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Capítulo I.
La Obligación
El estudio de la verdad religiosa debe de ser emprendida y proseguida de un sentido de deber, y con una vista al mejoramiento del corazón. Cuando adquirido, no debe de ser puesto á un lado como un objecto de especulación, sino que debe de ser depositado en lo profundo del corazón dónde su poder santificante ha de ser sentido. En estudiar la teología con el propósito de gratificar la curiosidad, o para la preparación de una profesión, es un abuso y profanación de lo que debe de ser estimado como muy santo. En aprender cosas pertenecientes á Dios, meramente con el fin de diversión, o aventaje secular, o para gratificar el puro amor de la erudición, es de tratar al Más Altísimo con desprecio.
Nuestro interéses eternos son envueltos en el tema de la religión, y debemos de estudiarla con una vista á esos interéses. Un labrador debe de estudiar la agricultura con una vista para aumentar sus cosechas; pero si en vez de esto , él se consume a si mismo en inquirir de cómo las plantas se propagarán en semejanza, o cómo los diferentes terrenos fueron originalmente producidos, sus tierras serán infestados con zarzas y espinos, y sus graneros serán vacíos. Igualmente vano será aquel estudio de la doctrina religiosa que es dirijido al simple propósito de la especulación. Es como si los alimentos necesarios para el sostenimiento del cuerpo, en vez de ser consumidos y digeridos, eran meramente sentados en orden para gratificar la vista. En este caso, el cuerpo ciertamente perecería con hambre; y, con igual certeza el alma hambreará si no es alimentada con la verdad divina.
Cuando la doctrina religiosa es meramente estimada como un objecto de especulación, la mente no está contenta con la verdad simple como es en Jesús, sino que se vaga detrás de cuestiones inútiles, y viene á ser enredado en dificultades, de las cuales no se puede desenredar de si mismo. Desde aquí se levanta el escepticismo de muchos. La verdad, la cual puede santificar y salvar el alma, la rechazan obstinadamente, porque no gratifica toda su curiosidad, y resuelve todas sus perplejidades. Ellos se portan como el labrador, quien rechazaría toda la ciencia de la agricultura, y rehusaría de cultivar sus tierras, porque hay tantos misterios en el crecimiento de las plantas, las cuales no puede explicar.
Si salímos, en nuestra buscada de la verdad religiosa, de un sentido de deber, y con el propósito de hacer el uso mejor posible de ella, podemos esperar de prosperar. El Señor bendecirá nuestros esfuerzos; porque ha prometido, "El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina" (Juan 7:17). En adelantarnos, hallaremos todo lo que es para cualquier propósito practico; y el sentido de deber, debajo del cual procedemos, no nos llevará más allá de este punto.
El sentido de la obligación religiosa que nos mueve para buscar el conocimiento de la verdad, aunque rechazada por la mayor parte de la humanidad, pertenece á la constitución de la naturaleza humana. El hombre fue originalmente diseñado para la religión, como ciertamente que el ojo fue formado para el propósito de la visión. Sería aventajoso de considerar bien este hecho, al principio de nuestras indagaciones. Entonces sentiríamos que estamos procediendo según á los mejores dictados de la naturaleza humana.
Las partes varias del mundo que habitamos, son adaptadas admirablemente unas á otras. Muchas de estas adaptaciones se presentan a si mismas á nuestras observaciones muy descuidadas, y, si las buscamos con diligencia, se multiplicarían á nuestra vista sin número.La semilla cae á la tierra de su tallo de orígen, como un grano de arena; pero no como la arena, contiene en su dimensiones diminutos, una provisión maravillosa para una planta al futuro. Con todo, esta provisión se probaría infructuosa si no hallaría un terreno adaptada para dar nutrimento al germen nuevo. La humedad también se necesita; y el vapor, levantandose de un mar distante, es llevado por el aire al lugar, y condensado en el atmósfera, desciende en una lluvia fertilizante. Pero todas estas adaptaciones son insuficientes, si el calor moderado no es suplido; y para cumplir el proceso, el sol de una distancia de 95 millones de millas, emite sus rayos vivificantes. Tales complicaciones de arreglos abundan en todas las obras de la naturaleza.
