si verdaderamente está perdido sin Cristo, entonces mientras más pronto lo sepa, mejor. El rehusar predicarla es ser infiel a nuestro Señor y negligente en nuestro deber para con nuestro prójimo. Ha-cer caso omiso de ella es actuar como el médico que rehúsa operar para sal-var la vida de una persona porque sabe que la operación ha de causar dolor al paciente. Si estas verdades fuesen predicadas sin temor, el modernismo y el escepticismo no tendrían cabida en nuestras iglesias. El número de cristia-nos profesantes sería quizá más reducido, pero más leal y efectivo en sus la-bores cristianas.
La predicación de estas doctrinas, por supuesto, suscitará algunas contro-versias. Pero la controversia no ha de considerarse como un mal absoluto. Mientras exista el error debe haber controversia. Los ataques de paganos y herejes contra las doctrinas de la iglesia durante los primero siglos del cris-tianismo y durante la Edad Media forzaron a la iglesia a reexaminar sus doctrinas, desarrollarlas, explicarlas, purificarlas, y fortalecerlas. Estos ataques hicieron que se estudiase la Biblia más minuciosamente. Brillantes estudiosos de la Biblia escribieron libros y artículos sobre la fe cristiana, y como resultado la iglesia fue grandemente enriquecida por los frutos intelectuales y espirituales así producidos.
Es un error decir que la gente ya no le interese escuchar la predicación doctrinal. Si el ministro cree sus doctrinas y las presenta con convicción y como asuntos de vital importancia, encontrará oyentes interesados en escucharlas. Hoy vemos a miles de personas que rechazan los sermones desde los pulpitos sobre los sucesos del momento, temas sociales, asuntos políticos y cuestiones meramente éticas y tratan de llenar sus vidas con filosofías ocul-tas y pueriles. La verdad es que en muchos aspectos estamos más empobre-cidos espiritualmente que lo que debiéramos estar, porque en nuestra confu-sión y perplejidad teológica no hemos hecho justicia a estos grandes principios doctrinales. Si se predican correctamente estas doctrinas, son sumamente interesantes y útiles. La experiencia del autor como maestro de la Biblia le ha demostrado que no hay temas que entusiasmen y cautiven más la atención de los estudiantes que éstos. Además, nos preguntamos, ¿qué excusa tiene la iglesia presbiteriana para continuar como denominación particular si descarta el calvinismo como no esencial? Mucha de nuestra debili-dad presente se debe al hecho de que los presbiterianos han recibido muy poca instrucción sobre estas doctrinas distintivas del sistema presbiteriano, y esta falta de instrucción ha llevado directamente al movimiento ecuménico en el cual se están haciendo esfuerzos por unir iglesias muy distintas con sólo un mínimo de doctrina.
La doctrina de la predestinación es una doctrina para creyentes genuinos. Se debe tomar mucha precaución al predicarla al inconverso. Es casi impo-sible convencer a un no creyente de su verdad, y de hecho el corazón del no regenerado por lo general siente gran aversión hacia la misma. Si se enfatiza antes de que se comprendan las verdades más simples del sistema cristiano, posiblemente será malentendida y en tal caso puede que sólo conduzca a la • persona a mayor desesperanza. Al predicar al no convertido o a aquellos que apenas comienzan en la vida cristiana, debemos presentar y enfatizar principalmente la parte del hombre en la obra de salvación—la fe, el arrepentimiento, la reforma moral, etc. Estos son los pasos elementales con respecto a la conciencia del individuo. En esta etapa temprana no es necesario decir mucho acerca de las verdades más profundas que se refieren a la parte de Dios en la salvación. Como en el estudio de la matemática no comenzamos con el álgebra o el cálculo, sino con los problemas sencillos de la aritmética, así también en este caso lo mejor es presentar primero las verdades más elementales. Entonces después que la persona ha sido salva y ha reco-rrido alguna distancia por la senda cristiana, se da cuenta de que en su sal-vación la obra de Dios fue primaria y la suya secundaria, que fue salvo por gracia y no por obras propias. Calvino dijo que la doctrina de la predestina-ción "no es un asunto para niños pensar mucho en él"; y Strong dice, "Esta doctrina es una de enseñanzas profundas de las Escrituras que requiere para ser entendida una mente madura y una experiencia profunda. El princi-piante en la vida cristiana puede que no vea su valor o aun su verdad, pero con el paso de los años dicha doctrina se convertirá en un firme cayado que le servirá de sostén". Y aunque es cierto que esta doctrina no puede ser apreciada adecuadamente por el no convertido ni por aquellos que están co-menzando en la vida cristiana, no obstante debe ser propiedad común de to-dos los que han caminado alguna distancia por esa senda.
