Una característica invariable de la predicación genuina
ha sido la seguridad de que la proclamación del evangelio, es el
medio divinamente ordenado para la convicción y conversión
de los pecadores. "Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura
de la predicación" (1Cor.1:21) y como consecuencia de este convencimiento
los evangélicos nunca se han contentado con predicar la Palabra
sin que vean cambios en los creyentes. El que tiene una idea bíblica
del púlpito y del evangelio deseará predicar como Richard
Baxter ‘como un mensajero de otro mundo’, o como M'Cheyne quien, como dijo
uno de sus oyentes, ‘predicaba como si se estuviera casi muriendo por convertirte’.
Siempre que la predicación haya dejado de exigir una respuesta
individual y siempre que los oyentes se quedan con la impresión
de que no hay un mandato divino que exija su arrepentimiento y fe, el cristianismo
genuino se ha marchitado. La presentación del cristianismo como
una serie de hechos, sin ningún intento de aplicar dichos hechos
a la conciencia, y sin una invitación a confiar en Jesús
como Salvador poderoso, está lejos de ser una predicación
apostólica. Cuando dos predicadores evangélicos londinenses
de tiempos pasados, Matthew Wilks and John Hyatt, se estaban despidiendo
en el lecho de muerte de Hyatt, Wilks preguntó, 'Bueno, John, ¿podrías
confiar ahora tu alma en las manos de Jesucristo?' 'Sí,' fue la
respuesta ferviente, '¡un millón! ¡un millón
de almas!' Esta es la persuasión que es esencial en la predicación
del evangelio.
NECESIDAD DE DISCUSION
En las páginas que siguen, pues, no se discute si está
bien invitar a los hombres a que vayan a Cristo. Este punto debería
resultar indiscutible para todos los que creen en la Escritura. Tampoco
está abierto a discusión en evangelismo si hay que insistir
en la responsabilidad del hombre de arrepentirse y creer. Como ya hemos
dicho, si no hay tal insistencia no hay evangelismo en el sentido bíblico
de la palabra. Nuestra discusión se refiere a otro punto, a saber,
si es conveniente para el evangelismo al concluir un sermón, invitar
a pasar al frente a aquellos que quieran recibir a Cristo.
Si el sistema de invitación, como se puede llamar dicha práctica,
se puede demostrar que se basa en lo que la Biblia dice acerca de la venida
de Cristo, o en lo que se puede deducir legítimamente de la doctrina
de la responsabilidad del hombre, entonces se puede afirmar con razón
que oponerse a ese sistema es oponerse a la Biblia. Pero hasta que no se
demuestre esto, no se podrá sacar la conclusión de que los
que no hacen 'la invitación' están menos preocupados por
el evangelismo que los que la hacen. Ante todo hay que discutir el punto
de si dicha práctica tiene base bíblica. No se puede ser
más evangélico que el Nuevo Testamento.
Es probable, sin embargo, que algunos de los que defienden el sistema
de invitación, no pretendan tener pruebas bíblicas en favor
del mismo. Se contentarían con decir que es un método útil
y fructífero en el cumplimiento de un objetivo bíblico conducir
a las personas a una decisión personal. Y, también se podría
preguntar, por ser simplemente un problema de método, ¿vale
la pena debatirlo y discutirlo? A esta última pregunta contestamos
que la práctica misma exige el debate, y esto por lo menos por dos
razones.
Primero, si bien por más de cien años, el evangelismo
en Gran Bretaña ha ido a veces acompañado de contactos después
de las reuniones, o de tarjetas que las personas han de firmar como afirmación
de fe, la práctica de invitar a las personas a pasar al frente como
el punto culminante natural de un mensaje evangélico y como parte
integral de un servicio evangelístico ha sido relativamente escasa.
Pero la prominencia dada a la 'invitación' en las cruzadas de los
últimos años, acompañada de exhortaciones encarecidas
por parte de evangelistas para que los ministros sigan el mismo método,
ha venido conduciendo a todas las congregaciones evangélicas a examinar
su omisión. Si, como se dice, el llamamiento a pasar al frente es
el punto culminante de un sermón evangelístico, ¿pueden
las iglesias evangélicas sentirse satisfechas de continuar sin dicha
práctica? Y esta pregunta es tanto más urgente, cuando el
éxito numérico que acompaña al empleo de 'la invitación'
se compara con el resultado escaso que acompaña a la mayor parte
de la predicación de hoy. En las condiciones contemporáneas
de necesidad espiritual, el testimonio que líderes bien conocidos
dan en favor del valor de la invitación', por necesidad ha de producir
discusión entre los que están preocupados por dichas condiciones.
No se debería censurar a los cristianos por querer discutir más
antes de aceptar una práctica que no forma parte de la tradición
evangélica de este país. Aunque a algunos evangélicos
les puede resultar irresistible el argumento pragmático en favor
de adoptar de inmediato el sistema de invitación (a saber los resultados
numéricos que han acompañado su empleo en las cruzadas modernas),
hay otros que creen que un examen más minucioso y bíblico
de la innovación es necesario antes de que se acepte. Lo que es
importante es que cada hombre esté convencido de su práctica.
En segundo lugar, como Leighton Ford, uno de los últimos exponentes
del sistema de invitación, nos re cuerda, es esencial en el empleo
de la invitación que el evangelista dé instrucciones claras
que se entiendan. Hay que evitar toda idea vaga: 'La invitación'
no debería ser, "Si hay alguien aquí presente que quisiera
pasar al frente, puede hacerlo, o también puede esperar a verme
después." Ha de ser: "Dios está llamando a que vengan a El
ahora. Vengan."(1) Con todo, a pesar de la publicidad que se le ha dado
en estos últimos años, creemos que se puede poner en discusión
si aun ahora todo está claro lo qué se les pide a aquellos
que pasen al frente. ¿Es el pasar al frente una declaración
externa de una decisión salvífica interna que el oyente ya
ha hecho en su banco, como un simple 'testimonio externo'? ¿Por
qué se les dice, pues, que 'pasen al frente' para recibir a Cristo?
¿Qué relación tiene 'recibir a Cristo' con el pasar
al frente." ¿Hay alguna relación? La descripción más
popular de 'la invitación' como 'acto de entrega a Cristo', deja
estas preguntas sin respuesta, y a no ser que el sistema quiera refugiarse
detrás de la imprecisión que dice evitar, hay ciertas consideraciones
muy fundamentales que se deben aclarar.
Antes de escribir las páginas que siguen traté de entender
las razones que se presentan en favor de 'la invitación', tanto
con la lectura de lo que sus defensores dicen como con la asistencia a
reuniones en las que se hace un llamamiento público a pasar al frente.
No quiero presentar mal este tema. Esto conduce, sin embargo, a una dificultad.
Cubrir con el anonimato las citas que daré sería tanto irritante
para el lector como contrario a los intereses de una discusión honesta.
La discusión de un tema controvertido exige citas refrendadas con
documentos. Por otra parte, el peligro es que una vez se citan nombres,
el interés se transfiere del aclarar las ideas a la persona cuyas
ideas se examinan. Si fuera posible presentar los argumentos en favor del
sistema de invitación con palabras de personas ya fallecidas, este
peligro podría en cierto modo eludirse, pero no conocemos ningún
predicador evangélico de otras épocas que haya usado 'la
invitación' en la forma exacta en que se utiliza hoy día.
Si bien ciertas afirmaciones de Finney y Moody podrían resultar
interesantes a este respecto, no podrían tomarse como las razones
más persuasivas que existen en favor del empleo moderno del sistema.
Tengo que concluir, pues, que la única forma de presentar en forma
adecuada los argumentos empleados en favor del sistema es citar directamente
al portavoz contemporáneo más elocuente que lo utiliza, a
saber, Billy Graham. Sólo me queda esperar que el lector preferirá
esto a una crítica velada e indirecta de una posición que
el evangelista americano sostiene, y que se tendrá presente que
lo que se examina no es un problema de personalidades.
Durante la "Cruzada del Gran Londres" en 1966, todas las reuniones
concluyeron con una invitación" pública y una breve explicación
del por qué se hacía. El propósito de la ‘invitación’
era, según se decía, muy sencillo. Se decía a los
oyentes que no hace falta mucho conocimiento y nada de emoción para
responder: es un 'acto de entrega a Cristo', expresado en la acción
de dejar el asiento para ir a reunirse con otros frente a la tarima del
predicador. El carácter de apremio de la acción de pasar
al frente no se transmite por medio de suscitar emociones sino de razones
que el predicador da para impulsar al inconverso a responder. En un grado
mayor o menor el sermón ya ha demostrado la necesidad de cambiar
a aquellos que no conocen a Cristo y la importancia de 'la invitación'
se basa en que se presenta como la oportunidad para que se produzca tal
cambio. Se le dice al oyente que lo que necesita es 'dejar que Cristo entre
en su corazón', palabras que significan '(1) arrepentirse, (2) recibirlo
por fe', a lo cual Graham suele añadir palabras como éstas:
"Lo vamos a hacer así, levántense ahora mismo y pasen al
frente."(2) Curtís Mitchell, dice que las palabras que Graham emplea
al hacer el llamamiento varían poco y nos da el siguiente ejemplo
típico:
'Les voy a pedir que pasen al frente. Los de allá arriba, los
de abajo -quiero que pasen al frente. Vengan ya- rápido. Si van
con amigos o parientes, los esperarán. No permitan que la distancia
los mantenga separados de Cristo. Hay que andar mucho, pero Cristo anduvo
más hasta la cruz porque los amó. Claro que pueden caminar
estos pocos pasos para entregarle la vida...'(3)
A los que vacilan, Grahan les agrega: 'Dios les está hablando.
