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Nuestro primer
pensamiento fue dedicar un capítulo introductorio exponiendo los
principales errores que se han generado sobre este tema por parte de
distintos hombres y grupos, pero después de un mayor
reflexión decidimos que esto sería de poco o de
ningún provecho a la mayoría de nuestros lectores.
Mientras que hay tiempos, sin duda, en los cuales es el desagradable
deber de los siervos de Dios exponer lo que está pensado para
engañar y para dañar a Su pueblo, no obstante, como una
regla general, la manera más eficaz de eliminar las tinieblas es
dejar entrar la luz. Deseamos, entonces, escribir estos
artículos con el mismo espíritu del piadoso John Owen,
quien, en la introducción a su extenso tratado sobre este tema
dijo, "Debe darse más importancia a la continua guía de
la mente y la conciencia de un creyente, verdaderamente entrenado
acerca del fundamento de su paz y aceptación ante Dios, que a la
contradicción de una decena de agresivos opositores... Afirmar y
reivindicar la verdad en la instrucción y la edificación
de los que la aman en sinceridad, librar sus mentes de aquellas
dificultades sobre este caso particular, que algunos intentan arrojar
sobre todos los misterios del evangelio, dirigir las conciencias de
aquellos que quieren saber acerca de alcanzar la paz con Dios, y
establecer las mentes de los que creen, son las cosas a las que he
apuntado."
Hubo un tiempo, no hace
mucho, cuando la bendita verdad de la justificación era una de
las más conocidas doctrinas de la fe cristiana, cuando ella era
asiduamente explicada por los predicadores, y cuando el conjunto de los
asistentes de las iglesias estaba familiarizado con sus aspectos
principales. Pero ahora, ¡ay!, ha surgido una generación
que es casi totalmente ignorante de este precioso tema, porque con muy
raras excepciones ya no se le da más un lugar en el
púlpito, y apenas se escribe algo sobre éste en las
revistas religiosas de nuestro día; y, en consecuencia,
comparativamente, pocos entienden lo que el término en sí
implica, menos aún se tiene en claro sobre que base Dios
justifica al impío. Esto pone al escritor en una considerable
desventaja, porque mientras él desea evitar un tratamiento
superficial de un asunto tan vital, incluso profundizar en éste,
y entrar en los detalles, hará una importante
contribución por causa de la mentalidad y paciencia de la
persona promedio. No obstante, respetuosamente instamos a cada
cristiano a hacer un esfuerzo real para ceñir los lomos de su
entendimiento [(1 Pedro 1:13) es una figura tomada de la forma de
vestirse de los israelitas durante la pascua, con la ropa larga
exterior atada al cinturón como listos para partir es decir que
significa estar dispuesto y atento] y buscar en oración dominar
estos capítulos.
Lo que hará
más difícil para seguirnos a través de estas
series es el hecho de que estamos tratando el lado doctrinal de
la verdad, antes que el práctico; el judicial, antes que el
experimental. No que la doctrina sea algo impracticable; de
ningún modo; lejos, lejos de ello. "Toda Escritura es inspirada
divinamente y útil (primero) para enseñar, (y
luego) para redargüir [o reprender], para corregir, para instituir
en justicia" (2 Tim. 3:16). La instrucción doctrinal fue siempre
la base desde la cual los apóstoles promulgaron los preceptos
para regular el modo de andar. No puede encontrarse exhortación
alguna hasta el capítulo 6 de la Epístola a los Romanos:
los primeros cinco están dedicados enteramente a la
exposición doctrinal. Así también en la
Epístola a los Efesios: recién en 4:1 es dada la primer
exhortación. Primero los santos son recordados de las abundantes
riquezas de la gracia de Dios, para que el amor de Cristo pueda
impulsarles, y luego son urgidos a andar como es digno de la
vocación con que fueron llamados. Aunque es verdad que se
requiere un esfuerzo mental real (así como un corazón
piadoso) para poder captar inteligentemente algunas de las más
sutiles distinciones que son esenciales para una apropiada
comprensión de esta doctrina, sin embargo, debe señalarse
que la verdad de la justificación está lejos de ser una
mera pieza de especulación abstracta. No, ella es una
enunciación de un hecho divinamente revelado; ella es una
enunciación de un hecho en el cual cada miembro de nuestra raza
humana debería estar profundamente interesado. Cada uno de
nosotros ha perdido el favor de Dios, y cada uno de nosotros necesita
recuperar Su favor. Si no lo recuperamos, entonces las consecuencias
deben ser nuestra absoluta ruina y la irremediable perdición.
Como seres caídos, como rebeldes culpables, como pecadores
perdidos, somos restaurados en el favor de Dios, y se nos da
una posición delante de Él inestimablemente superior a la
que ocupan los santos ángeles, (Dios mediante) nuestra
atención será atraída a medida que prosigamos con
nuestro tema.
Como dijo Abram Booth en
su espléndido trabajo "El reino de la gracia" (escrito en 1768),
"Lejos de ser un punto solamente teórico, éste propaga su
influencia a través del conjunto entero de la teología,
fluye a través de toda la experiencia cristiana, y opera en cada
parte de santidad práctica. Tal es su gran importancia, que un
error acerca de éste tiene una eficacia maligna, y es
acompañado con una serie de peligrosas consecuencias. Ni puede
esto parecer extraño, cuando se considera que esta doctrina de
la justificación no es otra que la manera para que un
pecador sea aceptado por Dios. Siendo de tan especial importancia,
ella está inseparablemente conectada con muchas otras verdades
evangélicas, de las cuales no podremos contemplar la
armonía y belleza, mientras ésta sea mal comprendida.
Hasta que esta doctrina aparezca en su gloria, esas verdades
estarán en la oscuridad. Ésta es, si así pudiera
ser llamada, un artículo fundamental; y ciertamente
requiere nuestra más seria consideración" (de su
capítulo sobre "La justificación"). La gran importancia
de la doctrina de la justificación fue sublimemente expresada
por el puritano holandés, Witsius, cuando dijo, "Ella ayuda
mucho a revelar la gloria de Dios, cuyas más destacadas
perfecciones resplandecen con un brillo sobresaliente con esta
doctrina. Ésta manifiesta la infinita bondad de Dios,
por la cual Él estuvo predispuesto a proveer la salvación
gratuitamente para el perdido y miserable hombre, 'para alabanza de la
gloria de Su gracia' (Ef. 1:6). Ésta muestra también la
más estricta justicia, por la cual Él no
pasaría por alto ni la más pequeña ofensa, excepto
con la condición del compromiso adecuado, o la plena
satisfacción [la reparación o el pago] del Mediador,
'para que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe
de Jesús' (Rom. 3:26). Esta doctrina muestra además la
inescrutable sabiduría de la divinidad, la cual
descubrió una manera para ejercer el más benevolente acto
de misericordia, sin mella a Su más absoluta justicia y a Su
verdad infalible, que amenazaban de muerte al pecador: la justicia
demandaba que el alma que pecaba debía morir (Rom. 1:32). La
verdad ha pronunciado las maldiciones por no obedecer al Señor
(Deut. 28:15-68). La bondad, al mismo tiempo, fue inclinada a decretar
la vida a algunos pecadores, pero de ninguna otra forma que la que era
propia de la majestad del Dios más santo. Aquí la
sabiduría interviene, diciendo, 'Yo, yo soy el que borro tus
rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus
pecados' (Isa. 43:25). Ni la justicia de Dios ni Su verdad
tendrán alguna causa de reclamo porque la paga completa
será hecha para usted por un mediador. Por lo tanto la
increíble benevolencia del señor Jesús
resplandece, quien, aunque Señor de todo, estuvo sujeto a la
ley, no para la obediencia de ella solamente, sino también para
la maldición: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo
hizo pecado, para que fuésemos hechos justicia de Dios en
Él." (2 Cor. 5:21).
¿No debería
el alma piadosa, que está profundamente comprometida en la
ferviente meditación de estas cosas, encenderse en las alabanzas
a un Dios que justifica, y cantar con la iglesia?: "¿Qué
Dios como tú, que perdonas la maldad, y olvidas el pecado?"