Cabe señalar que al escribir su Institución
Calvino no trató la doctrina de la predestinación en los
primeros capítulos. El primero desarrolló las otras doctrinas
del sistema cristiano y deliberadamente pasó por alto esta doc-trina,
aun en ciertas partes donde hubiésemos esperado que naturalmente
la discutiera. No es sino en la última parte de su discusión
teológica que desa-rrolla a fondo la doctrina de la predestinación,
haciéndola en corona y glo-ria de todo el sistema.
Debemos añadir además que al predicar esta doctrina
se debe tener cui-dado de no exagerar ninguna de sus partes, y se debe
mostrar también que la misma está fundamentada no en la voluntad
arbitraria sino en la sabiduría y el amor infinitos de Dios.
8. Los votos de ordenación y la obligación del ministro
Todo ministro y anciano ordenado en la iglesia presbiteriana y en la re-formada solemnemente afirma ante Dios y los hombres que acepta y adopta sinceramente la confesión de fe de su iglesia como la que contiene el sistema de doctrina de las Sagradas Escrituras, (Iglesia Presbiteriana Unida, véase forma de gobierno, XIII:IV; XV;XII). Dado que estas confesiones son en-teramente calvinistas, esto significa que nadie que no sea calvinista puede honesta y concienzudamente aceptar esta ordenación. Un arminiano no tiene ni el más mínimo derecho de ser ministro de una iglesia calvinista, y el arminiano que llega a ser ministro de una iglesia calvinista carece de buena moralidad así como de buena teología. Declarar una cosa y creer otra es in-consistente con el carácter de un hombre honesto. Sin embargo, a pesar de que nuestros votos de ordenación son totalmente calvinistas, ¡cuan pocos ministros proclaman estas doctrinas! Al oír los sermones desde los pulpitos de las iglesias nominalmente calvinistas, sería difícil determinar cuales son las doctrinas esenciales de la fe reformada. Nuestros pulpitos, así como las publicaciones de nuestras iglesias, y nuestras escuelas y seminarios están sa-turados de las doctrinas arminianas del mérito y del libre albedrío. Las igle-sias presbiterianas y las reformadas de hoy día parecen no tener un concepto adecuado de la importancia fundamental de su gran herencia doctrinal. Los escritos de Calvino y Lutero, los de los grandes teólogos puritanos, y los de todos los grandes teólogos desde ese entonces debieran ser mejor conocidos por nuestros jóvenes teólogos. Es posible que la forma escolástica y el estilo un tanto intricado de estas obras haya disuadido a muchos de estudiarlas a fondo, pero debemos recordar que el estudio de la teología no es con el propósito de disfrutar meramente del placer que pueda brindar. Las profundas obras de los grandes maestros de teología no son novelas aventurescas.
Muchos jóvenes entran al ministerio sin estar realmente familiarizados con la doctrina de la iglesia que se proponen servir, y cuando oyen a algunos que predican las normas de Westminster, los consideran "predicadores de doctrinas extrañas". La gran necesidad de la iglesia hoy es de hombres de firmes convicciones y mentes afianzadas en la verdad, y no de modernistas o liberales latitudinarios que oscilan de un lado a otro gloriándose de no tener opiniones dogmáticas ni preferencias teológicas. Todo parece indicar que la mayoría de nuestros ministros ya no cree en las doctrinas calvinistas y muchos, contrario a sus votos solemnes de ordenación, están haciendo todo lo posible, mediante métodos artificiosos y deshonestos, para destruir la fe que una vez solemnemente profesaron defender con la ayuda del Espíritu Santo. Si estas doctrinas son verdaderas, entonces deben ser enseñadas y defendidas clara y positivamente en nuestras iglesias, seminarios y universida-des. Si no son verdaderas, entonces deben ser eliminadas de la Confesión de Fe. La honestidad es tan importante en la teología como en el negocio o en el comercio, y tan importante en una denominación religiosa como en un partido político. El ministro presbiteriano es uno que se ha comprometido a un sistema de doctrina. Los que niegan las doctrinas calvinistas desde los pulpitos presbiterianos, por tanto, están siendo falsos a sus votos de orde-nación y deben irse a otras denominaciones que sostienen sus opiniones. Ningún oficial de la iglesia tiene el derecho de aceptar los honores y remuneraciones que recibe por la aceptación externa de un credo que él no cree ni enseña.