Levántense y vengan ya... una voz les dice, "Debería ir a
Cristo". ¡Vengan enseguida! Quizá no vuelvan a tener la oportunidad.
Han de venir por fe. Necesitan a Cristo, levántense y vengan...'
En todo esto no hay presión alguna que vaya más allá
de la insistencia solemne que los que deseen recibir a Cristo deben pasar
al frente.
Cuando, después de unos momentos de silencio, ya hay muchas
personas reunidas frente a la tarima, las implicaciones espirituales de
lo que está ocurriendo se vuelven a subrayar. Dirigiéndose
a los que han respondido a la invitación, Graham dice, 'Esta noche
se han entregado a Jesucristo, han venido a recibirlo en su corazón',
o 'Entreguen su vida a Dios. Háganlo ahora'. Y con la esperanza
de que así lo hayan hecho, Graham les asegura: 'El los recibe; murió
por ustedes; dice, "Tus pecados son perdonados." Acéptenlo. El pasado
está perdonado, Dios perdona... Ni siquiera ve sus pecados. Acepten
por fe que venga a su corazón.' Luego sigue una oración que
se pide a los que han pasado al frente que repitan en voz alta después
del predicador: 'Oh Dios, soy pecador. Me arrepiento de mis pecados. Quiero
apartarme del pecado. Recibo a Cristo como Salvador. Le confieso como Señor.
De ahora en adelante quiero seguirlo y servirlo en la comunión de
su Iglesia.' Antes de que los que hayan pasado al frente, salgan del servicio,
Graham les hace algunas exhortaciones prácticas finales, tales como,
'Lean la Biblia... Oren... Den testimonio... Vayan a la Iglesia para adorar
a Dios,' y con estas palabras se da por sentado el cambio en los que han
respondido. 'Van a ser tentados, pero son sus hijos, levántense...'
Ahora pasamos a examinar las razones que se dan para demostrar lo correcto
que es hacer esta invitación' al final del mensaje. Graham repitió
muchas veces dos razones a sus oyentes en el auditorio de Earls Court,
y hay una tercera. Estos son:
1. Cristo siempre llamó a los oyentes en público y esta
afirmación se corrobora con textos como Sígueme', o 'A cualquiera
que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré
delante de mi Padre que está en los cielos.'
2. 'Salir al frente,' dicen, lo fija, lo rubrica.' No oímos
que desarrollarán este punto pero el significado implícito
parece ser que una decisión hecha pública es más probable
que sea decisiva e irrevocable. 'Hay algo en el pasar al frente y pararse.
Es una expresión externa de una decisión interna.(4)
3. Según la biografía autorizada de Graham escrita por
John Pollock, la invitación tiene valor como demostración
visual para los no comprometidos. Pollock menciona que el efecto que tiene
una reunión televisada con su correspondiente invitación
y respuesta ante miles de televidentes es más valioso que un sermón
de Graham televisado desde un estudio: 'Cuando el americano medio, honrado,
de buena reputación, ve al Dr. Graham en un estudio que le dice
que necesita "nacer de nuevo", su primer impulso será hacerlo pasar
por fanático. Pero si el televidente ve a miles de personas normales
y respetables que escuchan y asienten a todo lo que él mismo está
oyendo, y luego ve a centenares que voluntariamente se levantan y pasan
al frente en respuesta a una invitación sin presiones, comenzará
a pensar en el mensaje y la situación con cierto interés
sincero y honesto. Es mucho más fácil decirle a un solo orador
que está equivocado que desacreditar la convicción y decisión
de miles.(5)
LA INVITACION Y LA BIBLIA
De las tres razones que se han dado, sólo la primera pretende
basarse directamente en la Biblia. Tenemos, por tanto, que considerar,
en primer lugar, si los textos que se citaron son decisivos ya sea a favor
o en contra de la práctica que estamos examinando. El mandato de
Jesús, 'Sígueme', dado a sus futuros apóstoles y a
otros contemporáneos, se dice que justifica el invitar a las personas
a que pasen al frente porque Jesús exigió una identificación
externa consigo mismo por parte de aquellos que serían sus discípulos.
Pero ¿Qué significa 'Sígueme' o 'venid a mí'
en los labios del Hijo de Dios? ¿Se trata de instrucciones que requieren
primordialmente movimiento físico? Que a veces incluya el aspecto
físico (como cuando Zaqueo bajó del árbol) parece
claro en los relatos evangélicos, pero incluso en tiempo de Cristo
el sentido fundamental de esas palabras era claramente una identificación
espiritual con El por medio del arrepentimiento y la fe. Una vez que Cristo
ya no estuviera físicamente presente, no podrían tener ningún
otro sentido. Nadie puede ir a Cristo andando, e incluso cuando vivió
en la tierra, ir a El de este modo no se consiguió como se dice
que consiguen aquellos que pasan al frente. No hay equivalencia entre el
llamamiento moderno y las palabras del Señor, y con todo el llamamiento
se presenta como si Cristo mismo respaldara la invitación del evangelista
a 'levantarse ya'. 'Fue a la cruz para morir, sangrando por usted; también
usted puede dar unos pasos por El en este hermoso estadio'. 'Vengan, si
no lo reciben morirán en pecado, pasen al frente...' Y luego a los
que se reúnen al frente los tratan como los que obedecen al mandato
de Cristo. Mitchell presenta la siguiente conversación típica
entre Charles Riggs (director de consejeros en la Cruzada del Gran Londres
de 1966) y alguien que inquiría
"Ha pasado al frente para recibir a Cristo.
¿Cómo sabe que esto es lo que debe hacer?"
"Bueno, así lo dice la Biblia."
"Entonces lo dice Dios, ¿no es así?"
"Sí, eso creo.
"Y no hay mayor autoridad que Dios,
¿no es cierto. No, claro que no.
Entonces acepta la Palabra de Dios, ¿verdad?
Cuando la respuesta a la última pregunta es afirmativa', Mitchell
prosigue, como suele ser el caso, Riggs lo resume todo para el novicio-
"Véalo así," dice, "Dios lo dice. Por fe usted lo cree. Y
esto es todo."(6)
Como trataremos de exponer luego, todo este razonamiento se basa en
el presupuesto de que pasar al frente equivale, si no es idéntico
al acudir a Cristo. Solamente cuando existe confusión en la mente
de algunos se puede citar un texto como 'Sígueme' como prueba de
lo acertado en la práctica.
Pasamos ahora al segundo texto que, según dicen, prueba que
la 'invitación' pública está en armonía con
el mandato de Cristo, 'Cualquiera que me confiese delante de los hombres...'
(Mateo 10:32). Lo que hay que resolver respecto a este texto es evidente:
¿Dice Cristo que con un acto de confesión nos hacemos cristianos
o enseña que una señal indispensable de los que son cristianos
es que viven una vida que en forma manifiesta lo confiesa? ¿No es
acaso el llamamiento evangelístico moderno de confesar a Cristo
por medio del pasar al frente a fin de recibirlo por medio de la fe, una
inversión del orden que establece el Nuevo Testamento? Confesar
a Cristo es el deber espiritual del cristiano. En ninguna parte del evangelio
se dice que el cumplir ciertos deberes externos nos ayuden a hacernos cristianos.
Sin embargo todo el sistema de invitación inevitablemente da la
impresión de que "confesar a Cristo" pasando al frente es necesario
para la conversión. Graham dice bien claramente que la confesión
que se le pide en "la invitación" de pasar al frente o de pararse
es para aquellos que hasta ese momento no han sido cristianos. J.C. Pollock
menciona el hecho de cómo, al predicar en Berlín en 1954,
Graham, una vez llegado al final del mensaje, dijo: "los que quieran seguir
a Cristo, que se pongan de pié," el intérprete empleó
palabras que para un alemán significaban "¿desea confesar
a Cristo?" Decenas de millares se pusieron de pie: Diáconos, pastores,
laicos que se creían discípulos. Billy dijo, "No, no, no
me entienden". Volvió a explicar el significado del arrepentimiento,
de la fe, de la primera decisión por Cristo, del nuevo nacimiento.
John Bolton está "absolutamente seguro" de que los asistentes entendieron
la segunda traducción. Algunos se quedaron sentados, una gran cantidad
se pusieron de pie.(7)
Si este confesar a Cristo por medio de la respuesta a un llamamiento
no es para los cristianos, es imposible ver cómo Mateo 10:32 se
puede emplear en apoyo de tal práctica. Sólo se puede hacer
si se interpreta la confesión (a la que Jesús promete recompensar)
en una forma que no va de acuerdo con la analogía de la escritura.