(Miqueas 7:18). ¡Oh la pureza de esa santidad que prefiere
castigar los pecados del escogido en Su Hijo unigénito, antes
que soportar dejarlos impunes! ¡Oh la profundidad de Su amor para
con el mundo, para el cual Él no escatimó a Su
entrañable Hijo, a fin de rescatar a pecadores! ¡Oh la
profundidad de las riquezas de insondable sabiduría, por la cual
Él provee su misericordia hacia el culpable arrepentido, sin
mancha alguna al honor del Juez más imparcial! ¡Oh los
tesoros de amor en Cristo, por el cual Él se hizo
maldición por nosotros, a fin de librarnos de ésta! Cuan
propio del alma justificada, que está presta a fusionarse en el
sentimiento de este amor, con pleno júbilo es cantar un
cántico nuevo, un cántico de mutuo retorno de amor al
Dios que justifica.
Tan importante
consideraba el apóstol Pablo a esta doctrina, bajo la
guía del Espíritu Santo, que la más sobresalientes
de sus epístolas en el Nuevo Testamento está dedicada a
una completa exposición de ella. El eje sobre el que gira todo
el contenido de la Epístola a los Romanos es aquella notable
expresión: "la justicia de Dios" –comparada a la cual no
hay
nada de mayor importancia que pueda ser encontrado en todas las
páginas de las Sagradas Escrituras, y es necesario que cada
cristiano haga el máximo esfuerzo para entenderla claramente.
Ésta es una expresión abstracta [un concepto o idea] que
significa la satisfacción [o el pago] de Cristo en su
relación a la Ley Divina. Es un nombre descriptivo para la causa
sustancial de la aceptación del pecador delante de Dios. "La
justicia de Dios" es una frase referida al trabajo terminado del
Mediador como aprobado por el tribunal divino, siendo la causa
meritoria de nuestra aceptación delante del trono del
Altísimo.
En los siguientes
capítulos (Dios mediante) examinaremos en más detalle
esta vital expresión "la justicia de Dios," que da a entender
esa perfecta compensación que el Redentor ofreció a la
justicia divina en beneficio y en lugar de aquel pueblo que le ha sido
dado. Por ahora, sea suficiente decir que esa "justicia" por la cual el
pecador creyente es justificado es llamada "la justicia de Dios"
(Rom. 1:17; 3:21) porque Él es el encargado, aprobador, y dador
de ella. Ella es llamada "la justicia de nuestro Dios y Salvador
Jesucristo" (2 Pedro 1:1) porque Él la consumó y
presentó delante de Dios. Ella es llamada "la justicia de la
fe" (Rom. 4:13) porque la fe es la que la aprehende y la que la
recibe. Ella es llamada "justicia del hombre" (Job 33:26)
porque ella fue pagada para él e imputada [o atribuida] a
él. Todas estas variadas expresiones se refieren a muchos
aspectos de aquella perfecta obediencia hasta la muerte que el Salvador
efectuó en favor de Su pueblo. Sí, el apóstol
Pablo, bajo la guía del Espíritu Santo, estimaba a esta
doctrina como algo tan vital, que él presenta extensamente como
la negación y tergiversación de ella por parte de los
judíos fue la causa principal por la cual ellos fueron
desaprobados por Dios: ver los versículos finales de Romanos 9 y
el comienzo del capítulo 10. De nuevo, a lo largo de toda la
Epístola a los Gálatas, encontramos al apóstol
empeñado en la más vigorosa defensa y contendiendo con
gran celo con aquellos que habían atacado esta verdad
básica. Allí él habla de la enseñanza
opuesta como destructiva y mortífera para las almas de los
hombres, como una agresión a la cruz de Cristo [es decir su
sacrificio], y llama a esa enseñanza otro evangelio, declarando
solemnemente "aún si nosotros o un ángel del cielo os
anunciare otro evangelio... sea anatema [maldito] (Gál. 1:8).
Que pena, que bajo la amplia libertad y bajo la falsa "caridad" de
nuestros tiempos, hay ahora tan poco santo aborrecimiento de esa
prédica que rechaza la obediencia substituta de Cristo que es
imputada [o atribuida] al que cree.
Mediante Dios, la
predicación de esta gran verdad causó el mayor
avivamiento que la causa de Cristo ha gozado desde los días de
los apóstoles. "Ésta fue la grandiosa, fundamental y
distintiva doctrina de la Reforma, y fue estimada por todos los
reformadores como de primaria y suprema importancia. La principal
acusación que ellos sostenían en contra de la Iglesia de
Roma fue que ella había corrompido y pervertido la doctrina de
las Escrituras sobre esta cuestión en una forma que era
peligroso para las almas de los hombres; y fue principalmente por la
exposición, el estricto apego, y la aplicación de la
verdadera doctrina de la palabra de Dios respecto a esto, que ellos
atacaron y trastornaron las principales doctrinas y prácticas
del sistema papal. No hay asunto que posea una importancia más
intrínseca que el que se relaciona con éste, y no hay
otro con respecto al cual los reformadores estuvieron más
completamente de acuerdo en sus convicciones" (W. Cunningham). Esta
bendita doctrina provee el gran tónico divino para reanimar a
uno cuya alma está abatida y cuya conciencia está
intranquila por un profundo sentimiento de pecado y culpa, y desea
conocer el camino y los medios por los cuales podría obtener la
aceptación para con Dios y el derecho a la herencia celestial.
Para uno que está profundamente convencido de que ha sido toda
su vida un rebelde contra Dios, un constante transgresor de Su Santa
Ley, y que comprende que está con justicia bajo la
condenación e ira de Dios, ninguna búsqueda puede ser de
tan profundo interés y apremiante importancia como aquella que
se relaciona con los medios para recuperar el favor divino, el
perdón de sus pecados, y el hacerle apto para permanecer
confiado en la presencia divina: hasta que este punto vital haya sido
aclarado para saciar su corazón, toda otra información
religiosa será totalmente inútil. "Las demostraciones de
la existencia de Dios sólo servirán para confirmar y
grabar más profundamente sobre su mente la terrible verdad que
él ya cree, que hay un Juez justo, delante del cual debe
comparecer, y por cuya sentencia será establecida su condena
final. Explicarle la ley moral, e inculcarle las obligaciones a
obedecer, obrará como un acusador público, cuando
éste cita las leyes de la región a fin de mostrar que los
cargos que ha traído contra el criminal en la corte están
bien establecidos, y, en consecuencia, que él es digno de
castigo. Cuanto más fuertes son los argumentos por los cuales
usted hace evidente la inmortalidad del alma, más claramente
prueba que su castigo no será temporario, y que hay otro estado
de existencia, en el cual él será totalmente recompensado
de acuerdo a su merecimiento" (J. Dick).
Cuando Dios mismo llega a
ser una realidad viviente al alma, cuando Su majestuosidad temible, Su
santidad inefable, Su justicia inflexible, y Su autoridad soberana, son
realmente percibidas, aunque muy inadecuadamente, la indiferencia a Sus
demandas ahora da lugar a una seria preocupación. Cuando hay un
adecuado sentido de la magnitud de nuestra separación con Dios,
de la depravación de nuestra naturaleza, del poder y vileza del
pecado, de la espiritualidad y severidad de la ley, y de las eternas
llamas que esperan a los enemigos de Dios, las almas despertadas
gritan, "¿Con qué me presentaré ante
Jehová, y adoraré al Dios altísimo? ¿Me
presentaré con holocaustos, con becerros de un año?
¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de
diez mil arroyos de aceite? ¿Daré a mi primogénito
por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado
de mi alma?" (Miqueas 6:6, 7). Entonces la pobre alma exclama, "¿Cómo
pues se justificará el hombre con Dios? ¿Y cómo
será limpio el que nace de mujer?" (Job 25:4). Y es en la
bendita doctrina que está ahora por ser puesta ante nosotros en
donde se nos explica el método por el cual un pecador puede
obtener paz con su Hacedor y emerger a la posesión de la vida
eterna.
También; esta
doctrina es de inestimable valor para el cristiano con una conciencia
despierta quien cada día gime por sentir su intrínseca
corrupción y las innumerables fallas comparándose con el
estándar [o la norma de vida perfecta] que Dios a puesto ante
él. El Maligno, que es "el acusador de nuestros hermanos" (Apoc.
12:10), frecuentemente acusa con hipocresía al creyente ante
Dios, inquieta su conciencia, y pretende convencerle que su fe y su
piedad son nada más que una máscara y una apariencia para
el exterior, por las cuales él no solo engaña a otros,
sino también a sí mismo. Pero, gracias a Dios,
Satán puede ser vencido por "la sangre del Cordero" (Apoc.