Los propósitos que estas adaptaciones llevan a cabo, á menudo son perfectamente obvias. En las plantas y animales, ellas proveen para la vida del individuo y la continuación de las especies. Las plantas son adaptadas para ser alimento para los animales; y las plantas y animales rinden beneficio importante para el hombre. Pero el hombre, también, tiene sus adaptaciones; y de una consideración de estas, su lugar propio en el gran sistema del universo se pueder inferir.
Como otro animales, el hombre es tan constituído, que provisión es hecha para la continuación de su vida, y de la raza. Si no hubiera ningunas indicaciones más altas en su constitución, él podría comer y tomar como los otros animales; y la indulgencia de sus apetitos y propensidades naturales sería el fin más alto de su ser. Pero para los seres humanos de brutalizarse á si mismos de tal manera, es una degradación manifiesta de su naturaleza. Ellos poseen dotes, los cuales, como cada uno siente, los capacita para propósitos más nobles.
Los altos poderes intelectuales del hombre llaman por un ejercicio apropiado. Su conocimiento no es confinado á objectos cercanos, ni para tales relaciones y propiedades de las cosas como que son percibidos inmediatamente por los sentidos; sino que su razonamiento traza relaciones remotas y sigue la cadena de causa e efecto mediante sucesiones largos. Del momento presente mira atrás mediante la historia pasada, y conecta los eventos en su orden propia de dependencia. Por su conocimiento del pasado él puede anticipar y prepararse para el futuro. En las causas que ahora existen, puede discubrir los efectos que serán desarollados después de mucho tiempo. Tales dotes acuerdan bien con la opinión que él es un ser inmortal, y que la vida presente transitoria es preparatorio para una que nunca terminará; pero ellos, de ninguna manera, acuerdan con la suposición, que el morirá como el bruto. Nadie se imagina que el buey o el asno es interesado con la cuestión de que si una inmortalidad lo espera, por lo cual es importante que se prepare; pero la idéa de un estado futuro ha tenido un lugar en el pensamiento humano en todas las edades, y debajo de todas formas de religión. La abeja y la hormíga proveen para el invierno próximo; y el invierno, por el cual sus instintos los lleva á preparar, viene sobre ellas. Si la vida futura, por la cual los hombres generalmente esperan, por la cual sus pensamientos son tan adaptados de esperar, y por la cual muchos han laborado para prepararse, con un cuidado incesante, nunca sería realizado, el caso violaría toda analogía, y sería discordante con la harmonía de la naturaleza universal.
La mente humana es adaptada para el progreso continuo en el conocomiento; y por lo tanto, para un estado de inmortalidad. Esta adaptación incluye un deseo insaciable para el conocimiento, y una habilidad para adquirirla. El pequeño polluelo despuésde no muchas horas que ha dejado la cáscara en la cual comenzó su existencia feble, puede seleccionár su comida, vaguear en busca de ella, y regresar á las alas de la gallina para protección. El hombre es nacido en este mundo, el más desvalido de los animales. Semanas tediosas pasan antes que el desarollamiento de sus poderes intelectuales empiezan a manifestarse. El progreso es despacio, y muchos meses pasan de un adelantamiento gradual, antes que sean igual en la habilidad para la preservación de si mismo a muchas otras criaturas que han vivido unas cuantas horas. No obstante, estos animales paran en un punto del cual, se puede decir, no pueden caminar más allá. Las aves de la edad presente hacen sus nidos así como los edificaban cinco mil años pasados; y los arreglos sociales admirables hallados entre las abejas y las hormígas no habído ningun mejoramiento. Pero ningun punto, ninguna línea, encierra el progreso de la mente humana. Aunque ahora somos familiares con los grandiosos progresos en los artes y la ciencia, las contemplamos con admiración y asombro; y sentimos que una carrera sin medidas es abierta ante el intelecto del hombre, invitando a los esfuerzos que él mismo internamente se halla impulsado hacer. Pero, en tanto que cada individuo de la raza es interesado, los campos vastos del conocimiento se abren delante de él en vano, su poder para explorarlos existen en vano, y el deseo para explorarlos arden en vano dentro de us pecho, si la vida presente, la cúal vola como la lanzadera del tejedor, es la única oportunidad concedida, y si todos sus aspiraciones y esperanzas son para siempre enterrados en el sepúlcro.