Si este texto fuera, en efecto, una guía en cuanto a la forma en
que los pecadores han de 'decidirse por Cristo,' significaría una
interpretación radicalmente nueva de un número considerable
de textos del Nuevo Testamento. Textos que los cristianos evangélicos
han entendido siempre en el sentido de que ofrecen las características
de aquellos que verdaderamente han nacido de nuevo, no la forma en la que
este nacimiento ocurre. Por ejemplo, Juan 8:31 no enseña que el
permanecer fieles a la palabra de Cristo nos hace verdaderos discípulos,
ni tampoco Juan 15:8 dice que el llevar fruto sea el proceso por medio
del cual nos volvemos verdaderos cristianos, si bien estos textos (y muchos
otros) se podrían forzar para darles ese significado. La distinción
que hacemos aquí no es más que la antigua distinción
protestante que decía que las obras son pruebas necesarias de la
salvación, no una condición para la salvación.
En este debate, desde luego, no se discute si un acto inicial de confesar
a Cristo lo exigieron los apóstoles de aquellos que, al recibir
el evangelio, eran recibidos en la iglesia. Tal confesión iba incluida
en el bautismo. Pero antes de que alguien sacara la conclusión de
que 'la invitación' no es más que cambiar el modo en que
se hace la confesión, se ha de decir que el bautismo nunca ocupó
el lugar que el sistema de invitación ocupa actualmente en el evangelismo.
El lugar que ocupa la ordenanza del bautismo en el trabajo misionero de
la iglesia es el de sellar a aquellos que han profesado a Cristo como resultado
de la enseñanza (Mat. 28:19), y antes de que esa confesión
se pudiera hacer, (era una forma que en adelante identificará públicamente
a los convertidos con las iglesias y con Cristo) los que ocupaban puestos
de responsabilidad y disciplina en la iglesia, tenían que estar
convencidos de que las personas hacían una profesión aceptable
y estaban instruidos en la fe. Por algunos ejemplos que se encuentran en
Hechos se puede argüir que a esta convicción se puede alcanzar
en un plazo de tiempo muy breve. Pero la experiencia de las iglesias después
de su constitución inicial por parte de los apóstoles, demostró
lo contrario; de ahí surgió esa clase de personas a las que
se llamaba 'catecúmenos', quienes no eran recibidos de inmediato
como miembros plenos de la iglesia por medio de la profesión pública
apenas hubieran indicado interés por el evangelio.
Principios bíblicos generales tales como el de no imponer las
manos sobre nadie en forma precipitada, que han sido confirmados a lo largo
de la historia de la iglesia, demuestra que la profesión pública
de Cristo hecha en forma repentina por parte de personas cuya experiencia
no se ha podido comprobar ni con el tiempo ni por medio de la observación
por parte de los pastores, termina casi siempre en desastre. Por esta misma
razón no conocemos ningún ministro evangélico que
estaría dispuesto a bautizar de inmediato a personas que 'responden'
al final de un servicio.
El bautismo y el pasar al frente son dos cosas esencialmente diferentes.
El primero es un acto que confirma las promesas de salvación hechas
a los creyentes, el segundo es una estratagema que tiene como fin ayudar
a los hombres a hacerse creyentes. El uno da testimonio de la salvación,
el otro se dice que de hecho consigue algo encaminado a nuestra salvación.
El primero es un acto que Cristo mandó, mientras que el segundo
no.
C.G. Finney (1792-1875), quien al parecer fue el primer evangelista
que invitó a las personas a pasar al frente durante un servicio
para ocupar lo que él llamaba 'el banquillo de inquietud', defendió
dicha práctica por considerarla que respondía al propósito
que el bautismo tuvo en tiempo de los apóstoles. El profesor Dod
de Princeton hizo el siguiente comentario respecto a esta razón:
'aunque supone que el banquillo de inquietud ocupa "el puesto preciso"
que el bautismo ocupó en otro tiempo, de ninguna forma podemos aceptarlo
como equivalente. El bautismo era, en realidad, una prueba de carácter,
ya que significaba obedecer o desobedecer a un mandamiento divino; pero
el banquillo de inquietud no puede considerarse así, a no ser que
se apropie una autoridad semejante.(8)
Antes de dejar de lado este examen de la supuesta prueba bíblica
en favor del sistema de invitación podemos también notar
una cierta inconsecuencia entre aquellos que están en favor de dicha
práctica. Por ejemplo, Harold J. Ockenga, de Boston, al dirigirse
al Congreso Mundial de Evangelismo (reunido en Berlín bajo la presidencia
de Billy Graham, Otoño, 1966), dijo que era lícito usar o
no usar 'la invitación' porque han ocurrido conversiones en ambos
casos: 'debemos concluir que no podemos ser exclusivos en nuestra metodología,
ni tampoco podemos juzgar a aquellos que usan una metodología diferente
en evangelismo.'(9) Ockenga parece argumentar que tanto el uso como el
no uso de 'la invitación' son aceptables, ya que Dios bendice ambos
ministerios. Pero si la decisión del evangelista de emplear 'la
invitación' es opcional, no puede haber pruebas bíblicas
que la exijan, porque en ese caso el predicador evangélico tendría
obligación y no estaría en condiciones de elegir. Si hay
autoridad bíblica en favor de la práctica, el que no la usa
está fallando aunque Dios pueda bendecir su ministerio a pesar de
esa deficiencia. Por otra parte, si no hay autoridad bíblica, el
argumento de que 'Jesús siempre invitó a las personas públicamente'
debe dejarse de usar.
La falta de certeza de aquellos que emplean el sistema de invitación
en cuanto a las pruebas bíblicas no carece quizá de relación
con la importancia que dan a argumentos subsidiarios a los cuales nos referimos
a continuación.
EL ARGUMENTO SICOLOGICO
El segundo argumento que se emplea en defensa de la invitación
se expresa con las siguientes palabras: 'hay algo en el hecho de pasar
al frente que lo justifica.' Estamos evidentemente ante una alusión
a lo que se considera como interpretación justificada de la personalidad
humana. La falta de determinación del inconverso se considera como
el problema espiritual básico: el Espíritu sale al paso de
este problema por medio del convencimiento de pecado. Cuando este convencimiento
se presenta, el individuo experimenta desconsuelo, 'y este desconsuelo
produce presión en su voluntad para que trate de resolverlo'. Frente
a esta situación el evangelista debe intervenir con una invitación
que ofrece, Graham cree, ser el escape emocional adecuado para aquellos
que se encuentran en esta condición de turbación. Tratando
de defender la práctica, argumenta en esta forma: 'muchos sicólogos
dirían que es sicológicamente acertado. Una de las razones
por las que nuestras películas y dramas de televisión suelen
producir un efecto malo es porque mueven las emociones hasta una intensidad
grande pero no ofrecen ningún escape práctico para las mismas.'(10)
Ford presenta el mismo argumento en forma más completa: 'estoy
convencido de que hacer alguna clase de invitación pública
de venir a Cristo no es solamente teológicamente correcto, sino
también emocionalmente adecuado. Las personas necesitan tener esta
clase de oportunidad para expresarse. La decisión interna de aceptar
a Cristo es como clavar un clavo en una tabla. La declaración externa
de esa decisión es como doblar el clavo por el otro lado, de forma
que no se pueda sacar fácilmente. Impresión sin expresión
puede conducir a depresión. El profesor William James(11) dijo,
"Cuando alguien se ha decidido es bueno que se comprometa; que se imponga
a si mismo la necesidad de hacer algo más, la necesidad de hacer
todo lo posible. Si el caso lo permite, que se comprometa públicamente.
Que envuelva su resolución con todas las ayudas posibles."(12)
Estas citas resumen el argumento psicológico en favor de '1a
invitación'. Se considera que el consentimiento de la voluntad del
hombre es el objetivo principal que hay que alcanzar; se supone también
que una respuesta que implica alguna acción frente a los demás
comprometerá a la voluntad de las personas con más seguridad
que si se les dejara que cada uno buscara individualmente a Cristo en privado.
Por esto Ford, relacionando el supuesto argumento bíblico con el
psicológico, insiste en la ventaja de la invitación de pasar
al frente 'como medio de obedecer el mandato de Cristo de confesarlo delante
de los hombres, y como paso que ayudará a llegar a una decisión
bien concreta y definida'. Es tal la debilidad de la voluntad, y se identifican
(se supone) tan íntimamente las operaciones del espíritu
con el procedimiento utilizado en las reuniones, que no ofrecer '1a invitación'
en el momento decisivo es correr el riesgo de interrumpir la 'presión'
y en consecuencia la posible pérdida de almas que pueden volver
a caer en el estado anterior de indecisión o falta de voluntad.
La gran necesidad, pues, es comprometer en forma inmediata y abierta a
la voluntad, y cuanto más pública sea la acción menos
probable es el volver a caer. Parece que por esta razón, incluso
cuando el lugar en el cual se tiene la reunión hace difícil
el pasar al frente, el sistema de invitación está en favor
de levantar la mano o de agitar un pañuelo antes de no hacer nada
público en absoluto.