12:11): mirando lejos del incurablemente corrupto yo, y contemplando al
Fiador [así se lo llama a Jesús en Hebreos 7:22, el
fiador es el que se compromete a responder por las deudas que otro no
puede pagar, es sinónimo de garante], que ha respondido
plenamente por cada falla del cristiano, ha expiado [pagado]
perfectamente por cada pecado de éste, y le ha proporcionado una
"justicia eterna" (Dan. 9:24), que fue puesta en su cuenta en la
elevada corte celestial. Y de este modo, aunque gimiendo por sus
flaquezas, el creyente puede poseer una confianza victoriosa que lo
eleva sobre todo temor.
Esto fue lo que trajo paz y regocijo al
corazón del
apóstol Pablo: porque mientras que en un instante
exclamó, "¡Miserable hombre de mí!
¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?"
(Rom. 7:24), a continuación declaró, "Ahora pues, ninguna
condenación hay para los que están en Cristo
Jesús" (Rom. 8:1). A lo cual añadió,
"¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es
el que justifica. ¿Quién es el que condenará?
Cristo es el que murió; más aún, el que
también resucitó, quien además está a la
diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
¿Quién nos apartará del amor de Cristo? (vers.
33-35). Pueda el Dios de toda gracia dirigir nuestra pluma y bendecir
lo que escribimos para los lectores, que no pocos de los que
están ahora en las sombrías prisiones del Castillo de la
Duda, puedan ser conducidos dentro de la gloriosa luz y libertad de la
plena certeza de fe.
Ser librados de la
sentencia de condenación de la Ley Divina es la bendición
fundamental de la salvación de Dios: mientras continuamos bajo
la maldición, no podemos ser ni santos ni felices. Pero en
cuanto a la naturaleza precisa de esta liberación, en que
exactamente consiste, sobre que fundamento es obtenida, y por que
medios es asegurada, existe en la actualidad mucha confusión. La
mayoría de los errores que se han generalizado sobre este tema
surgieron de la falta de una clara observación del asunto en
sí mismo, y hasta que entendamos verdaderamente lo que la
justificación es, no estamos en posición ni de afirmar ni
de negar algo con respecto a ella. Por ello estimamos necesario dedicar
un capítulo entero a una cuidadosa definición y
explicación de esta palabra "justificación",
esforzándonos en mostrar lo que ella significa, y lo que ella no
significa.
Entre los protestantes y
los romanistas hay una amplia diferencia de opinión acerca del
significado del término "justificar": ellos afirman que
justificar es hacer intrínsecamente justo y santo,
nosotros insistimos en que justificar significa solamente pronunciar
formalmente o declarar legalmente justo. El papismo incluye con
la justificación la renovación de la naturaleza moral del
hombre o la liberación de la corrupción, así
confunden la justificación con la regeneración y la
santificación. Contrariamente, todos los protestantes
representativos han mostrado que la justificación no se refiere
a un cambio de tipo moral, sino a un cambio de estado legal; aunque
reconociendo, ciertamente, declarando con firmeza, que un cambio
radical de carácter invariablemente acompaña a la
justificación. Es un cambio legal desde un estado de
culpabilidad y condenación a un estado de perdón y
aceptación; y este cambio es debido exclusivamente a un acto
gracioso [es decir de la gracia] de Dios, basado sobre la justicia de
Cristo siendo imputada a Su pueblo (no teniendo ellos ninguna
propia).
"Nosotros explicamos a la
justificación simplemente como una aceptación por la cual
Dios nos recibe en Su favor y nos estima como personas justas; y
decimos que ella consiste en la remisión [o perdón] de
los pecados y la imputación de la justicia de Cristo... La
justificación, por lo tanto, no es otra cosa que una
absolución de culpabilidad de aquel que fue acusado, como si su
inocencia hubiese sido probada. Ya que Dios, por lo tanto, nos
justifica por la mediación de Cristo, Él nos exculpa, no
por un reconocimiento de nuestra inocencia personal, sino por una
imputación de justicia; de manera que, quienes somos injustos en
nosotros mismos, somos considerados como justos en Cristo" (Juan
Calvino, 1559).
"Qué es la
justificación? Respuesta: la justificación es un acto de
Dios de libre gracia hacia los pecadores, en el cual Él perdona
todos sus pecados, acepta y considera justa a sus personas delante de
Sus ojos; no por alguna cosa producida en ellos, o hecha por ellos,
sino solamente por la perfecta obediencia y la completa
satisfacción [el pago o la reparación] de Cristo,
imputadas por Dios a ellos, y recibidas por la fe sola" (Catecismo de
Westminster, 1643).
"Así definimos la justificación de un
pecador
conforme al Evangelio: Es un judicial, pero gracioso acto de Dios, por
el cual el pecador escogido y creyente es absuelto de la culpa de sus
pecados, y adquiere un derecho a la vida eterna concedido a él,
a causa de la obediencia de Cristo, recibida por fe" (H. Witsius, 1693).
"Se dice que una persona es justificada cuando ella
es
considerada por Dios como libre de la culpa del pecado y su merecido
castigo; y como teniendo aquella justicia perteneciéndole eso le
da derecho a la recompensa de la vida" (Jonathan Edwards, 1750).
La justificación,
entonces, no se refiere a algún cambio subjetivo producido en la
actitud de una persona, sino que es exclusivamente un cambio objetivo
en su posición en relación a la ley. Que la
justificación es imposible que pueda significar hacer a
una persona justa o buena intrínsecamente [por lo que es por
sí misma] es más claramente visto a partir del uso del
término en sí en la Escritura. Por ejemplo, en Proverbios
17:15 leemos, "El que justifica al impío, y el que condena al
justo, ambos son igualmente abominación a Jehová": ahora
bien obviamente quien cambia a un "impío" haciéndolo
una persona justa está lejos de ser una "abominación a
Jehová," pero el que a sabiendas dice que una persona
impía es justa es aborrecible a Él.
También; en Lucas
7:29 leemos, "Y todo el pueblo oyéndole, y los publicanos,
justificaron a Dios": cuan imposible es hacer que las palabras
"justificaron a Dios" signifique alguna transformación moral de
Su carácter; pero aquellas palabras deben ser entendidas como
que ellos declararon que Él es justo, y toda
ambigüedad es quitada. Una vez más, en 1 Timoteo 3:16 se
nos dice que el Hijo encarnado fue "justificado en (o "por") el
Espíritu": es decir, Él fue públicamente
reivindicado en Su resurrección, declarado inocente ante las
denuncias blasfemas con que los judíos le acusaron.
La justificación
trata solamente del aspecto legal de la salvación. Es un
término judicial, una palabra de los tribunales de justicia. Es
la sentencia de un juez sobre una persona que ha sido traída
delante de él para ser juzgada. Es aquel acto de la gracia de
Dios como Juez, en la elevada corte del cielo, por el cual Él
dictamina que un pecador escogido y creyente es libertado de la
penalidad de la ley, y totalmente restaurado al favor divino. Es la
declaración de Dios de que la parte acusada está
totalmente de acuerdo a la ley; la justicia lo exculpa porque la
justicia ha sido satisfecha. Así, la justificación es
aquel cambio de estado por el cual uno, que siendo culpable delante de
Dios, y por lo tanto bajo la sentencia condenatoria de Su Ley, y
merecedor de nada excepto de un eterno apartamiento de Su presencia, es
recibido en su favor y se le da un derecho a todas las bendiciones que
Cristo ha adquirido para Su pueblo, por Su perfecta satisfacción
[reparación o pago].
En demostración de
la definición dada, el significado del término
"justificar" puede ser determinado, primero, por su uso en las
Escrituras. "Entonces dijo Judá: ¿Qué diremos
a mi señor? ¿qué hablaremos? ¿o con
qué nos justificaremos? " (esta palabra hebrea "tsadag" siempre
significa "justificar") (Gén. 44:16). Aquí tenemos un
asunto que era enteramente judicial. Judá y sus hermanos
fueron llevados para comparecer delante del gobernador de Egipto, y
estaban preocupados sobre como podrían obtener una sentencia
en su favor. "Si hubiere pleito entre algunos, y acudieren al
tribunal para que los jueces los juzguen; éstos
absolverán [o justificarán] al justo y condenarán
al culpable" (Deut. 25:1). Aquí nuevamente vemos claramente que
el término es de tipo legal, usado en conexión con los
procedimientos de los tribunales legales, implicando un proceso de
investigación y juicio. Dios puso aquí una regla para
regir a los jueces en Israel: ellos no debían "justificar" o
dictar una sentencia en favor del culpable: comparar 1 Reyes 8:31, 32.