Las facultades morales con la cuales el hombre es dotado, lo adaptan a un estado de sujeción a un gobierno moral. Nuestras mentes son tan constituídas, que somos capazes en percibir una cualidad moral en las acciones, y de aprobarlos o de desaprobarlos. Un conocimiento interior de haber hecho lo que es recto, nos concede uno de los más altos de los placeres; y la angustia de remordimiento por los malos hechos, es tan intolerable como cualquier padecimiento del cual el corázon humana es susceptible. Nuestra conciencia ejerce un gobierno moral dentro de nosotros, y nos recompensa o castiga por acciones según su carácter moral. Mucha de nuestra felicidad depende en la aprobación de aquellos con quienes asociamos. En consecuencia de esto, hallamos un gobierno moral exterior, tan bien como interior; y en cada punto, sentimos sus frenos en nuestras relaciones a los seres inteligentes. ¿Dónde están los límites de este gobierno moral? Han de ser tan extensivos como nuestras relaciones a seres morales, y tan permanente como nuestra existencia.
Que los hombres son inmortales y debajo de un gobierno moral, por el cual el estado futuro de ellos será feliz o miserable, según la conducta suya en al vida presente, son verdades fundamentales de la religión. El hombre es un animal religioso; porque una persuasión de su inmortalidad y una retribución futura tan pronto halla un lugar en su mente. Nadie se imagina que tales pensamientos han sido entretenidos por un momento por cualquier de los animales brutos inumerables que han pisoteado la tierra. Pero en la raza humana, tales pensamientos han sido prevalentes en todas la naciones y edades; se han incorporado en las meditaciones de los doctos y no doctos, en los sabios y no sabios; y han mezclado enteramente la religión en la historia de la humanidad.
Las consideraciones que han sido presentadas, establecen la reclamación de la verdad religiosa a nuestro respecto más alto y la investigación más diligente. Aquel que no hace caso a esta reclamación se conduce contrario a su propia naturaleza, y se degrada así mismo al nivel de la bestia que perece. Que los hombres si se degradan así mismo, es un hecho que las opiniones correctas de la verdad religiosa no pueden descuidar: "El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor: Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento" (Isaías 1:3). Es una gloria particular e excelencia de la revelación cristiana, que es adaptada a esta condición caída de la humanidad; y que tiene poder para efectuar una restauración. Es una medicina para el enfermo, como tan bien una comida para el sano. Un apetíto sano clama por la comida; y la comida, cuando recibida, administra la nutrición necesitada; así que estre el estomago sano y la comida nutricia, la adaptación es recíproco. Pero en la enfermadad el estomago aborrece la comida, y rechaza la medicina que se necesita para efectuar una cura: con todo la adaptación de la medicina a la condición del enfermo todavá permanece. Así de la misma manera es con respecto al evangelio de Cristo. Aunque rechazado por los hombres, es "digno de ser recibida de todos" (1 Timoteo 1:15), porque es un remedio, adaptado precisamente á nuestro estado depravado. Miles de miles han experiancado su poder de restauración, y se unen en recomedar la eficacia suya á las multitudes quienes están desinclinados para hacer prueba de él.
En contemplando las verdades de la religión, las podemos ver en varios aspectos. Las podemos considerar como procediendo de Dios; como demostrado por pruebas abundantes; como harmonizando unas con otras; y como haciendo tendencia á la gloria de Dios. Es interesante e instructivo de verlas en contacto inmediato con el corazón humano, y, como el Espíritu Santo de Dios, moviendose sobre el caos original, trayendo orden de la confusión, e infusiendo luz y vida donde las tinieblas y la muerte reinaban previamente. En ejerciendo este poder creador nuevo, la divinidad de la verdad cristiana aparece; y la demostración de ella es de más satisfecho, porque es practical, y nivelado á la capacidad de todos.
Como seres religiosos, vamos a buscar para entender las verdades de la religión. Como seres inmortales, vamos a luchar para hacernos conocidos con la doctrina sobre la cual depende nuestra felicidad eterna. Y vamos a ser cuidadosos que meramente no la recibamos resfriamente en nuestros entendimientos, sino que su poder renovante sea siempre operativo en nuestros corazones.
(Continuar á Capítulo II - Las Fuentes Del Conocimiento)