Esta forma de razonar, que por primera vez empleó en evangelismo
Charles G. Finney allá por 1830, pretende ser sicológicamente
acertada. Parece ser más o menos lo que Graham quiere decir cuando
afirma que una respuesta publica resuelve el caso del individuo. El siguiente
incidente quizá sirva para ilustrar el punto. Hace unos pocos años
Graham predicaba en Londres un domingo por la noche. Al final del sermón
a las 8.30 p.m. se comenzó de inmediato una media hora de himnos
de forma que no pudo hacer la invitación hasta que la transmisión
terminara. La respuesta fue desalentadora y Graham explicó que se
debió al hecho de que el llamamiento no siguió de inmediato
al sermón. En otras palabras 'la presión' se había
eliminado después de los treinta minutos pasados entre el final
del sermón, y el efecto de la invitación perdió consiguientemente
fuerza.
Algunos interesados en sicología, y que por otra parte no pretenden
ser evangélicos, no han dejado, sin embargo, de observar que el
hecho mismo de que un sistema de invitación armonice con ciertos
rasgos de nuestra forma de ser sicológica lo hace vulnerable a objeciones
serias. Estos críticos arguyen que la forma en que las conversiones
se producen bajo este sistema, por medio de presión sobre la voluntad,
difiere muy poco de la forma en que ocurren 'conversiones' que no tienen
nada de cristianas. La 'manipulación' de una gran masa de personas
en un ambiente controlado, con métodos de sugestión persuasiva
que conducen a la necesidad de una respuesta pública -descarga emocional-
es sicológicamente infalible, dicen, en cuanto a conseguir resultados
prescindiendo de si la multitud se ha reunido en nombre de religión,
distracción o política. Siquiatras modernos como William
Sargant han analizado algunos de los procesos fisiológicos que lo
demuestran, y oponentes a las cruzadas como George Target, basados en esto,
han sometido, al sistema de invitación a un escrutinio incómodo:
'se les dice a todos los presentes que oren, se les instruye que cierren
los ojos e inclinen la cabeza, y las palabras toman la forma auto -sugestiva
de que centenares de personas ya están pasando al frente, encontrando
felicidad, paz, amor, a Dios... Los consejeros dispersos por todo el auditorio
son los que empiezan a pasar al frente, crean el sentido de que lo que
se está diciendo es verdad incluso cuando muy a menudo no lo es...
quizá todo sea verdad, quizás esas personas han conseguido
una paz indefinible... la tensión aumenta hasta un punto insostenible
y va todavía más allá... Lo sorprendente es que de
hecho tan pocos obedezcan.'(13)
La Organización Billy Graham ha negado repetidas veces en años
recientes la utilización en las reuniones de elementos emotivos
que pudieran influir en la voluntad para que obre cuando se da el llamamiento,
y a menudo se señala que el himno, 'Tal como soy... heme aquí,'
que se solía cantar mientras se daba la invitación, ya no
se usa. Pero esto prescinde del hecho de que la presión principal
sobre la gente para que pase al frente era, y es, la idea que el predicador
constantemente transmite de que el pasar al frente es de gran importancia
espiritual. Unido a esto está la implicación clara de que
el no responder en la forma que se les pide es una negativa consciente
a obedecer a Dios. Este simple hecho es suficiente para explicar la tensión.
Dijo Mitchell, amigo de Graham, respecto a la invitación: 'su invitación
quizá se exprese con palabras suaves pero va envuelta de repente
de un apremio eléctrico.' El himno quizá ya no se cante pero
la enseñanza de que aquellos que se levantan vienen de hecho a Jesús,
todavía está claramente implícita en la invitación.
No citamos a Target porque creamos que su sicología sea acertada
cuando se trata de entender los caminos sobrenaturales que Dios emplea
para dar vida a los pecadores muertos, pero sí creemos que como
el pensamiento de Graham es defectuoso en este punto concreto, su práctica
queda abierta a acusaciones que no se podrían hacer si su evangelismo
fuera más bíblico. Con todo Graham no solamente no resuelve
esas acusaciones en forma satisfactoria, sino que parece inconsciente del
peligro que se corre cuando se trata de justificar la invitación,
o la misma conversión, recurriendo a la sicología. En un
sermón acerca de la conversión en su obra Los Que Pasan Al
Frente, el evangelista recurre al testimonio de sicólogos para demostrar
la necesidad que el hombre tiene de conversión: 'Un psicólogo
de Chicago dijo en cierta ocasión, esta generación necesita
la conversión más que cualquier otra generación en
la historia". 'Un famoso psicólogo británico dijo recientemente,
"nuestra constitución sicológica es tal que necesitamos conversión,
y si la iglesia no acierta a convertir a la gente, nosotros los sicólogos
tendremos que hacerlo." Así que incluso la sicología reconoce
la necesidad de que el hombre se convierta.
'La Biblia enseña que uno debe convertirse para entrar al cielo.
El siquiatra enseña que uno debe convertirse a fin de poder vivir
la vida en forma plena.'(14)
Se podrían pasar por alto estas afirmaciones considerándolas
como simplemente incautas, pero ¿qué diremos de la explicación
siguiente del llamamiento a pasar al frente al final del sermón?
La da el autor del libro mencionado antes, a quien el mismo Graham describe
en el Prefacio como alguien que ha estado en una posición única
para observar su obra: 'Donde quiera que esté, si uno pasa al frente,
ya sea de hecho o en espíritu, el resultado es un cambio.'(15)
'¿Qué ocurre?' Sicólogos, siquiatras, teólogos
y evangelistas, todos ellos han tratado de explicarlo.
'Gordon Allport, famoso psicólogo, dice: "La religión
para el hombre es la propuesta audaz que hace de vincularse a sí
mismo a la creación y al Creador. Es su esfuerzo final de ampliar
y completar su personalidad hallando el contexto supremo al cual con todo
derecho pertenece."
'Entonces quizá la conversión es el paso espiritual definitivo
hacia ese fin.'(16)
Creemos que ya se ha dicho lo suficiente para demostrar que el defender
'la invitación' en nombre de la sicología es un procedimiento
peligroso que puede en último término conducir a desacreditar
por completo la experiencia evangélica genuina. Cuando se trata
de las cosas de Dios la sicología moderna es una caña quebrada,
pero si, en lugar de aceptarla como tal, la tratamos como autoridad, al
evangelismo le espera su juicio. Las prácticas bíblicas no
necesitan el sello de la sicología moderna. Y si bien necesitamos
defender la verdad ante un mundo incrédulo, no es parte de nuestra
responsabilidad justificar prácticas que no son bíblicas
con el método precario de recurrir a la opinión de sicólogos.
La verdad es que en toda predicación, y sobre todo cuando intervienen
grandes multitudes, habrá resultados que se pueden explicar en una
forma puramente natural. David Hume, el filósofo del siglo 18 que
ridiculizó el evangelio, cita un ejemplo vistoso de esto ocurrido
estando él presente en una inmensa reunión al aire libre
en la que George Whitefield predicaba. La multitud era tan grande que los
que se hallaban en las últimas filas no podían ni oír
al predicador. Sin embargo Hume dice que caminando por el perímetro
de la congregación se sorprendió ante las pruebas de emoción
con las que se encontraba a cada paso. 'Se detuvo por bastante tiempo al
lado de una mujer que lloraba piadosamente, y preguntó:
-"Buena mujer, ¿por qué está llorando?".
-"¡oh señor! por el sermón del predicador."
-"A Pero puede oír lo que el predicador dice?".
-"No, señor." - "¿Ha oído algo de lo que ha dicho?'
-"No, señor.
-"Por favor, pues, ¿por qué llora?".
-"¡oh señor! ¿no ve ese balanceo santo de su cabeza?"(17)
La burla de Hume contiene parte de razón. A algunas personas
les afecta la multitud. No cabe duda de que si los predicadores evangélicos
del siglo 18 hubieran hecho un 'llamamiento,' habrían conseguido
que muchas personas como esa mujer pasaran al frente. Al preferir no atribuirse
ni a sí mismos ni a su ministerio el mérito de vidas cambiadas,
quitaron de raíz el fundamento a toda crítica que un llamamiento
público le hubiera dado a Hume (antecesor de muchos sicólogos
modernos), si hubiera observado a personas como esta mujer pasar al frente.
Y también se ahorraron la necesidad poco edificante de tener que
demostrar cuántos de los que públicamente 'aceptaron a Cristo'
que perseveraban.
Se podría muy bien afirmar que 'el argumento psicológico,'
lejos de refrendar la validez del sistema de invitación, incita
más bien a dudar del mismo. La sabiduría del mundo, ya sea
en la forma de filosofía o sicología, nunca resultará
ser en último término aliado del evangelio.