"Si yo me justificare, me
condenará mi boca; si me dijere perfecto, esto me hará
inicuo" (Job 9:20): la primer parte de esta frase es explicada en la
segunda –"justificar" allí no puede significar hacer
santo, sino
pronunciar una sentencia en mi propio favor. "Entonces Eliú...
se enojó con furor contra Job... por cuanto justificaba su vida
más que a Dios" (Job 32:2), lo que obviamente significa, por
cuanto él se declaraba sin culpa a sí mismo más
que a Dios. "Porque seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por
puro en tu juicio" (Sal 51:4), lo que significa que Dios actuando en Su
función judicial, podría ser declarado justo en dictar
sentencia. "Mas la sabiduría es justificada por sus hijos" (Mat.
11:19), lo que significa que los que son realmente regenerados por Dios
han considerado la sabiduría de Dios (que los escribas y
fariseos consideraban necedad) ser, como realmente es, perfecta
sabiduría: ellos le quitaron la calumnia de ser locura.
2. La fuerza precisa del
término "justificar" puede ser determinada notando que
éste es la antítesis de "condenar." Ahora bien,
condenar no es un proceso por el cual un buen hombre es hecho malo,
sino que es la sentencia de un juez sobre uno porque es un
transgresor de la ley. "El que justifica al impío, y el que
condena al justo, ambos son igualmente abominación a
Jehová" (Prov. 17:15 y ver también Deut. 25:1). "Porque
por tus palabras serás justificado, y por tus palabras
serás condenado" (Mat. 12:37). "Dios es el que justifica.
¿Quién es el que condenará?" (Rom. 8:33, 34).
Ahora es innegable que la "condenación" es el dictado de una
sentencia contra una persona para la cual la pena establecida por la
ley le es asignada y es preparada para ser aplicada sobre ella; por
consiguiente la justificación es el dictado de una sentencia
en favor de una persona, por la cual la recompensa establecida
por la ley es preparada para serle otorgada.
3. Que la
justificación no es un cambio experimental desde la
pecaminosidad a la santidad, sino un cambio judicial desde la
culpabilidad a la no condenación puede ser evidenciado por los
términos equivalentes utilizados. Por ejemplo, en Romanos
4:6 leemos, "Como también David dice ser bienaventurado el
hombre al cual Dios atribuye justicia sin obras": así que la
"justicia" legal no es una conducta implantada en el corazón,
sino un regalo cedido a nuestra cuenta. En Romanos 5:9, 10 ser
"justificados por la sangre de Cristo" es lo mismo que ser
"reconciliados por Su muerte," y la reconciliación no es una
transformación de carácter, sino el obtener la paz por la
remoción de todo lo que causa ofensa.
4. A partir del hecho de
que el aspecto judicial de nuestra salvación es propuesto en las
Escrituras bajo las figuras de un juicio en un tribunal de justicia
y una sentencia. "(1) Se supone un juicio, sobre el cual el
salmista implora que este no se desarrolle de acuerdo con la ley: Salmo
143:2. (2) El Juez es Dios mismo: Isaías 50:7, 8. (3) El
tribunal donde Dios está sentado para el juicio es el trono de
la gracia: Hebreos 4:16. (4) Una persona culpable. Ella es el pecador,
quien es tan culpable de pecado como para ser abominable ante el juicio
de Dios: Romanos 3:18. (5) Los acusadores están listos para
plantear e impulsar las acusaciones contra la persona culpable;
éstos son la ley (Juan 5:45), la conciencia (Rom. 2:15), y
Satanás: Zacarías 3:2, Apocalipsis 12:10. (6) La
acusación es admitida y redactada en un 'acta' en forma de ley,
y es puesta para el veredicto del infractor delante del tribunal del
Juez, en la baranda que está alrededor de Él: Colosenses
2:14. (7) Se prepara una defensa en el Evangelio en favor de la persona
culpable: esta es la gracia, a través de la sangre de Cristo, el
rescate pagado, la eterna justicia traída por el Fiador [o
Garante] del pacto: Romanos 3:23, 25, Daniel 9:24. (8) A Él solo
acude el pecador, renunciando a toda otra disculpa o defensa cualquiera
sean: Salmos 130:2, 3; Lucas 18:13. (9) Para hacer eficaz esta
súplica tenemos un abogado con el Padre, y Él presenta Su
propia propiciación [lo que nos hace propicios o aceptos ante
Dios] por nosotros: 1 Juan 2:1, 2. (10) La sentencia acerca de esto es
la absolución, a causa del sacrificio y la justicia de Cristo;
con la aceptación en el favor, como personas aprobadas por Dios:
Romanos 8:33, 34; 2 Corintios 5:21" (John Owen).
En base a lo que hemos
visto, podemos percibir lo que la justificación no es.
Primero, ella es distinta de la regeneración. "a los que
llamó, a éstos también justificó" (Rom.
8:30). Aunque conectados inseparablemente, el llamamiento eficaz o el
nuevo nacimiento y la justificación son bastante distintos [el
autor está presentando como iguales aquí a dos conceptos
distintos como son el llamamiento y la regeneración o el nuevo
nacimiento, el llamamiento es la obra de Dios por la cual procura
convencer al pecador para que se vuelva a Él (Mat. 20:16) y la
regeneración es el nuevo nacimiento, es la creación de
una nueva naturaleza por el Espíritu Santo que permanece en el
creyente como un sello que no puede removerse desde el día en
que él confió en Cristo como su Salvador hasta el
día de la redención final (Efesios 1:13, 4:30)]. La una
nunca está separada de la otra, aunque ellas no deben ser
confundidas. En el orden natural la regeneración precede a la
justificación [el llamamiento precede a la justificación
pero ésta normalmente es simultánea con la
regeneración y se concretan de una vez y para siempre cuando la
persona en un punto de su vida creyó en Cristo como su Salvador
y queda perfectamente asegurada su vida eterna (Romanos 5:1 y Efesios
1:13) y en algunos casos especiales en los que Dios quiso evidenciar
que la salvación provenía de los judíos y de la
enseñanza de los apóstoles, la regeneración fue
posterior a la justificación (Hechos 8:17, 19:6)], aunque no es
de ninguna manera la causa o el fundamento de ella: nadie es
justificado hasta que cree, y nadie cree hasta que es convencido [por
el Espíritu Santo (Juan 16:8)]. La regeneración es el
acto del Padre (Santiago 1:18), la justificación es la sentencia
del Juez. Una me da un lugar en la familia de Dios, la otra me asegura
una posición delante de Su trono. Una es interior, siendo el
impartir de la vida divina a mi alma: la otra es exterior, siendo la
imputación de la obediencia de Cristo a mi cuenta. Por una yo
soy llevado de regreso arrepentido a la casa del Padre, por la otra se
me da la "mejor vestidura" que me prepara para Su presencia [(Lucas 15:
18-22, Gálatas 3:27)].
Segundo, ella difiere
de la santificación. La santificación es moral o
experimental, la justificación es legal o judicial. La
santificación resulta de la operación del Espíritu
en mí, la justificación está basada en lo
que Cristo ha hecho por mí. Una es gradual y progresiva,
la otra es instantánea e inmutable. Una admite grados, y nunca
es perfecta en esta vida; la otra es completa y no admite
adición. Una tiene que ver con mi estado, la otra tiene
que ver con mi posición delante de Dios. La
santificación produce una transformación del carácter,
la justificación es un cambio de status [estado] legal:
es un cambio desde la culpa y condenación al perdón y
aceptación, y esto solamente por un acto de gracia de parte de
Dios, fundado sobre la imputación de la justicia de Cristo, por
medio del instrumento de la fe solamente. Aunque la
justificación está totalmente diferenciada de la
santificación, sin embargo la santificación siempre la acompaña.
Tercero, ella difiere del perdón. En
algunas
cosas concuerdan. Solamente Dios puede perdonar pecados (Marcos 2:7) y
sólo Él puede justificar (Romanos 3:30). Su libre gracia
es la única causa impulsora en uno (Efesios 1:7) y de la otra
(Romanos 3:24). La sangre de Cristo es la causa que adquiere ambos por
igual: Mateo 26:28, Romanos 5:9. Los objetos son los mismos: las
personas que son perdonadas son justificadas, y las mismas que son
justificadas son perdonadas; a quienes Dios imputa la justicia de
Cristo para su justificación Él les da la remisión
[o el perdón] de pecados; y a quienes Él no inculpa de
pecado, sino que les perdona, a ellos les atribuye justicia sin obras
(Romanos 4:6-8). Ambos son recibidos por fe (Hechos 26:18, Romanos
5:1). Pero aunque concuerdan en estas cosas, en otras se diferencian.