"El credo de una iglesia", dice Shedd, "es un solemne contrato entre los miembros de la iglesia: y lo es aun más que la plataforma de un partido poli- I tico entre políticos. Algunas personas parecen no percibir la inmoralidad que envuelve violar un contrato cuando concierne a una denominación religiosa; en cambio, cuando es un partido político la organización afectada por la disolución del compromiso, estas mismas personas son las primeras en percibir y denunciar con gran vehemencia la perfidia. Si un grupo de per-sonas dentro del partido republicano, por ejemplo, tratara de cambiar la plataforma de ese partido mientras aún continúan ejerciendo los cargos y recibiendo los salarios que recibieron al profesar total fidelidad al partido y al prometer someterse a los principios fundamentales sobre los cuales el par-tido está fundado y en base a los cuales dicho partido se diferencia de otros partidos políticos, muy pronto la acusación de deshonestidad política reper-cutiría a través de toda la organización republicana. Y si tras el despido de dichos violadores de sus cargos o, quizá, tras su expulsión de la organiza-ción política, algunos protestaran las medidas disciplinarias impugnándolas como injustas, sin lugar a duda la prensa republicana ignoraría por com-pleto tan ridícula protesta. A los políticos deshonestos que demandan tole-rancia usando como pretexto lo que los denominan una política más 'libe-ral' que la que el partido favorece, y que reciben salarios pagados por el par-tido mientras abogan por ideas distintas a las de la mayoría de los partida-rios del partido, se les advierte sin vacilación que nadie está obligado a unirse al partido republicano o a permanecer en él, pero si alguno se une al mismo o permanece en él, está bajo la obligación de someterse al credo del partido y no tratar, secreta o abiertamente, de alterarlo. Que el credo de los republicanos es para republicanos y no para otros, es algo en lo que todos parecen estar de acuerdo; pero que un credo calvinista es para calvinistas y no para otros, parece ser puesto en tela de juicio por algunos....
"Si dentro del partido demócrata surgiese una facción que demandase el derecho, mientras permanece dentro del partido, de adoptar los principios republicanos, le sería dicho que el lugar apropiado para tal proyecto es fuera del partido demócrata y no dentro. No se le negaría el derecho a la facción a sus propias opiniones, pero sí el derecho de sostener y propagar sus opiniones con fondos e influencia del partido demócrata.... Se le diría sencillamente a los inconformes, 'No podemos impedir que tengan sus ideas particulares y jamás lo impediremos, pero no tienen derecho alguno de ven-tilarlas dentro de nuestra organización' "
A veces se acusa a las iglesias calvinistas de intolerancia o de persecución cuando en base a desviaciones del credo de la iglesia se lleva a cabo algunas investigaciones judiciales. Sostenemos, sin embargo, que dicha acusación es injusta y que toda iglesia tiene el derecho de exigir de sus ministros y maes-tros que sus predicaciones y enseñanzas se conformen a las normas de la de-nominación.
Estas consideraciones dejan ver claramente porqué muchos de nosotros sentimos tan poco entusiasmo por los movimientos ecuménicos que quieren unir grupos que sostienen sistemas doctrinales totalmente diferentes. Creemos que el sistema calvinista es el único enseñado en las Escrituras y vindi-cado por la razón y, por consiguiente, es el más estable y el de mayor in-fluencia en el fomento de la justicia. No obstante, respetamos el derecho de todos los que difieren de nosotros a su criterio personal, y nos regocijamos sinceramente en el bien que puedan lograr. Nos regocijamos en que otros sistemas de teología se aproximen al nuestro; sin embargo, no podemos consentir al empobrecimiento de nuestro mensaje al proclamar menos de lo que encontramos enseñado en las Escrituras. Si pudiera consumarse una unión en la cual el calvinismo fuese aceptado como el sistema de verdad enseñado en la Biblia, gustosamente accederíamos a tal unión; pero creemos que el aceptar algo menos que eso sería abandonar la verdad vital; además, no valdría la pena propagar una posición lo suficientemente vaga como para abrazar al calvinismo y otros sistemas de doctrina a la misma vez. Creemos que la ventaja superficial de números adicionales que resultaría de tal unión importaría muy poco al compararse con la desarmonía espiritual que inevitablemente habría de surgir. Deseamos, por tanto, permanecer siendo presbiterianos hasta que las doctrinas de la fe reformada, que no son sino las doctrinas de la Palabra de Dios, se conviertan en las doctrinas de la iglesia universal. Estas doctrinas, ahora tan descuidadas o desconocidas y hasta muchas veces combatidas abiertamente, fueron universalmente sostenidas y predicadas por los reformadores, y después de la Reforma fueron incorporadas en los credos, catecismos o artículos de todas las iglesias protestantes. Cual-quiera que compare los sermones pronunciados en nuestros días con los de los reformadores, no tendrá dificultad en percibir cuan contradictorios e irreconciliables son los unos a los otros.