LA INVITACION COMO DEMOS TRACION VISUAL
El tercer argumento en favor del sistema de invitación, expuesto
en la biografía autorizada de Graham escrita por Pollock, se podría
pasar por alto, porque no es una razón formal que dé el evangelista
mismo del por qué los oyentes deben pasar al frente. El argumento
de centenares o millares de personas que pasen al frente es una demostración
visual para el resto de los indecisos, demostración que viene a
confirmar la verdad de lo que ha sido predicado. Si bien Graham quizá
no haya dicho que desea que 'la invitación' produzca este efecto,
tanto el enfoque de la cruzada(18) como sus propias palabras van dirigidos
a este fin. '¡hay muchas personas que vienen a Cristo en este auditorio
esta noche, que se acercan por todos los pasillos,' afirmaba durante La
Gran Cruzada de Londres de 1966 a aquellos que escuchaban el servicio que
les era transmitido en otros centros. La información tenía
la intención bien clara de ayudar a las personas que formaban parte
de los auditorios invisibles en otras partes del país a hacer su
'decisión,' y se les decía que pasaran al frente como lo
estaban haciendo las multitudes en el auditorio donde predicaba el evangelista.
En forma parecida, cuando esa misma cruzada estaba llegando a su fin, Graham
al dar 'la invitación,' urgió a otros a que respondieran
y lo hizo usando palabras como 'decenas de millares habrán venido
a conocer a Cristo' - parece ser alusión a los miles que habían
pasado al frente en las semanas anteriores. Las estadísticas de
los que responden parece, pues, que se usan para reforzar el argumento
visual. El llamamiento público tiene como fin producir un cierto
efecto en los indecisos que están u observando u oyendo a aquellos
que pasan al frente.
Es difícil entender el pensamiento de Graham a este respecto.
Si bien la respuesta externa se presenta como 'decidir por Cristo,' Graham
sabe que el pasar al frente por sí mismo no salva a nadie. También'
sabe -como indicó en cierta ocasión en una entrevista de
televisión con Kenneth Harris- que ‘conseguir que un grupo pequeño
de personas verdaderamente crean’ es más bíblico que esperar
la conversión simultánea de grandes multitudes. Pero si las
multitudes de hecho no se convierten noche tras noche, tal como se les
hace creer a los que están viendo, ¿por qué persistir
en este método de invitación después de todo? Los
que se hallan bajo la acción salvadora del Espíritu de Dios
no sufrirían por la ausencia de este método, y podrían
ponerse en contacto con otros cristianos sin que se les pidiera públicamente
que pasaran al frente antes de que finalizara el servicio La única
conclusión a la que se llega, como Pollock ha afirmado, es que se
considera que el método de invitación posee un valor evangelístico
tal que debe retenerse. En otras palabras, la acción es importante,
no tanto para la persona que pasa al frente (quien quizá más
adelante demuestre ser espurio,) sino para producir la impresión
total que la acción común de un grupo grande causa en el
resto de la asamblea - impresión que Graham considera altamente
deseable.
IMPLICACIONES DOCTRINALES
Como vemos, esto nos conduce al punto básico de la presente
exposición. La convergencia de muchas personas ante el púlpito
del 'predicador puede ser muy impresionante, pero ¿puede realmente
desempeñar algún papel en la conversión de los que
están observando? Nuestra respuesta a esa pregunta depende de la
doctrina que profesemos acerca de la naturaleza humana y del nuevo nacimiento.
El problema, pues, viene a parar en ciertos interrogantes acerca no simplemente
de métodos evangelísticos sino más bien de creencias
teológicas. ¿Qué es la conversión y cómo
ocurre? ¿Cuál es la acción del espíritu en
la regeneración? ¿En qué forma la acción general
del Espíritu, por medio de la cual habla a las conciencias de los
todavía no regenerados por la Palabra, difiere de su acción
especial y salvadora? ¿Hizo Dios o no más por Mateo que por
otros publicanos que oyeron a Cristo predicar y no se convirtieron? ¿Hizo
o no más por Saulo de Tarso que por otros fariseos que conocieron
la verdad y no respondieron? ¿Por qué algunos creen ante
la predicación del Evangelio y otros no?
Un examen de estas preguntas demostrará que la diferencia entre
los que usan y no usan la invitación' es mucho más honda
que una simple cuestión de metodología. Harold J. Ockenga,
quien como se dijo antes, considera que la diferencia es sólo de
método, da pruebas de lo contrario al afirmar lo siguiente en cuanto
a la creencia que sostiene, el sistema: 'Algunos teólogos reformados,'
dice, 'enseñan que la regeneración por obra del Espíritu
Santo precede a la conversión. La posición evangélica
es que la, regeneración depende del arrepentimiento, de la confesión
y de la fe. Esta simple creencia estimula el evangelismo.'(19) Pasamos
por alto la forma en que se hace esta afirmación, aunque resulta
extraño el uso de la palabra 'evangélica' en relación
con un punto de vista que no se puede encontrar en ninguna de las grandes
confesiones y catecismos de las eras de la 'Reforma' 'y puritana. Lo que
afirma Ockenga es que un acto del hombre debe preceder a la acción
salvadora del Espíritu de regeneración. Esto no quiere decir
que no haya una actividad anterior del Espíritu: la Biblia dice
bien claramente que el Espíritu Santo asiste la predicación
de la Palabra y capacita al pecador para aceptar a Jesucristo como Salvador.'
La palabra clave es capacita. El Espíritu Santo, según este
punto de vista, da una ayuda general a todos los que oyen el evangelio
pero la decisión final depende del individuo; la 'decisión
que termina en la salvación o la reprobación' la hace el
individuo. Si los hombres son conducidos a la decisión, su regeneración
se seguirá. Este es el orden de salvación según el
sistema de invitación y se pretende que enseñar algún
otro orden es quitarle al evangelismo todo estímulo. Ciertamente
estamos dispuestos a conceder que el punto clave en cuanto al llamamiento
público viene a reducirse a la cuestión de si este orden
de salvación es acertado o equivocado. Si está equivocado
debería descartarse la invitación,' lo cual, desde luego,
es completamente diferente que decir que hay que descartar el evangelismo.
Pasemos ahora a ver cómo la creencia que se dice ser la posición
evangélica' se relaciona con la práctica de la invitación.'
Al dar la invitación' Graham puede decir, 'Sólo pueden
venir cuando el Espíritu los impulse.' Con esto evidentemente quiere
decir que cuando la persona está dispuesta, el Espíritu Santo
está actuando. Pero ¿cuál es esta acción que
se atribuye al Espíritu? No es su acción regeneradora, porque
en esta situación Graham trata a los hombres como si estuvieran
fuera del reino hasta que hagan el acto decisivo de 'recibir a Cristo':
'Tienen la capacidad de elegir, se encuentran en la encrucijada, quizá
nunca más vuelvan a estar tan cerca del Reino, creo que su corazón
está especialmente preparado... Levántense y pasen al frente.'
Por el momento pasamos por alto este punto de una acción general
y capacitadora del Espíritu - acción a la que pueden verse
sometidos tanto los que por fin se salvan como los que se pierden. ¿Cómo
entiende el oyente esta exhortación de Graham? La impresión
que recibe es que la disposición que necesita es la disposición
de pasar al frente, y cuando la persona que ha respondido en público
se sienta con el consejero se le dice de nuevo que todo lo que necesita
es disposición. Dice Charles Riggs: 'cuando alguien está
dispuesto a verse como pecador y está dispuesto a entregar su vida
a Jesucristo por fe, lo puede hacer simplemente abriendo su vida al Salvador.
A este respecto queremos explicar este punto con toda claridad y sencillez.
Es como invitar a la propia casa a un huésped; uno invita a Jesucristo
a entrar en su propia vida por fe. En Apocalipsis 3:20 se nos describe
a Jesucristo de pie frente a la puerta del corazón, de la emoción,
inteligencia y voluntad. No puede forzar la entrada pero entrará
si se le invita, y cuando se le invita dice, "entraré."
Riggs añade luego la oración típica en la que
el individuo 'recibe a Cristo' (citada ya en las propias palabras de Graham)
y, una vez dado ese paso decisivo, se le dice al consejero: 'es necesario
mostrar a la persona, basándose en la autoridad de la Palabra de
Dios, lo que ha ocurrido. Hágale saber que Cristo entró (Ap.
3:20). He aquí una pregunta práctica que hay que proponerle
a la persona que acaba de orar para pedir a Jesucristo que entre en su
corazón:
"¿Dónde está Cristo ahora?" Si ha explicado con
sencillez lo que la persona ha hecho y la persona lo ha entendido, debería
responder: "Está en mi corazón."(20)
Todo esto se basa en el supuesto de que si se conduce a los hombres
a un estado de buena voluntad, se ha llegado a un punto que en cualquier
momento se puede decidir. Se presupone además que 'la buena voluntad'
en una persona inconversa es prueba de que el Espíritu ha preparado
al individuo para la salvación, porque no cabe duda de que el pecador
por sí mismo no tendría la buena voluntad de ir a Cristo.
El argumento, pues, es el siguiente:
Premisa mayor: sólo los hombres a los que prepare el Espíritu
están dispuestos a recibir a Cristo y ser salvos.
Premisa menor: los hombres dispuestos a recibir a Cristo pasan al frente.
Conclusión: los que pasan al frente para recibir a Cristo ya
tienen la seguridad de ser salvados.