De Dios se dice ser
"justificado" (Rom. 3:4), pero sería blasfemo hablar de Él
como siendo "perdonado" –esto muestra inmediatamente que las dos
cosas
son diferentes. Un criminal podría ser perdonado, pero solamente
una persona justa puede ser realmente justificada. El perdón
trata solamente con los actos de un hombre, la justificación con
el hombre en sí. El perdón considera a los pedidos de
clemencia, la justificación a los de justicia. El perdón
solamente libra de la maldición causada por el pecado; la
justificación además de eso otorga un derecho al cielo.
La justificación se aplica al creyente con respecto a las
demandas de la ley, el perdón con respecto al Autor de la ley.
La ley no perdona, ya que ella no admite aflojamiento; sino que Dios
perdona las transgresiones de la ley en Su pueblo proveyendo una
satisfacción [el pago o la reparación] a la ley adecuada
a sus transgresiones. La sangre de Cristo fue suficiente para
proporcionar el perdón (Efesios 1:7), pero Su justicia es
necesaria para la justificación (Romanos 5:19). El perdón
quita las sucias prendas, pero la justificación provee un cambio
de vestimentas (Zacarías 3:4). El perdón libera de la
muerte (2 Sam. 12:13), pero la justicia imputada es llamada
"justificación de vida" (Rom. 5:18). Uno ve al creyente como
completamente pecador, la otra como completamente justo. El
perdón es la remisión [o absolución] del castigo,
la justificación es la declaración de que no existe
fundamento para imponer castigo. El perdón puede ser repetido
hasta setenta veces siete, la justificación es de una vez para
siempre.
De lo que se ha dicho en
el último párrafo, podemos ver que es un serio error
limitar la justificación al mero perdón de pecados.
Así como la "condenación" no es la ejecución del
castigo, sino mas bien la declaración formal de que el acusado
es culpable y digno de castigo; así la "justificación" no
es meramente la remisión [o absolución] de castigo sino
el anuncio judicial de que el castigo no puede ser aplicado con
justicia –siendo el acusado plenamente conformado a todos los
requerimientos positivos de la ley como resultado de la perfecta
obediencia de Cristo que ha sido legalmente puesta en su cuenta. La
justificación de un creyente no es otra que su admisión a
la participación en la recompensa merecida por su Fiador
[Garante]. La justificación es nada más ni nada menos que
la justicia de Cristo siendo imputada a nosotros: la bendición
negativa que de allí emana es la no inculpación de
pecados; la positiva, un derecho a la herencia celestial.
Bellamente se ha
señalado que "No podemos separar de Emanuel Su propia excelencia
esencial. Podemos verle herido y dado como incienso molido para el
fuego, ¿pero fue alguna vez el incienso quemado sin fragancia, y
siendo solamente la fragancia el resultado? El nombre de Cristo no
solamente anula el pecado, este provee en el lugar de aquello que fue
anulado, su propia excelencia eterna. No podemos sólo tener su
poder nulificante; lo otro es el seguro acompañante. Así
era con cada sacrificio típico de la Ley. Éste era
herido: pero como siendo sin defecto era quemado sobre el altar para un
olor fragante. El olor ascendía como un memorial delante de
Dios: éste era aceptado por Él, y su valor era atribuido
o imputado a quien había traído la víctima
substituta. Si por lo tanto, rechazamos la imputación de
justicia, rechazamos al sacrificio como es revelado en las Escrituras;
ya que las Escrituras no conoce de sacrificio cuya eficacia sea tan
agotada en la eliminación de la culpa como para no dejar nada
que pueda ser presentado en aceptabilidad delante de Dios" (B.W.
Newton).
"¿Qué es
poner nuestra justicia en la obediencia de Cristo, sino sostener que
somos considerados justos solamente porque Su obediencia es aceptada
por nosotros como si fuera propia nuestra? Por lo cual Ambrosio me
parece que ha ejemplificado muy bellamente esta justicia en la
bendición de Jacob: así como él, que no
tenía por su propia cuenta derecho a los privilegios de la
primogenitura, estando disimulado con las costumbres de su hermano, y
vestido con sus ropas, que esparcieron un perfume muy excelente, lo
llevaron a obtener el favor de su padre, así él pudo
recibir la bendición para su propio provecho, bajo el
carácter de otro, de ese modo nos resguardamos nosotros bajo la
preciosa pureza de Cristo" (Juan Calvino).
Su
problema
En este capítulo y
en el siguiente nuestro objetivo será cuádruple. Primero
demostrar la imposibilidad para cualquier pecador de obtener la
aceptación y el favor con Dios sobre la base de su propio
desempeño. Segundo, mostrar que la salvación de un
pecador presentaba un problema que nada excepto la omnisciencia
podía resolver, que solamente la perfecta sabiduría de
Dios ha ideado un modo por el cual Él puede declarar justo a un
culpable transgresor de Su Ley sin poner en duda Su veracidad,
manchando Su santidad, o ignorando las demandas de la justicia;
¡sí!, de un modo tal que Sus perfecciones han sido
mostradas y exaltadas, y el Hijo de Su amor glorificado. Tercero,
señalar el fundamento único sobre el cual una conciencia
despertada puede encontrar una paz sólida y estable. Cuarto,
buscar dar a los hijos de Dios una más clara comprensión
de las extraordinarias riquezas de la gracia divina, para que sus
corazones puedan ser provocados a una ferviente alabanza al Autor de
una "salvación tan grande."
Pero permítaseme
señalar para comenzar que, cualquier lector que nunca se ha
visto a sí mismo bajo la luz pura de la santidad de Dios, y que
nunca ha sentido Su Palabra atravesándole hasta los mismos
tuétanos [(Heb. 4:12), hasta lo profundo de su ser], será
incapaz de entrar plenamente dentro de la fuerza de lo que vamos a
escribir. Sí, seguramente, el que es irregenerado es probable
que adopte una crítica decidida a mucho de lo que será
dicho, negando que exista alguna dificultad semejante en la
cuestión de un Dios misericordioso perdonando a una de Sus
criaturas pecadoras. O, si él no contradice hasta ese grado, muy
probablemente aún considerará que hemos exagerado
groseramente los varios elementos del caso que vamos a plantear, que
hemos descripto la condición del pecador en un tono mucho
más oscuro del que era razonable. Esto debe ser así,
porque él no tiene un compañerismo experimental con Dios,
ni es consciente de la terrible plaga de su propio corazón.
[Deseamos que el querido lector forme parte de los que humildemente
permiten que el Espíritu Santo le convenza, (si todavía
no lo ha sido), de estas grandes verdades que Dios nos da por
medio de Su Palabra].
El hombre natural no
puede soportar el pensamiento de ser profundamente examinado por Dios.
La última cosa que él desea es pasar bajo el ojo que todo
lo ve de su Hacedor y Juez, tanto que cada uno de sus pensamientos y
deseos, sus más secretas imaginaciones y motivaciones,
están expuestas delante de Él. Verdaderamente es la
más solemne experiencia cuando somos llevados a sentir con el
salmista, "Oh Jehová, tú me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme, has entendido desde
lejos mis pensamientos. Mi senda y mi acostarme has rodeado, y
estás impuesto en todos mis caminos. Pues aún no
está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh
Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me
guarneciste, y sobre mí pusiste tu mano" (Sal. 139:1-5).
Sí, querido
lector, verdaderamente la última cosa que el hombre natural
desea es ser examinado, hasta lo profundo por Dios, y tener su
carácter real expuesto a la vista. Pero cuando Dios se
empeña en hacer esta mismísima cosa –que Él
la
hará en la gracia en esta vida, o en el juicio en el Día
por venir– no hay escape para nosotros. Entonces podemos bien
exclamar,
"¿Adónde me iré de tu espíritu? ¿Y
adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos,
allí estás tú: Y si en abismo hiciere mi estrado,
he aquí allí tú estás. Si tomare las alas
del alba, y habitare en el extremo de la mar, aún allí me
guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere:
Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aún la noche
resplandecerá tocante a mí" (Sal. 139:7-11). Entonces
aseveraremos, "Aún las tinieblas no encubren de ti, y la
noche resplandece como el día: Lo mismo te son las tinieblas que
la luz." (v.12).