9. La Iglesia Presbiteriana mantiene una posición abierta y tolerante
Aunque la Iglesia Presbiteriana es preeminentemente una iglesia doctrinal, nunca exige la total aceptación de sus normas de ningún solicitante a admisión en la misma. Una aceptable profesión de fe en Cristo es su única condición de membresía. Sí exige que sus ministros y ancianos sean calvinistas; pero no lo exige de sus miembros laicos. Como calvinistas gozosamente reconocemos como hermano en la fe a todo el que confía en Cristo para la salvación, no importa cuan inconsistentes sean sus otras creencias. Cree-mos, sin embargo, que el calvinismo es el único sistema verdadero, y aun-que se puede ser creyente sin creer toda la Biblia, el cristianismo de cada persona será imperfecto en proporción a la medida de divergencia del sistema de doctrina bíblica. El Profesor F. E. Hamilton dice al respecto: "Una persona ciega, sorda y muda puede, es cierto, conocer algo del mundo que le rodea a través de los sentidos que le restan, pero su conocimiento será muy imperfecto y probablemente impreciso. De manera similar, una per-sona que nunca conozca o que nunca acepte las más profundas enseñanzas de la Biblia incorporadas en el calvinismo, puede que sea creyente, pero será un creyente muy imperfecto, y el deber de los que conocen toda la verdad debe ser conducir a dicha persona al único depósito que contiene las riquezas plenas del cristianismo verdadero". "El calvinista", dice el Dr. Craig, "no difiere de otros creyentes en clase, sino sólo en grado, así como ejemplares más o menos buenos de alguna cosa difieren de ejemplares más o menos malas". En nuestro camino al cielo no todos somos calvinistas pero todos lo seremos al llegar allá. Creemos que cada uno de los redimidos en el cielo será un firme calvinista. Al menos no se puede negar que cuando "todos lle-guemos a la unidad de la fe" (Ef. 4:13), y conozcamos toda la verdad, sere-mos o todos calvinistas o todos arminianos.
Debe siempre tenerse presente que el calvinismo incluye
mucho más que las doctrinas particulares que lo distinguen del arminianismo.
El calvinismo enseña firmemente las grandes doctrinas de la trinidad,
la divinidad de Cristo, los milagros, la expiación, la resurrección,
la inspiración de las Es-crituras, etc., que son parte de la fe
común de la cristiandad evangélica.
Respecto a la naturaleza abierta y tolerante de la Iglesia Presbiteriana,
to-maremos ahora el privilegio de citar extensamente del pequeño
libro admi-rable del Dr. E. W. Smith, The Creed of Presbyterians—del cual
más de se-senta y cinco mil copias ya se han distribuido.
"La catolicidad del presbiterianismo, su liberalidad de pensamiento y de sentimiento, y su espíritu ajeno a todo sectarismo e intolerancia, es una de sus sublimes características.... La catolicidad del presbiterianismo no es mero sentimiento. No es un asunto de profesión individual o de oratoria desde el pulpito. La catolicidad del presbiterianismo está fundada en nues-tro credo, es enseñada por nuestras normas y es parte integral de nuestra doctrina de la iglesia. 'La iglesia visible', dice nuestra confesión, 'consiste de todos aquellos a través del mundo que profesan la verdadera religión junto con sus hijos' (Conf. de F. XXV:2). Repudiamos formal y pública-mente el concepto de 'la' iglesia y afirmamos sólo que somos una iglesia de Jesucristo. Nuestras normas no sólo están libres de denunciaciones contra creencias de iglesias evangélicas hermanas contrarias a las nuestras, sino que son reconocidas como las únicas normas eclesiásticas que reconocen explí-cita y oficialmente a otras iglesias evangélicas como ramas verdaderas de la iglesia de Jesucristo (Book of Church Order—Libro del Orden eclesiástico —cap. II, par. II). Nuestra confesión le dedica un capítulo entero a la doc-trina de la 'Comunión de los Santos'. Dicho capítulo enseña que 'la santa confraternidad y comunión' en los dones y virtudes personales de cada uno y en adoración y mutuo servicio de amor, 'debe extenderse a todos los que en todas partes invocan el nombre del Señor Jesús' (XXVI:2).