Pero tanto la premisa mayor como la menor contienen falacias. La premisa
mayor presume falsamente que la buena voluntad que el inconverso posee
es una disposición que lo prepara para la conversión y el
nuevo nacimiento. La Palabra de Dios, sin embargo, indica bien claramente
que puede haber una buena voluntad temporal y un consentimiento mental
también temporal en el inconverso que por un tiempo lo dispone a
profesar a Cristo en tanto que la enemistad natural de su corazón
hacia Dios todavía subsiste. (Mt 13:20). Y las tortuosidades del
corazón humano y la ceguera natural del hombre ante las cosas que
conciernen a su propia alma son tales que no es necesario creer que esta
clase de respuesta no salvadora solamente ocurre cuando hay hipocresía
consciente. Por el contrario se puede ser muy sincero. El principio de
interés propio en el corazón humano basta para explicar este
tipo de respuesta al mensaje del evangelio, sobre todo si esa respuesta
ha sido presentada como medio para alcanzar satisfacción, paz, como
solución de problemas agobiantes, y cosas parecidas.
Podemos incluso ir más allá, basados en la Escritura,
y decir que donde quiera que se predique la verdad habrá una especie
general de convicción que el Espíritu produce y que perturba
las conciencias de los hombres y los dispone a buscar alguna clase de alivio.
Sin embargo, hasta que el Espíritu con su llamamiento y acción
especiales los haya empujado hacia la vida nueva, no recibirán el
alivio que Dios ha querido que se reciba viniendo a Cristo; más
bien actuarán basados en ese principio que está en la raíz
de toda religión natural, la creencia de que el hombre puede hacer
algo para conseguir la amistad con Dios. Así Herodes, con la conciencia
turbada ante la predicación de Juan Bautista, parecía dispuesto
a hacer muchas cosas (Marcos 6:20). En Herodes había buena voluntad
junto a una actitud básica de hostilidad hacia un Dios Santo. La
Escritura nunca quita importancia al hecho de que la conciencia del hombre
natural lo puede conducir a actividades 'religiosas' en tanto que su naturaleza
sigue sin cambiar. El peligro es que imaginemos dicha actividad como fase
inicial en el proceso de conversión y digamos a la gente que se
encuentra en dicha condición, como Graham lo hace, que pasar al
frente es el 'primer paso' y que cuando lo damos Dios hará el resto.
Esto es recurrir al principio falso de las obras mencionadas anteriormente
(que el hombre natural siempre ha considerado cierto) y no sorprende que
responda. No basta contestar que, como se le dice bien claramente a la
gente que debe pasar al frente 'por fe,' no puede haber peligro de una
clase de salvación por obras en el sistema de invitación.
En una predicación inadecuada del evangelio, en la que sólo
se enfatiza el deber del hombre de arrepentirse y creer y se pasa por alto,
su necesidad de nacer de nuevo para producir esta respuesta, es muy fácil
que los oyentes confundan su propio consentimiento mental con una fe que
no nace en nosotros sino que es 'don de Dios' (Ef. 2:8).
Harold J. Ockenga responde a la última objeción basada
en la cita de Efesios con una negativa rotunda. Dice: 'La fe se atribuye
falsamente a Dios como don (véase Ef. 2:8 donde "don" es neutro
y "fe" es femenino. Salvación es el antecedente de don). Al hombre
se le manda arrepentirse, creer, convertirse. La Biblia sitúa estos
actos dentro de la capacidad de la voluntad del hombre.'(21) Esta afirmación
pone bien al descubierto la situación. No se debe hablar de la fe
como producto de la gracia salvadora porque esta dentro del ámbito
de la capacidad de cualquier hombre. Pero para demostrar esto hace falta
mucho más que una traducción nueva de Efesios 2:8. No pocos
comentaristas competentes para distinguir entre un neutro y un femenino
han sostenido la exactitud de la traducción común. En este
caso concreto, la fe la que se considere como don de Dios ya sea la salvación
toda, de la cual la fe es sólo una parte, el tenor general de la
enseñanza del apóstol está bien claro: la fe es del
'poder de Dios' (Col. 2:12); 'a vosotros os es concedido a causa de Cristo,...
que creáis en El' (Fil. 1:29). El tono general del argumento de
Ockenga no depende de un versículo en particular sino del supuesto
de que un mandato bíblico implica capacidad por parte de aquellos
a los que va dirigido. A menudo se ha demostrado que este supuesto se basa
en la ecuación engañadora de responsabilidad con capacidad.
Una parte del pecado del que el hombre es responsable es la incapacidad
espiritual. No había falta de lógica en que Jesús
acusara a los Judíos incrédulos de irresponsabilidad e incapacidad
al mismo tiempo: '¿Por qué no entendéis mi lenguaje?
Aunque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre
el Diablo...' (Juan 8:43).
Lo que está en juego aquí no es simplemente un matiz
en la fe teológica. Nuestra acusación es que el sistema de
invitación conduce inevitablemente al peligro de empujar a hombres
inconversos a confesar su 'fe'. Respecto a esto las palabras y experiencia
del difunto Lewis S. Chafer son dignas de notar. Chafer, evangelista americano
bien conocido, utilizó el sistema de invitación por un tiempo
antes de llegar a ver la razón para abandonar dicha práctica.
Entre las consideraciones que lo condujeron a descartar el invitar a los
oyentes a pasar al frente menciona la siguiente:
'Debido a la ceguera satánica ante el Evangelio de Gracia (2
Cor. 4:3,4), el hombre inconverso no puede comprender la base genuina de
la salvación, y por ello está siempre dispuesto a hacer lo
mejor que puede y sabe. Esto lo conduce a tratar de resolver su situación
frente a Dios con sus propios esfuerzos. Esta tendencia natural a hacer
algo de mérito induce a muchos a responder al llamamiento del evangelista...
Cualquier líder de personalidad atrayente (y todo evangelista con
éxito debe poseer esta característica en grado sumo) puede
conseguirse la reacción pública de muchos, cuando lo que
se propone es algo que tiene mérito religioso. Bajo tal impresión,
una persona seria puede ponerse en pie en una reunión sin tener
ni idea de lo que significa apoyarse por fe en la Roca que es Cristo Jesús;
o se le puede persuadir a que abandone su timidez natural sin llegar a
saber nada de abandonar su tendencia satánica de hacer las cosas
por sí mismo, y apoyarse por fe en lo que Cristo ha hecho por él.
La base de seguridad en los convertidos de esta clase, si se les hacen
las preguntas adecuadas, se verá que no es otra cosa que el convencimiento
de que han seguido las instrucciones que les fueron dadas.'
Si bien no es necesario que el predicador del evangelio siempre enfatice
la verdad que se contiene en las palabras del Señor de que los hombres
no pueden llegar a El a no ser que reciban un llamamiento especial del
Padre (Juan 6:44,65), nunca es lícito dar a entender que un inconverso
puede hacer lo que la Escritura afirma que no hará (1Cor. 2:14;
Juan 5:40; Rom. 8:7, etc.). Algunos quizá refuten esta objeción
basados en el hecho de que Billy Graham, y otros que emplean el método
de invitación, afirman creer que el hombre es incapaz sin el Espíritu
de Dios, y en la necesidad de la moción divina. Pero de lo que aquí
se trata no es de si Graham acepta los textos que enseñan esto -como
debe hacerlo todo aquel que cree en la Biblia-; el problema está
en el significado de estos términos. El evangelista americano cree
en una influencia general del Espíritu que acompaña a la
Palabra y que capacita al hombre para responder. Pero hasta que no llega
la respuesta siguen siendo inconversos: 'recibimos la vida por medio de
la confianza en Cristo.' Estas son sus palabras, y confirma este orden
-primero nuestra entrega, luego nuestro nuevo nacimiento- con su propio
testimonio: 'mientras cantaban la última estrofa del cántico
pasé al frente. Este primer paso fue el más difícil
que he dado en mi vida. Pero una vez dado, Dios hizo el resto.'(22) El
'resto' es el nuevo nacimiento. Graham nunca enseña que sólo
cuando quita 'el corazón de piedra' e implanta una nueva naturaleza,
se puede ejercer la verdadera fe. Para El, el Espíritu Santo da
un poder general por medio del cual el hombre inconverso puede cumplir
con una condición necesaria para su nuevo nacimiento. Su método
evangelístico está de acuerdo con esta convicción.
En contraste con este punto de vista, nosotros creemos que las Escrituras
distinguen entre la acción general de convicción por parte
del Espíritu -como la que hizo llorar a Esaú y temblar a
Félix- y el llamamiento especial que da vida, otorgado por la gracia
de un Dios soberano a aquellos a los que El ha escogido. Sólo los
que están predestinados reciben este llamamiento y se dice bien
claramente no que sigue a la fe justificante sino que la precede (Rom.
8:30; Hechos 13:48, etc.) y que produce el consentimiento de aquellos a
los que es dado (Juan 6:36,37; Ef. 2:1-8-). Los que nacen de nuevo son
los que 'ven el Reino de Dios' y con ello creen en el evangelio.