Entonces el alma es
despertada a una comprensión de quien es Aquél
con el que tiene que vérselas. Entonces es cuando él
ahora percibe algo de las altas demandas de Dios sobre él, los
justos requerimientos de Su Ley, las demandas de su santidad. Entonces
es que él entiende cuan completamente ha fallado en considerar
aquellas demandas, cuan horrendamente ha descuidado aquella ley, cuan
miserablemente falla en satisfacer aquellas demandas. Ahora percibe que
ha sido un "rebelde desde el vientre" (Isa. 48:8), así es que
lejos de haber vivido para glorificar a Su Hacedor, no hizo nada
más que seguir la corriente de este mundo y satisfacer los
deseos de la carne. Ahora cae en la cuenta de que "no hay en
él cosa ilesa" sino que, desde la planta del pie hasta la
cabeza, hay "herida, hinchazón y podrida llaga" (Isa. 1:6).
Ahora él es llevado a entender que todas sus justicias son como
"trapo de inmundicia" (Isa. 64:6).
"Es fácil para
cualquiera en los claustros de las escuelas entregarse a especulaciones
ociosas sobre el mérito de las obras para justificar a los
hombres; pero cuando él llega a la presencia de Dios, debe decir
adiós a estos pasatiempos porque allí el asunto es
llevado a cabo con seriedad, y no son practicadas ridículas
contiendas de palabras. En este punto, entonces, nuestra
atención debe ser dirigida, si deseamos hacer alguna
búsqueda provechosa relacionada con la verdadera justicia; a
como podemos responder al Juez celestial, cuando Él nos llame a
dar cuentas. Pongamos a aquel Juez delante de nuestros ojos, no de
acuerdo a las imaginaciones espontáneas de nuestras mentes, sino
de acuerdo a las descripciones que son dadas de Él en las
Escrituras; que lo representa como a uno cuyo resplandor oscurece a las
estrellas, cuyo poder derrite las montañas, cuya ira hace
temblar la tierra, cuya sabiduría atrapa a los astutos en su
propia astucia, cuya pureza hace parecer todas las cosas impuras, cuya
justicia incluso los ángeles son incapaces de soportar, quien no
perdona al culpable, cuya retribución, una vez encendida,
penetra aún los abismos del infierno" (Juan Calvino).
Ah, mi lector,
verdaderamente son tremendos los efectos producidos en el alma cuando
uno es realmente llevado delante de la presencia de Dios, y le es dada
una visión de Su imponente majestad. Mientras nos medimos por
nuestros semejantes, es fácil llegar a la conclusión de
que no hay mucho mal en nosotros; pero cuando nos acercamos al temible
tribunal de santidad inefable, nos formamos una estimación
totalmente diferente de nuestro carácter y conducta. Mientras
estamos ocupados con objetos terrenales nos podemos enorgullecer en la
fuerza de nuestra capacidad de visión, pero fijando la mirada en
el sol del mediodía y bajo su deslumbrante resplandor la
debilidad del ojo será inmediatamente evidenciada. De manera
semejante, mientras me comparo a mí mismo con otros pecadores
solo puedo formarme una incorrecta estima de mí, pero si calibro
mi vida con la plomada de la Ley de Dios, y hago así a la luz de
Su santidad, debo "aborrecerme, y arrepentirme en polvo y en ceniza"
(Job 42:6).
Pero el pecado no
solamente ha corrompido al ser del hombre, éste ha cambiado
su relación con Dios: éste lo ha hecho "ajeno" [de
Dios] (Ef. 4:18), y lo ha llevado bajo Su justa condenación. El
hombre ha quebrantado la Ley de Dios en pensamiento, palabra y
acción, no una vez, sino veces sin número. Él es
declarado por el tribunal divino como un infractor incorregible, un
rebelde culpable. Él está bajo la maldición de su
Hacedor. La ley demanda que su castigo sea infligido sobre él;
la justicia clama para ser reparada. El estado del pecador es
deplorable, entonces, hasta el último grado. Cuando esto es
dolorosamente sentido por la conciencia culpable, su agonizante
poseedor exclama, "¿Cómo pues se
justificará el hombre con Dios? ¿Y cómo
será limpio el que nace de mujer?" (Job 25:4).
¡Ciertamente, cómo! Déjenos ahora considerar los
diferentes elementos que intervienen en este problema.
1. Las demandas de la
Ley de Dios. "Cada cuestión
por lo tanto, con respecto a la justificación, necesariamente
nos lleva delante de los tribunales judiciales de Dios. Los principios
de aquellas cortes deben ser definidos solamente por Dios. Incluso a
los gobernantes terrenales les concedemos el derecho de establecer sus
propias leyes, y de fijar el modo de su ejecución.
¿Otorgaremos esta facultad al hombre, y se la negaremos al Dios
omnisciente y todopoderoso? Seguramente ninguna osadía puede ser
mayor a que la criatura asuma el derecho de juzgar al Creador, y
pretenda determinar cuales deberían, o no deberían ser,
los métodos de Su gobierno. Nuestro lugar debe ser el de
escuchar respetuosamente Su propia exposición de los principios
de Su propio tribunal, y humildemente agradecerle por Su bondad en
acceder a explicarnos cuales son aquellos principios. Como pecadores,
no podemos tener reclamos sobre Dios. Nosotros debemos reclamar
una revelación que nos dé a conocer Sus caminos.
"Los principios
judiciales del gobierno de Dios, están, como podría ser
esperado, basados sobre la absoluta perfección de Su propia
santidad. Esto fue completamente evidenciado en los mandamientos de la
ley como fue dada en el Sinaí tanto en los que prohiben algo
como en los que exigen algo. La ley prohibió no sólo las
malas acciones y los malos designios del corazón, sino que fue
aún más profundamente. Ella prohibió aún
los malos deseos y la malas inclinaciones, diciendo 'no
codiciarás' –es decir, tú no tendrás, ni
aún momentáneamente, un deseo o tendencia que sea
contrario a la perfección de Dios. Y por lo tanto, así
como en sus requerimientos positivos, ella demandó la perfecta,
incondicional y permanente rendición de alma y cuerpo, con todas
sus fuerzas, a Dios y a Su servicio. No sólo fue requerido, que
el amor a Él –amor perfecto e incesante–
debería morar
como un principio viviente en el corazón, sino que
también debería ser desarrollado en la acción, y
esto sin variaciones. Además fue requerido que el modo durante
todo el proceso, fuera tan perfecto como el principio desde el cual el
proceso emanó.
"Si alguno entre los
hijos de los hombres es capaz de materializar una pretensión de
perfección tal como ésta, las Cortes de Dios están
prontas a reconocerla. El Dios de la Verdad reconocerá una
pretensión veraz dondequiera se encuentre. Pero si somos
incapaces de presentar una pretensión semejante –si la
corrupción es encontrada en nosotros y en nuestros
caminos– si
en alguna cosa no alcanzamos la gloria de Dios, entonces es evidente
que aunque las Cortes de Dios puedan estar gustosamente dispuestas en
reconocer a la perfección donde sea que ella exista, tal
disposición no puede servir de base para la esperanza de
aquellos, quienes, en lugar de tener la perfección, tienen
pecados e imperfecciones sin número" (B.W. Newton).
2. La
acusación presentada contra nosotros. "Oíd, cielos, y
escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié
hijos, y engrandecílos, y ellos se rebelaron contra mí.
El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su
señor: Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento.
¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación
de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a
ira al Santo de Israel, tornáronse atrás" (Isa. 1:2-4).
El eterno Dios nos culpa de haber quebrantado todos Sus mandamientos
–algunos por obra, todos ellos en el pensamiento y con la
imaginación.
La gravedad de esta
acusación es aumentada por el hecho de que contra la luz y el
conocimiento elegimos la maldad y nos alejamos del bien: de tal manera
que una y otra vez deliberadamente nos desviamos de la justa Ley de
Dios, y fuimos descarriados como ovejas extraviadas, siguiendo los
malos deseos y las inclinaciones de nuestros propios corazones.