"La catolicidad de nuestras normas halla bella expresión en la actitud presbiteriana hacia todas las iglesias evangélicas hermanas. Aunque algunas iglesias de la cristiandad evangélica excluyen a las demás denominaciones hermanas, el sentir y la práctica presbiteriana es ajena a tal actitud. En la iglesia presbiteriana tratamos a los miembros y ministros de otras iglesias evangélicas como miembros verdaderos y ministros igualmente con nosotros de la iglesia de Cristo.
"Aun cuando algunas iglesias evangélicas rehúsan dar cartas de traslado a fieles de su congregación que desean establecerse en otras comuniones, nosotros no tenemos tal costumbre. No rehusamos dar cartas de traslado a miembros que desean unirse a congregaciones bautistas, episcopales, u otra denominación cristiana; más bien, les despedimos a todos de la misma manera y con la misma afectuosa confianza como si se trasladaran a otra iglesia de nuestra misma denominación.
"Algunas denominaciones evangélicas niegan la validez de las ordenanzas practicadas por iglesias hermanas, y cuando un ministro o miembro de una denominación hermana desea unirse a ella se le exige al ministro ser reordenado y el miembro ser rebautizado. Tal práctica es totalmente contraria al espíritu y costumbre de los presbiterianos. En la iglesia presbiteriana nunca repetimos estos ritos. Aceptamos la validez de las ordenanzas de una iglesia hermana como las administradas por nosotros mismos.
"Aunque muchas iglesias evangélicas excluyen a ministros de iglesias hermanas predicar en sus pulpitos o co-oficiar en algunas de sus ceremonias, la iglesia presbiteriana no acostumbra proceder de tal manera. Tal práctica es ajena al corazón y proceder presbiteriano. Sentimos la misma libertad y cor-dialidad al extender la invitación a ministros episcopales, o bautistas, o de otras denominaciones evangélicas, a ocupar nuestros pulpitos, o a ayudarnos en la administración de la Santa Cena, que sentimos al extender la invi-tación a nuestros propios pastores.
"Los presbiterianos no excluimos de nuestras congregaciones a ningún creyente verdadero. No rechazamos ninguna ordenación ministerial de otra iglesia evangélica. No repudiamos ningún sacramento bíblico administrado por iglesias hermanas. Devolviendo bien por mal, reconocemos a nuestro co-ministro de la iglesia anglicana como verdadero ministro de Cristo, ya todo hermano que ha sido bautizado por inmersión como válidamente bautizado. Respondemos con todo el corazón al 'amén' de los metodistas; entonamos junto con nuestros hermanos todo salmo que ponga la corona en la frente de Cristo; y con sincero amor invitamos a nuestros hermanos en la fe, no importa el nombre o la denominación, a compartir con nosotros de los elementos que representan el cuerpo partido y la sangre derramada del Salvador. No tenemos prejuicio alguno, ni exclusividad, ni capricho de índole alguna, que restrinja nuestros afectos cristianos y que cause una brecha en-tre nosotros y otros siervos de nuestro Señor. Nuestra catolicidad es tan am-plia como la cristiandad evangélica" (pp. 189-193).
Y nuevamente dice, "La catolicidad de la iglesia presbiteriana se deja ver además en su única condición de membresía. Ella demanda como único re-quisito de admisión una confesión respaldada por la vida de fe en el Señor Jesucristo. Al solicitante no se le pide que se suscriba a nuestras normas o que abrase nuestra teología. No se le requiere que sea calvinista, sino sólo creyente en Cristo. No se le somete a ninguna prueba para determinar si es ortodoxo o no, sólo se espera de él una profesión de 'fe en Cristo y obedien-cia a él'. (Confesión de Fe, 28:4). Puede que el creyente tenga ideas imper-fectas sobre la trinidad y la expiación; puede que no esté totalmente de acuerdo con nuestras doctrinas sobre el bautismo de niños, la elección, y la perseverancia final; pero si confía y obedece a Cristo como su Salvador y Señor personal, las puertas de la iglesia presbiteriana están abiertas a él y to-dos los privilegios de su comunión están a su disposición.
"Cuando las iglesias prescriben otras condiciones de membresía no se atienen a la simple condición de salvación establecida en las Escrituras, ellas hacen más difícil la entrada a la iglesia que al cielo. La iglesia presbiteriana se contrasta marcadamente con tal tiranía y exclusividad eclesiástica. Sus normas declaran que una simple fe en Cristo nos hace miembros de la fami-lia de Dios; 'aquellos que han hecho profesión de fe en Cristo puede partici-par de todos los derechos y privilegios de la iglesia" (Libro del Orden Ecle-siástico, III, 3). Con amplia y maravillosa catolicidad las puertas del cielo, para recibir a todo hijo de Dios" (pp. 199, 200).