Pasamos ahora a la premisa menor del silogismo: Los hombres dispuestos
a recibir a Cristo pasan al frente.
Sin duda que si a una persona que está bajo la acción
salvadora del Espíritu un predicador cristiano le dice con autoridad
que debe pasar al frente, lo más probable es que lo haga así
por respeto por lo que cree ser mandato de Dios. Y si a dicha persona se
le dice más tarde que su respuesta a la invitación fue el
punto vital para su nuevo nacimiento, lo creerá así hasta
tanto no descubra otras ideas. Ni por un momento queremos afirmar que cuando
se emplea el sistema de invitación nadie se convierte, sino que
el sistema no posee, en realidad, conexión alguna con el nuevo nacimiento.
Se convierten a pesar del sistema, y no debido a él.
Pero, ¿qué diremos de la otra clase de personas, de aquellos
que están dispuestos a pasar al frente, y a quienes se ha hecho
creer que con esta acción vienen a Cristo? En este caso la premisa
es falsa porque muchos no dispuestos a recibir a Cristo -en el sentido
bíblico del término- están dispuestos a pasar al frente.
El sistema de invitación en realidad no tiene aplicación
alguna para esta clase de personas. El razonamiento de este sistema es
como sigue: 'si no están dispuestos no pasarán al frente;
si están dispuestos deben ser salvados -argumento que se basa exclusivamente
en la ecuación de que 'venir a Cristo' es lo mismo que pasar al
frente, y que supone que si los hombres tienen la disposición suficiente
para hacer lo segundo también pueden hacer lo primero. El pasar
al frente y el recibir a Cristo se consideran como dentro del ámbito
de la capacidad humana, como si no hubiera diferencia esencial entre la
capacidad para pasar al frente en una reunión evangelística
y el poder que saca a los pecadores de las tinieblas para colocarlos en
la luz.
Nótese también a este respecto como el sistema de invitación
ha afectado el vocabulario que se emplea para proclamar a los pecadores
el llamamiento evangélico. Las palabras 'creer' y 'arrepentirse'
ya no se suelen usar; en su lugar se emplean otros términos como
'entregar la vida a Cristo,' 'abrir el corazón a Cristo, 'hacerlo
ahora,' 'entregarse por completo,' 'decidir por Cristo,' etc., y a aquellos
que se han convertido, a menudo se los describe diciendo que se han 'rendido.'
Para Graham esta cuestión de vocabulario carece de importancia.
Hablando de la conversión dice: 'llámela como quiera. Llámela
dedicación. Llámela entrega. Llámela arrepentimiento.
Llámela gracia. Llámela como quiera.'(23) Pero hace bastantes
años el profesor Albert Dod de Princeton indicó que la fraseología
empleada para hacer que las personas se entreguen públicamente a
Cristo durante un servicio es significativa. Comentando acerca de la frase
favorita de Charles Finney, 'rendirse a Cristo' (a la que Finney unía
siempre el pasar al frente), Dod observaba:
'No nos es difícil entender por qué Mr. Finney presenta
el deber del pecador en esta forma. Parece que es más fácil
alcanzar por medio de un solo acto mental (la sumisión) que algunos
otros deberes, y también parece más posible alcanzarla de
inmediato. Si se invitara al pecador a arrepentirse, pareciese que se le
quisiera decir que debería dedicar algún tiempo a pensar
en sus pecados, y en el Ser al que ha ofendido; o si se le dijera que creyera
en el Señor Jesucristo, quizá pensaría que no pudiera
ejercer esta fe hasta que no hubiera repasado en su mente las consideraciones
adecuadas para mostrarle su condición perdida, y lo adecuado del
Salvador que se le ofrece. El arrepentimiento y la fe, por tanto, no responden
tan bien a su propósito. Pero con la sumisión, puede inducir
al pecador a cumplir de inmediato con el deber que tiene... En las tinieblas
mentales, creadas por esta presentación no bíblica de su
deber, y bajo la presión y excitación del ambiente, el pecador
va a cumplir con el doble deber de someterse, y de decir que se ha sometido.
¿Quién puede dudar que, bajo estas circunstancias, se ha
inducido a multitudes a realizar un acto mental diciéndose, "ya,
ya está hecho", y luego a levantar la mano para decirle al predicador
que se han sometido, en tanto que sus corazones siguen como antes, excepto,
de hecho, que ahora van cerniéndose sobre ellos las brumas de la
desilusión religiosa? Si este sistema hubiera sido planeado para
guiar al pecador, en una forma admisible, al autoengaño, ¿En
qué aspecto importante se hubiera podido adaptar mejor de lo que
ahora lo está para conseguir este propósito?'(24)
CONCLUSIONES
1. El sistema de invitación, al presentar la respuesta exterior
como vinculada con el 'recibir a Cristo,' crea una condición para
la salvación que Cristo nunca designó.
2. Como la invitación a pasar al frente se da como si fuera
un mandato divino, se les hace creer a los que responden que hacen algo
digno de mérito delante de Dios, mientras que a los que no responden
se les da la impresión de que desobedecen a Dios.
3. Al tratar dos elementos distintos, 'venir a Cristo' y 'pasar al
frente' como si fueran uno solo, la tendencia de la invitación es
desorientar al inconverso con respecto a su deber. El factor verdadero
como se afirma en Juan 6:29 es, 'Esta es la obra de Dios, que creáis
en el que El ha enviado.' El elemento falso es, 'Levántense y pasen
al frente.' 'Se sigue pues,' dice R. L. Dabney, 'una confusión inevitable
de conciencia. Si la persona tiene dignidad y sentido común, probablemente
se negará a pasar al frente, y entonces la tendencia del sistema
es hacerle pensar que con ello se ha rebelado contra Dios y ha agraviado
al Espíritu Santo; de ahí se sigue una confusión abrumadora.
Si es más crédulo, y pasa al frente, se le da a entender
que ha llevado a cabo una acción salvadora. De nada sirve que lo
nieguen; porque el sentido común lo dice, "¿Por qué
tanto apremio, si lo que proponen no fuera verdaderamente eficaz para conseguir
algo?"(25)
4. La disposición de pasar al frente por parte del inconverso
se puede deber por varias razones -un amor natural por si mismo y que lleva
a buscar la felicidad, una conciencia perturbada que busca alivio por medio
de un acto religioso, la influencia condicionadora de una asamblea grande
donde otros responden, y así sucesivamente. Como esta clase de disposición
de la que el hombre inconverso es capaz, no puede (por la naturaleza misma
del sistema de invitación), distinguirse de la disposición
de aquellos que, por la regeneración, han visto eliminada del corazón
la enemistad natural para con Dios. Se hace creer a muchos de los no regenerados
que su disposición natural (que los hace pasar al frente) es lo
único que se necesita para hacerse cristianos. Los consejos y oraciones
públicas que se les dan antes de abandonar la reunión sirven
para confirmarlos en esta idea.
5. Como el sistema de invitación mismo impide la posibilidad
de distinguir entre personas durante un servicio público, la respuesta
externa sincera de los que todavía son inconversos viene a producir
mayor incredulidad y dureza de corazón cuando caen en la cuenta
de que no ha habido ningún cambio verdadero en su vida. 'Sienten
que los ministros y amigos del cristianismo han hecho un fraude cruel de
su inexperiencia al empujarlos, en una hora de confusión, a posiciones
falsas.. Están conscientes de que sus ansiedades religiosas y sus
resoluciones eran perfectamente serias en ese tiempo, y que se sentían
conmovidos y extraños. Sin embargo, una experiencia amarga y mortificante
les ha enseñado que su nuevo nacimiento y religión experimental
fueron cuando menos un engaño. ¿No sería natural sacar
la conclusión de que también lo fueron los de otros? Dicen:
"la única diferencia entre mí mismo y estos cristianos fervorosos
es que ellos todavía no han descubierto el engaño como yo
lo he descubierto."(26)
6. Hay razón para creer que el número de personas que
cumplen con la formalidad de 'recibir a Cristo' después de un llamamiento,
y que luego se retiran por completo, no es insignificante. 'Este hecho
es tan bien conocido,' escribió un observador del siglo pasado,
que en muchas regiones el público espera fríamente que alrededor
de cuarenta y cinco de cada cincuenta, o quizá una proporción
mayor, en último término apostaten.'(27) En ciertas partes
de América, donde el sistema de invitación se ha venido practicando
durante muchos años, se ha hecho necesario anotar 'las decisiones
secundarias, ya que una cierta cantidad de los que responden ya lo habían
hecho antes. Esto desacredita la verdad evangélica a los ojos del
mundo.
7. Los que de verdad llegan al conocimiento de Cristo en los servicios
evangelísticos no perderían nada si se omitiera la 'invitación,'
en tanto que el apremiarlos a que realicen un acto público, con
su notoriedad inevitable, puede muy bien llegar a ser contraproducente.