Más arriba, encontramos a Dios reclamando que puesto que
nosotros somos sus criaturas, deberíamos haberle obedecido, ya
que como debemos nuestras mismas vidas a Su diario cuidado nosotros
deberíamos haberle rendido nuestra fidelidad en lugar de
desobediencia, y deberíamos haber sido Sus leales
súbditos en vez de ser traidores a su reino. No se nos puede
acusar de exagerar sobre el pecado, sino que se expresó una
afirmación de la realidad que nos es imposible de contradecir.
Somos desagradecidas, rebeldes e impías criaturas.
¿Quién tendría un caballo que rehusa trabajar?
¿Quién poseería un perro que nos ladra y nos
ataca? Sin embargo nosotros hemos quebrantado los días de
descanso de Dios [a diferencia del autor sostenemos que los días
de reposo no son más exigidos por Dios a partir del Nuevo
Testamento, ya que ellos eran sólo figura de la realidad plena
que se cumplen con los creyentes que entran en el reposo por medio de
Cristo (Heb. 4:6-10, Rom. 14:5,6, Gál. 4:9,10, Col. 2:16,17)],
despreciado Sus reprensiones, abusado de su misericordia.
3. La sentencia de la
ley. Es claramente proclamado en las declaraciones divinas,
"Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que
están escritas en el libro de la ley, para hacerlas"
(Gál. 3:10). Quienquiera que viole un solo precepto de la Ley
divina se expone a sí mismo a la desaprobación de Dios, y
al castigo como la expresión de esa desaprobación. No se
hace excusa por la ignorancia, ni se hace distinción entre
personas, ni es permitida una disminución de su severidad: "El
alma que pecare morirá" es el pronunciamiento inexorable. No se
hace excepción si el transgresor es joven o viejo, rico o pobre,
judío o gentil: "la paga del pecado es muerte"; porque "la ira
de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e
injusticia de los hombres" (Rom. 1:18).
4. El Juez mismo es
inflexiblemente justo. En la elevada corte de la justicia divina,
Dios toma la ley en sus más estrictos y rigurosos aspectos, y
juzga rígidamente de acuerdo a la letra. "Mas sabemos que el
juicio de Dios es según verdad contra los que hacen tales
cosas... el cual pagará a cada uno conforme a sus obras" (Rom.
2:2, 6). Dios es inexorablemente justo, y no mostrará
parcialidad alguna ni hacia la ley ni hacia su transgresor. El
Altísimo ha determinado que Su Santa Ley será fielmente
sostenida y sus castigos estrictamente ejecutados.
¿A qué se
asemejaría este país si todos sus jueces dejaran de
sostener y de hacer cumplir las leyes de la nación?
¿Qué condiciones predominarían si una misericordia
sentimental reinara a expensas de la justicia? Ahora bien, Dios es el
Juez de toda la tierra y el gobernador moral del universo. Las Sagradas
Escrituras proclaman que "justicia y juicio," y no compasión y
clemencia, son el "cimiento" de Su "trono" (Sal. 89:14). Los atributos
de Dios no se oponen unos a otros. Su misericordia no anula Su
justicia, ni Su gracia jamás es exhibida a expensas de la
justicia. A cada una de Sus perfecciones le es dada libre curso. Para
Dios dar a un pecador entrada al cielo simplemente porque Él lo
amaba, sería como un juez que alberga en su propia casa a un
preso condenado que se fugó simplemente porque se
compadeció de él. Las Escrituras declaran
enfáticamente que Dios, "de ningún modo
justificará al malvado" (Éxo. 34:7).
5. El pecador es
incuestionablemente culpable. No es que él solamente tiene
debilidades o que no es tan bueno como debería ser: él ha
desafiado la autoridad de Dios, violado Sus mandamientos, pisoteado sus
leyes. Y esto es verdad no sólo para una cierta clase de
pecadores, sino que "todo el mundo" es "culpable delante de
Dios" (Rom. 3:19). "No hay justo, ni aún uno: Todos se
apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo
bueno, no hay ni aún uno" (Rom. 3:10,12). Es imposible para todo
hombre librarse a sí mismo de esta terrible carga. Él no
puede probar que los crímenes de los que es acusado no han sido
cometidos, ni que habiendo sido cometidos, tenía derecho a
hacerlos. Él tampoco puede desmentir los cargos que la ley
presentó en su contra, ni justificarse por haberlos ejecutados.
Aquí entonces es
como el caso permanece. La ley demanda un personal, perfecto, y
perpetuo amoldamiento a sus preceptos, en corazón y obras, en
motivación y realización. Dios acusa a cada uno de
nosotros de haber fallado en cumplir aquellas justas demandas, y
declara que hemos violado Sus mandatos en pensamientos en palabras y en
obras. La ley por lo tanto pronuncia sobre nosotros una sentencia de
condenación, nos maldice, y demanda la ejecución del
castigo, que es muerte. Aquél delante de cuyo tribunal
permanecemos es omnisciente, y no puede ser engañado o burlado;
Él es inflexiblemente justo, y no es influido por
consideraciones sentimentales. Nosotros, los acusados, somos culpables,
incapaces de refutar las acusaciones de la ley, incapaces de
reivindicar nuestra conducta pecaminosa, incapaces de ofrecer
algún pago o compensación por nuestros crímenes.
Verdaderamente, nuestro caso es desesperado hasta el último
grado.
Aquí, entonces,
está el problema. ¿Cómo puede Dios justificar al
transgresor intencional de Su Ley sin justificar sus pecados?
¿Cómo puede Dios librarle de la penalidad de Su Ley
quebrantada sin comprometer Su santidad y sin cambiar Sus palabras de
que Él "de ningún modo justificará al malvado"?
¿Cómo puede ser dada la vida al delincuente culpable sin
anular la sentencia "el alma que pecare, esa morirá"?
¿Cómo puede ser mostrada misericordia al pecador sin que
la justicia sea burlada? Este es un problema que desde siempre debe
haber confundido a toda inteligencia limitada. A pesar de todo, bendito
sea Su nombre, Dios, en Su sabiduría perfecta, ha
diseñado un modo por el cual el "primero de los pecadores" puede
ser tratado por Él como si fuera perfectamente inocente;
aún más, Él lo declara justo, de acuerdo
al nivel requerido por la ley, y con derecho a la recompensa de
la vida eterna. Como será visto en el capítulo siguiente.
En nuestro
último capítulo contemplamos el problema que es
presentado en la justificación o en pronunciar justo a uno que
es un evidente violador de la Ley de Dios. Algunos pudieron haberse
sorprendido por la utilización de un término como
"problema": así como hay muchos entre las filas de los
impíos que creen que el mundo les debe dar un
mantenimiento, así hay no pocos fariseos dentro del cristianismo
que suponen que es debido que tras morir su Creador
debería llevarles al cielo. Pero es muy diferente con uno que ha
sido alumbrado y convencido por el Espíritu Santo, de modo que
él se ve a sí mismo como un inmundo miserable, un vil
rebelde contra Dios. Uno tal, viendo que la palabra de Dios tan
llanamente declara "no entrará en ella [la Jerusalén
celestial, el cielo] ninguna cosa inmunda, o que hace
abominación" (Apoc. 21:27), se preguntará:
¿Cómo es posible que yo pueda de alguna forma
lograr ser admitido en la Jerusalén celestial?
¿Cómo puede ser que uno tan completamente desprovisto de
justicia como yo, y tan lleno de injusticia, sea alguna vez declarado
justo por un Dios santo?
Varios intentos para
resolver este problema han sido hechos por mentes incrédulas.
Algunos han razonado que si ellos ahora dan vuelta la página,
reforman profundamente sus vidas y de ahora en adelante caminan en
obediencia a la Ley de Dios, ellos serán aprobados delante del
Tribunal Divino. Este esquema, reducido a simples términos, es
salvación por nuestras propias obras. Pero un esquema tal es
absolutamente insostenible, y la salvación por tales medios es
absolutamente imposible. Las obras de un pecador reformado no pueden
ser la causa meritoria o eficaz de su salvación, y esto por las
siguientes razones. Primero, no se hace una provisión para sus
fallas anteriores. Supongamos que de ahora en más yo
jamás vuelva a transgredir la Ley de Dios, ¿Qué
tengo para pagar por mis pecados pasados? Segundo, una criatura
caída y pecadora no puede producir lo que es perfecto, y nada
imperfecto es aceptable para Dios. Tercero, si fuera posible para
nosotros ser salvados por nuestras propias obras, entonces los
sufrimientos y la muerte de Cristo fueron innecesarios. Cuarto, la
salvación por nuestros propios méritos eclipsaría
enteramente la gloria de la gracia divina.