Tras declarar que la familia de las iglesias presbiterianas y las reformadas constituyen la más numerosa familia evangélica en el mundo, el Dr. Smith, con gran elocuencia, da el siguiente magnífico resumen de los logros misio-neros de estas iglesias: "Aun más católico e imponente que el número de fe-ligreses que compone la iglesia presbiteriana es la extensión mundial del im-perio presbiteriano. Mientras que los adherentes de otras comuniones evan-gélicas se encuentran más o menos establecidos en países particulares, los luteranos en Alemania, los episcopales en Inglaterra, los metodistas en los Estados Unidos de Norte América, el ejército presbiteriano se encuentra es-parcido a través de todo el mundo. La iglesia presbiteriana se encuentra es-parcida al presente en más continentes y entre un mayor número de nacio-nes, pueblos y lenguas que cualquier otra iglesia evangélica en el mundo. En la Europa continental ella tiene como testigos las históricas iglesias presbite-rianas reformadas de Austria, Bohemia, Galicia, Moravia, Hungría, Bél-gica, Francia, Alemania, Italia, Grecia, Holanda, Rusia, Suiza y España. También está arraigada y es fructífera en Inglaterra, Escocia, los Estados Unidos de Norte América, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, las Indias orientales—las gentes que abrazan esta fe y orden circuncidan el mundo entero. El presbiterianismo posee un poder de adaptación inigualada en nin-gún otro sistema. Además, ha producido un número marcadamente mayor de sobresalientes predicadores, evangelistas, editores, autores, educadores, estadistas, y líderes cívicos; y de su abundante vida espiritual emanan las po-derosas fuerzas de las misiones cristianas a todo el mundo pagano" (p. 211).
10. Razones por las que el calvinismo se encuentra parcialmente eclipsado en el presente
¿A qué se debe la presente defección del calvinismo? Que los célebres cinco puntos de la estrella calvinista no están brillando muy refulgentemente hoy es algo que muy pocos disputarán. Cuando consideramos la tendencia del pensamiento moderno nos podemos percatar fácilmente que la influencia del calvinismo está a un nivel muy bajo. En muchos lugares donde una vez floreció, ha casi desaparecido. Prácticamente no existen "calvinistas sin re-servas" entre los líderes más reconocidos del pensamiento religioso en Fran-cia, Suiza, o Alemania, donde en el pasado el calvinismo fue fuerza contun-dente. En Inglaterra el calvinismo ha desaparecido prácticamente. En Nor-teamérica hay pocas iglesias que propulsan agresivamente la herencia calvinista. En Escocia, sin embargo, nos place decir que la heroica Iglesia Libre aun levanta su voz en medio de la triste defección en las grandes iglesias. Y en Holanda hay algunas iglesias verdaderamente calvinistas en el mundo moderno—donde la religión cristiana basada en las Sagradas Escrituras es enseñada agresivamente conforme a la fe reformada.
La historia nos enseña claramente, sin embargo, que períodos de prospe-ridad espiritual van seguidos por períodos de depresión espiritual. Pero sobretodo creemos en la invencibilidad de la verdad. "La verdad aunque aplastada volverá a resurgir; los interminables siglos de Dios pertenecen a ella". Que el calvinismo tenga muchos adversarios no debe sorprendernos. En tanto permanezca el hecho de que "el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente" (1 Co. 2:14), este sis-tema será considerado por el hombre natural como extraño y necio. En tanto la naturaleza humana caída continúe siendo lo que es y en tanto permanezca el decreto que establece que Cristo será "piedra de tropiezo y roca que hace caer" al hombre natural (1 P. 2:8), estas doctrinas serán una ofensa a muchos. Tampoco debe sorprendernos que el inmortal reformador suizo, quien ocupó tan prominente lugar en el desarrollo y defensa de estas doctri-nas, haya sido por un lado el más sinceramente amado y admirado, y por otro el más apasionadamente odiado y calumniado de entre los destacados líderes de la iglesia.
Dado que la fe y el arrepentimiento son dones especiales de Dios, no nos debe sorprender la incredulidad del mundo, ya que ni aun los hombres más sabios y astutos pueden creer a menos que primero reciban estos dones. La epístola a los corintios dice, "Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos", (1 Co. 1:19) y, "Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios: pues es-crito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos". Y otra vez: "El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. Así que, nin-guno se gloríe en los hombres", (1 Co. 3:19-21). La causa por la que alguna persona cree es la voluntad de Dios; el mero sonido externo de las palabras del evangelio es recibido por el oído en vano, hasta que a Dios le place tocar el corazón.