Archibaid Alexander, uno de los fundadores de la gran escuela de preparación
de predicadores evangélicos en Princeton, New Jersey, quien tuvo
grandes experiencias de avivamientos poderosos, escribió acerca
del llamamiento público por experiencia propia: 'puede conducir
a los jóvenes, quienes son tímidos, a una decisión,
y por así decirlo, constreñirlos a colocarse del lado del
Señor; pero la pregunta que me sigo haciendo es, ¿beneficia
esto realmente a las personas? A mi juicio, no, sino lo contrario. Si poseen
la semilla de la gracia, aunque quizá crezca lentamente, a la larga
se abrirá camino hasta la luz y el aire, y la misma lentitud de
este progreso puede darle oportunidad para arraigarse más hondamente
en la tierra.'(28) De igual modo R. L. Dabney escribió: 'En casi
todos los casos en los que se encuentran granos genuinos de trigo vivo
entre las masas de paja acumulada por medio de estos esfuerzos, se encontrará
una acción preparadora en el corazón, resultado de una enseñanza
bíblica inteligente y de ejemplos cristianos consecuentes, irrigados
por algún tiempo por el Espíritu Santo en lo recóndito
de sus hogares. Y el único resultado de esos métodos de avivamiento
es apresurarlos un poco, quizás, en el poner de manifiesto sus nuevos
sentimientos, y al mismo tiempo desfigurar y contaminar la pureza sólida
de su carácter espiritual. Si se hubieran empleado los medios de
la gracia, y no otros, habrían llegado a la iglesia a su debido
tiempo, con la misma certidumbre, y con una piedad más simétrica
y profunda.'(29)
8. El sistema de invitación dirige inevitablemente la atención
en primer lugar hacia lo externo e inmediatamente observable, y con ello
sirve para confirmar un criterio falso de juicio. Lewis S. Chafer dice
con razón: 'Cuando el elemento espectacular en el ganar públicamente
almas se elimina, no queda casi oportunidad para contar supuestos resultados,
y la piedra de toque de la conversión se saca de la esfera de la
profesión pública para hacerla descansar exclusivamente en
la realidad de la transformación de vida.'
9. Cuando el sistema de invitación se utiliza con aparentemente
gran éxito en las cruzadas evangelísticas, y por otra parte
no se emplea en las congregaciones locales en las que los ministros no
pueden señalar con el dedo resultados visibles inmediatos después
de los servicios, la impresión que se produce es o bien que el ministerio
de las iglesias no es la forma más eficaz de evangelizar, o bien
que las iglesias también deberían emplear el mismo programa
y métodos que se emplean en las reuniones de las cruzadas. Si aceptamos
la primera alternativa se difunde la idea de que evangelismo' significa
reuniones especiales con un líder que tiene un llamamiento distinto
del de los pastores de las congregaciones. Si aceptamos el segundo y tratamos
de introducir medidas no bíblicas en las iglesias locales, hay pruebas
que demuestran que el efecto, a largo plazo, en las congregaciones que
lo aceptan no es una espiritualidad y poder más profundos, sino
más bien lo contrario. El evangelismo, en lugar de ser una parte
normal de una predicación expositora, cuidadosa y regular, con un
efecto doble en las conciencias de los inconversos y en el crecimiento
en gracia de los cristianos, se convierte en una actividad especial y dramática.
Esto conduce a orientar la vida de la iglesia lejos de la Biblia, y como
se empiezan a confundir los deberes bíblicos y no bíblicos,
se van oscureciendo los deberes básicos que Dios exige de los cristianos
y de los ministros. Como Chafer observa: la eficacia de la comunidad toda
de creyentes debe depender en su ajuste adecuado a Dios en la purificación
y mejora de sus vidas individuales. A este respecto se corre un grave peligro
de que la iglesia deje de lado la obra que Dios le ha encomendado, y la
preparación individual necesaria para la misma, y trate de poner
en su lugar la maquinaria y atractivos del evangelista moderno.'(30)
10. El sistema de invitación crea un concepto erróneo
del papel del evangelista. El predicador del evangelio no es un 'obstétrico
espiritual' que ha sido designado para supervisar el nuevo nacimiento de
los pecadores; todavía menos tiene la responsabilidad de proponer
formas que, si se adoptan, tendrán como resulta do el nuevo nacimiento.
John Kennedy, uno de los evangelistas más famosos de Escocia,
cuya muerte en 1884 la describió C. H. Spurgeon como 'una pérdida
para el país mayor que la que le hubiera causado la muerte de cien
hombres', sagazmente vio que la tendencia global del sistema de invitación,
que por ese entonces empezaba a utilizarse, iba a ser alterar la obra del
predicador del evangelio. Según el nuevo evangelismo, escribe:
'La fe se presenta como algo que hay que hacer para conseguir la salvación;
y se hacen esfuerzos para demostrar que es algo fácil. Seria mucho
mejor procurar que aquellos a los que se dirige llegaran a un convencimiento
verdadero de pecado, y esforzarse por presentarles a Cristo, en toda su
majestad gloriosa como Salvador. Explicarles la fe, a fin de que la consigan,
siempre es ponerlos a trabajar, aunque presentándoles una meta mucho
más fácil. Sé muy bien que existe la tendencia, en
cierta fase de una situación personal de angustia, de preguntar,
"¿Qué es la fe, para conseguirla?" Es una obra legalista
el satisfacer esa ansiedad; y esto es lo que se está haciendo en
el sistema de invitación. "¿Quién es El, para que
yo pueda creer en El?" fue la pregunta que formuló uno que se estaba
acercando al amanecer de un día de salvación. El explicar
lo que es la fe es burlarse de las almas. ¡Qué diferente es
el método bíblico! El gran objetivo en la Biblia es "presentar
el objeto, no explicar el acto, de fe. Si hay convicción, iluminación
y renovación, la fe se convierte en la respuesta instintiva del
alma avivada ante la presentación que Dios le hace de su Cristo;
y, sin estos elementos, no hay explicación de la fe que pueda ayudar
a nadie. El esfuerzo por explicarla se adapta demasiado a menudo a la ansiedad
de un espíritu legal. Seria más sabio esforzarse por quitar
la ignorancia y el error respecto a Dios, al pecado, y a Cristo. Ayudémoslos
a conocer estas cosas, para no edificarlos sobre una paz falsa. Si queremos
ser sabios, además de buenos, trabajemos en esa dirección,
y no en la de empujarlos a creer.(31)
NOTAS
1 Leighton Ford, El Persuasor Cristiano (New York, 1966), 138. Regresar
2 Estas palabras las pronunció Graham en Earls Court en junio
de 1966. De no indicarse lo contrario, las restantes citas son de palabras
que pronunció durante las reuniones de la cruzada. Regresar
3 Curtis Mitchell, Los Que Pasan al Frente (The World's Work Ltd. 1966),
32. Regresar
4 Mitchell, 33. Regresar
5 John Pollock, Billy Graham (London, 1966), 235. Regresar
6 Mitchell, 42-43.Regresar
7 Pollock, 184. Regresar
8 Albert Dod, Ensayos, Teológicos y Misceláneos (1847),
126. Regresar
9 Ponencias de Estudio del Congreso Mundial de Evangelismo, 26 oct.-
4 nov., 1966. Regresar
10 El Cristiano, julio 8, 1966, 24. Regresar
11 William James (1842-1910), filósofo y psicólogo americano.
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12 Ford, 124. Regresar
13 Articulo '¿Cómo lo Consigue Graham?' en New Christian,
junio 2, 1966. Regresar
14 Mitehell, 22. Regresar
15 Se puede observar que si bien Graham dice 'Nada hay en el procedimiento
de pasar al frente que salve el alma de nadie' (Pollock, 306), demasiadas
afirmaciones de esta índole sugieren lo contrario a la persona corriente.
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16 Mitchell, 37. Regresar
17 Citado por Austin Phelps, La Teoría de la Predicación
(New York, 1882), 286. Regresar
18 Mitchell, 40. Regresar
19 Ponencias de Estudio. Regresar
20 Clases de Vida y Testimonio, Conferencia 4, publicado en The Christian,
Junio 1966. Regresar
21 Ponencias de Estudio. Regresar
22 Mitchell, 33. Regresar
23 Mitehelí, 22. Regresar
24 Ensayos, Teológicos y Misceláneos, 128-9. Regresar
25 R.L. Dabney, Discusiones (Reimpresión 1967), Vol. I, 568.
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26 Dabney, 572. Regresar
27 Dabney, 566. Regresar
28 Archibaid Alexander, Pensamientos Acerca de la Experiencia Religiosa
(Reimpresión 1967), 72. Regresar
29 Dabney, 571. Regresar
30 Lewis S. Chafer, Evangelismo Genuino (1911), 19. Regresar
31 John Kennedy, Respuesta a la Defensa del Dr. Bonar del Hiperevangelismo
(Edinburgh, 1875), 30. La defensa de la practica a la que Kennedy se opone
se puede encontrar en R. A. Torrey, Cómo Trabajar por Cristo. Libro
II, cap. 14, 'Después del Servicio.' Aparte de esas áreas
en las que el evangelismo tradicional ha mantenido su vigor, el libro de
Torrey con su subtitulo, 'Compendio de Métodos Eficaces' ha sido
muy seguido desde su primera publicación en 1901. Regresar