Entre nuestra lección más
temprana, aprendimos que
existe la relación de la causa y del efecto, y que los
acontecimientos ocurren debido a esta relación en una orden
establecida de secuencia. Si no era la orden de la sucesión
establecida, o éramos ignorantes de ella, no pudiéramos
nosotros manegar las preocupaciones más comunes de la vida. Si
el alimento a veces alimenta, y envenena en veces, o si
éramos incapaces de aprender si la calidad nutritiva
pertenecía al pan, o al arsénico, no pudiéramos
regular el proceso de comer, tan necesario a la preservación de
la vida. Pero nuestro Creador nos ha hecho capaces de observar
las secuencias de la naturaleza, y de aprender la orden en la cual
ocurren, y la relación de la causa y del efecto, que las partes
de la sucesión sostienen el uno al otro. El estudio de
estas secuencias es el negocio de la filosofía; pero la
filosofía no se confina a la universidad, o al cuarto de la
lectura. Se encuentra en la caminada de cada hombre, y
en la experiencia diaria de la vida. El niño comienza a
aprenderlo en la cuna; y sin un cierto conocimiento de
él, los hombres no sabrían evitar la inundación,
las llamas, o el precipice.