Este sistema siempre ha sido fuertemente rechazado por el mundo, y en el presente tanto como en épocas pasadas. Pero, no podía ser de otro modo, ya que el hombre está por naturaleza en enemistad y guerra con Aquél de cuya mente han emanado estas doctrinas. No es de esperarse que Dios en su sabiduría y el hombre en su necedad concordasen sobre algún asunto. Dios es el totalmente sabio y santo Soberano; el hombre en su estado natural es un rebelde cegado por el pecado que no quiere ser gobernado y mucho me-nos por un Gobernador absoluto. Dado que la enemistad del corazón del hombre hacia las doctrinas distintivas de la cruz es tan grande e intensa hoy como antes, un sistema como el pelagianismo o naturalismo, que enseña que la salvación se logra por nuestras propias buenas obras, o uno como el arminianismo, que enseña que la salvación se logra en parte por obras y en parte por gracia, es el que naturalmente halla pronta aceptación de parte del corazón no regenerado. Cuando el evangelio viene a ser aceptable al hom-bre natural, entonces podemos estar seguros de que no es el mismo que Pa-blo predicaba. Y cabe señalar aquí que en casi todos los lugares donde Pablo predicó su evangelio, éste causó o un motín o un avivamiento y en muchos casos ambas cosas a la vez. "Puede que el calvinismo sea impopular en algunos lugares", dice McFetridge, "pero, ¿por qué no habría de serlo? Ciertamente no podrá ser menos impopular que las doctrinas del pecado y de la gracia reveladas en el Nuevo Testamento".
Otra razón por la que el calvinismo se encuentra parcialmente eclipsado hoy es por su extraordinario énfasis en lo sobrenatural. El calvinismo ve a Dios en todo suceso y en todas las cosas, de eternidad a eternidad. La mano de Dios está presente en todos los eventos de la historia y el propósito divino se revela a través de todos los acontecimientos. Vivimos en una época opuesta a lo sobrenatural; y por consiguiente, opuesta al calvinismo. El énfa-sis hoy es en las ciencias físicas, en el racionalismo tanto en el pensamiento como en el sentimiento. Aun dentro de algunos sectores del cristianismo la tendencia es la de considerar a la Biblia como una mera producción humana y considerar a Cristo meramente como un hombre extraordinario. El modernismo actual, el cual en su forma consecuente es puro naturalismo y autosotérico, es la antítesis del calvinismo. El resultado de todo esto es una religión naturalista que excluye a Dios; por tanto, no es de extrañarse que el (H calvinismo, con su gran énfasis en lo sobrenatural, sea impopular en nues-tros días y que los adherentes a estas doctrinas sean una minoría. La verdad o falsedad de las doctrinas de las Escrituras, no obstante, no dependen del voto de una mayoría.
En las siguientes palabras, el Dr. B. B. Warfield, ese gigante de pensa-miento y de acción, nos presenta un magnífico análisis de la actitud del mundo en años recientes hacia el calvinismo. Tras decirnos que el calvinismo es "el verdadero teísmo", "religión en su más sublime concepción", y "evangelicalismo en su pura y única expresión estable", añade: "Considérese el orgullo del hombre, su aserción de libertad personal, su alarde de poder, su repudio a la imposición de la voluntad de otro sobre la suya. Consi-dérese la arraigada confianza del pecador en su propia naturaleza como una fundamentalmente buena y en su plena habilidad para cumplir con todo lo que justamente se le pueda exigir.
¿Debe, en realidad, extrañarnos que en este mundo—en esta presente época del mundo—sea algo difícil preservar no sólo activa, sino de manera vital y dominante, la percepción de la mano omnipresente del Dios que todo ¡ü lo determina, el sentido de absoluta dependencia de él, la convicción de nuestra total inhabilidad para salvarnos a nosotros mismos del pecado—en su más alta concepción? ¿No es suficiente para explicar el eclipse que el calvinismo está sufriendo en el mundo hoy, señalar simplemente a la dificultad natural—en esta época materialista, consciente de sus nuevos poderes contra las fuerzas de la naturaleza y llena de orgullo por los recientes logros y por el bienestar material—de mantener en su perfección la percepción de la mano gobernante de Dios en todas las cosas, de mantener el sentido de de-pendencia en un poder supremo, y de preservar en toda su profundidad el sentido de pecado, indignidad e impotencia? ¿No es la depresión que experimenta el calvinismo, en la medida en que sea real, consecuencia mera-mente de esto, que la visión de Dios se ha oscurecido en nuestra época debido a los abundantes triunfos humanos, que el sentir religioso ha dejado de ser hasta cierto punto la fuerza determinante en la vida, y que la actitud evangélica de completa dependencia de Dios para salvación no halla cabida en hombres acostumbrados a hacer su voluntad y que, por consiguiente, viven convencidos de que el cielo también puede ser alcanzado por sus propias fuerzas?".
A pesar de todo el calvinista no debe sentirse descorazonado. La religión fácil de hoy, con su énfasis en los problemas sociales y no en doctrina, ha dado lugar a que multitudes, que en otras épocas hubiesen permanecido fuera, se unan a la iglesia; y el mero hecho de que los calvinistas no sean tan conspicuos en la congregación no significa necesariamente que su número haya decrecido. "Es muy probable que hayan más calvinistas en el mundo hoy que antes", dice el Dr. Warfield. "Aun relativamente, las iglesias que profesan ser calvinistas no se están quedando atrás. Además, existen impor-tantes tendencias en el pensamiento moderno que de uno u otro modo re-dundan en favor del calvinismo. Sobre todo, podemos encontrar en todo lu-gar a humildes creyentes, que en la tranquilidad de vidas apartadas han per-cibido la visión de Dios en su gloria y que albergan en su corazón la vital llama de una total dependencia de él, lo cual no es sino la esencia misma del calvinismo". Y añade, "Creo que el calvinismo, así como ha sido la fuerza vital de la cristiandad evangélica en el pasado, continuará siendo su fuerza en el presente, y su esperanza para el futuro".
En estrecha conformidad con estas palabras el Dr. F. W. Loetscher ha di-cho: "No es de extrañarse que nuestra época, embriagada por el conoci-miento, desdeñosa del pasado, intolerante con los credos y dogmas, así como de toda autoridad, sea humana o divina, y arrastrada por las corrien-tes del naturalismo ateísta y la evolución panteísta, esté dirigiendo su más poderosa artillería de incredulidad contra el calvinismo, por ser éste el más poderoso baluarte de revelación y redención sobrenaturales. El Profesor Enrique B. Smith profetizó hace unos años: 'Una cosa es cierta—la ciencia atea desarraigará todo menos la firme ortodoxia cristiana'. Aceptemos re-sueltamente, pues, este reto y regocijémonos, ya que tan imposible es que el calvinismo desaparezca de la tierra como que el hombre pecador pierda to-talmente su sentido de dependencia de Dios, o que el Todopoderoso abdi-que al trono del dominio universal".
Jaime Antonio Froude, el distinguido profesor de historia de la iglesia de la universidad de Oxford, en Inglaterra, refiriéndose a la floja religión tan común en sus días, dijo: "Esta no es la religión de vuestros padres, aquel calvinismo que destruyó la tiranía espiritual, que derrocó a reyes, y que li-bertó a Inglaterra y a Escocia, por algún tiempo al menos, de mentiras y charlatanerías. El calvinismo es el espíritu que se levanta contra la falsedad, el espíritu que, como he dicho antes, ha surgido y resurgido, y a su debido tiempo resurgirá nuevamente, a menos que Dios sea un engaño y el hombre como la bestia que perece".
"El calvinismo no sólo tiene un futuro", dijo el Dr. Abraham Kuyper, "el calvinismo tiene el futuro. Todo lo demás desmorona y se desvanece. Teológicamente hay mucha fatiga a nuestro alrededor, y mucho esfuerzo innecesario ante las gentes, porque el calvinismo es demasiado para ellas. Pero por ser lo que es, el calvinismo captura los espíritus y no los soltará". Quizá valga la pena señalar aquí que el autor de este libro no fue educado en una iglesia calvinista, y recuerda cuan revolucionarias les parecían estas doctrinas cuando por primera vez vino en contacto con ellas. Durante unas vacaciones de Navidad mientras cursaba estudios en la universidad leyó el primer tomo de la Teología Sistemática de Carlos Hodge, que contiene un capítulo sobre "Los decretos de Dios", y expone estas verdades tan convin-centemente, que jamás pudo olvidarlas. Además, él puede afirmar con algo de orgullo que llegó a esta posición sólo tras una lucha mental y espiritual bastante severa, y siente profunda simpatía hacia aquellos que puedan ser llamados a sufrir una experiencia similar. El conoce el sacrificio que de-mandó el tener que separarse de la iglesia de su juventud, una iglesia que en-señaba un sistema que contenía mucho error. La mayoría de sus familiares más cercanos y amistades pertenecían a dicha iglesia, y él espera que se le perdone si demuestra alguna intolerancia hacia aquellos "presbiterianos de nacimiento" que continúan en la iglesia presbiteriana mientras se oponen o ridiculizan abiertamente estas doctrinas.
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