Otros suponen que este
problema puede ser resuelto por una apelación a la misericordia
de Dios aislada. Pero la misericordia no es un atributo que eclipse a
todas la otras perfecciones divinas: la justicia, la verdad y la
santidad también actúan en la salvación del
escogido de Dios. La ley no es dejada a un lado, sino que es honrada y
magnificada. La verdad de Dios en sus solemnes advertencias no es
enlodada, sino fielmente mantenida. La justicia divina no es
despreciada, sino reivindicada. Ninguna de las perfecciones de Dios es
ejercida en perjuicio de alguna de las otras, sino que todas ellas
brillan con igual claridad en el plan que la sabiduría divina
diseñó. La misericordia a expensas de una justicia
pisoteada no se cuadra con el gobierno divino; y la justicia impuesta
por la exclusión de la misericordia no es propio del
carácter de Dios. El problema que la inteligencia infinita pudo
resolver era como ambas podrían ser ejercidas en la
salvación del pecador.
Un impresionante ejemplo
de misericordia ineficaz ante las demandas de la ley ocurre en
Daniel 6. Allí encontramos que Darío, el rey de
Babilonia, fue impulsado por sus nobles a firmar un decreto por el que
cualquier sujeto dentro de su reino que orase, o "que demandare
petición de cualquier dios u hombre en el espacio de treinta
días" excepto al rey mismo, debería ser echado al foso de
los leones. Daniel conociendo esto, así y todo, continuó
orando a Dios como hasta entonces. Con lo cual los nobles informaron a
Darío acerca de su violación del edicto real, que
"conforme a la ley de los medos y persas no puede ser cambiado,"
y exigía su castigo. Pero Daniel era tenido en alta estima por
el rey, y éste deseaba grandemente mostrarle clemencia ,
así "resolvió librar a Daniel; y hasta la puesta del sol
él se esforzó por librarlo." Pero él no
halló escape a esta dificultad: la ley debe ser honrada,
así Daniel fue arrojado al foso de los leones.
Un ejemplo igualmente
impresionante de la ineficacia de la ley en presencia de la
misericordia es encontrado en Juan 8. Allí leemos de una mujer
sorprendida en el acto de adulterio. Los escribas y fariseos la
aprehendieron y la llevaron delante de Cristo, acusándola del
delito, y recordando al Salvador que "en la ley Moisés nos
mandó apedrear a las tales." Ella era incuestionablemente
culpable, y sus acusadores estaban decididos a que la penalidad de la
ley sería ejecutada sobre ella. El Señor se volvió
a ellos y les dijo, "El que de vosotros esté sin pecado, arroje
contra ella la piedra el primero"; y ellos, siendo convencidos por su
propia conciencia, salían uno a uno, dejando a la
adúltera sola con Cristo. Volviéndose a ella, Él
le preguntó, "¿Mujer, dónde están los que
te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?" Ella contestó,
"Señor, ninguno", y Él dijo, "Ni yo te condeno: vete, y
no peques más."
Los dos principios
opuestos son vistos funcionando conjuntamente en Lucas 15. El
"Padre" no podía tener a su hijo (pródigo) sentado a Su
mesa vestido con los harapos que traía de un país lejano,
pero Él podía salir y encontrarle con aquellos harapos:
Él podía echarse sobre su cuello y besarle aún con
aquellos harapos –fue felizmente característico de Su gracia
el hacer así; pero sentarle a su mesa con las vestimentas
propias del comedero de cerdos no sería apropiado. Pero la
gracia que llevó al Padre hasta el pródigo "reinó"
por aquella justicia que trajo al pródigo hasta la casa
del Padre. No hubiera sido de la "gracia" que el Padre esperara hasta
que el pródigo se ataviara con vestimentas apropiadas de su
propia provisión [del pródigo]; ni habría sido de
la "justicia" llevarle a Su mesa en sus harapos. Ambas, la gracia y
la justicia brillaron con sus respectivas bellezas cuando el Padre dijo
"sacad el mejor ropaje, y vestidle."
Es a través de
Cristo y Su expiación [o pago] que la justicia y la misericordia
de Dios, Su rectitud y Su gracia, se encuentran en la
justificación de un pecador creyente. En Cristo es encontrada la
solución a cada problema que el pecado ha causado. En la Cruz de
Cristo todos los atributos de Dios brillan en su máximo
esplendor. En la reparación que el Redentor ofreció a
Dios cada demanda de la ley, ya sea de mandatos o de castigo, ha sido
totalmente cumplida. Dios ha sido infinitamente más honrado por
la obediencia del último Adán [Cristo] que lo que fue
deshonrado por la desobediencia del primer Adán. La justicia de
Dios fue infinitamente más engrandecida cuando su terrible
espada golpeó a Hijo amado, que lo que sería por cada
miembro de la raza humana quemado por los siglos de los siglos en el
lago de fuego. Hay infinitamente más eficacia en la sangre de
Cristo para limpiar, que la que hay en el pecado para contaminar. Hay
infinitamente más mérito en una perfecta justicia de
Cristo que la cantidad de demérito en la injusticia sumada de
todos los impíos. Bien podemos exclamar, "Mas lejos esté
de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo" (Gál. 6:14).
Pero mientras muchos
concuerdan en que el sacrificio expiatorio, [en pago por los pecados],
de Cristo es la causa meritoria de la salvación de Su pueblo,
actualmente hay verdaderamente pocos que pueden dar alguna clara
escritural explicación del medio y la manera por los
cuales la obra de Cristo asegura la justificación de todos
los que creen. Por ello la necesidad de una clara y completa
expresión sobre esto. Las ideas nebulosas sobre este punto son
tanto deshonrosas para Dios como perturbadoras de nuestra paz. Es de
primera importancia que el cristiano obtenga un claro entendimiento del
fundamento sobre el cual Dios perdona sus pecados y le concede
un derecho a la herencia celestial. Quizás esto podría
ser mejor expuesto por medio de tres palabras: sustitución,
identificación e imputación. Como su Fiador y Garante,
Cristo entró al lugar ocupado por Su pueblo bajo la ley,
así identificándose con ellos para ser su Cabeza y
Representante, y como tal Él asumió y los liberó
de todas sus obligaciones legales: siendo transferidas sus deudas a
Él, Sus méritos siendo transferidos a ellos.
El Señor Jesús ha logrado para Su pueblo una
perfecta justicia por obedecer la ley en pensamiento, palabra y obras,
y esta justicia es imputada a ellos, puesta en su cuenta. El
Señor Jesús ha sufrido las penalidades de la ley en lugar
de ellos, y a través de Su muerte expiatoria ellos se han
limpiado de toda culpa. Como criaturas ellos estaban bajo
obligaciones de obedecer la Ley de Dios; como criminales
(transgresores) ellos estaban bajo la sentencia de muerte de la ley.
Por lo tanto, para cumplir nuestras obligaciones y pagar nuestras
deudas fue necesario que nuestro Sustituto obedeciera y muriera. El
derramamiento de la sangre de Cristo borró nuestros pecados,
pero esto, por sí solo, no nos provee la "mejor vestidura".
Silenciar las acusaciones de la ley contra nosotros de modo que ahora
"ninguna condenación hay para los que están en Cristo
Jesús" es simplemente una bendición negativa:
algo más era requerido, a saber, una justicia positiva,
la conformidad a la ley, para que pudiéramos tener derecho a su
bendición y a su premio.
En tiempos del Antiguo
Testamento el nombre bajo el cual fue predicho el Mesías y
Mediador es, "JEHOVA, JUSTICIA NUESTRA" (Jer. 23:6). Daniel predijo
explícitamente que Él vendría aquí para
"terminar con la transgresión, para acabar con el pecado, para
expiar la iniquidad, para traer la justicia eterna" (9:24).
Isaías anunció "Y diráse de mí: Ciertamente
en Jehová está la justicia y la fuerza: a Él
vendrán, y todos los que contra Él se enardecen,
serán avergonzados. En Jehová será justificada y
se gloriará toda la generación de Israel" (45:24, 25). Y
de nuevo, él representa a los redimidos exclamando, "En gran
manera me gozará Jehová, mi alma se alegrará en mi
Dios; porque me vistió de vestiduras de salvación,
rodeóme de manto de justicia" (Isa. 61:10).
En Romanos 4:6-8 leemos,
"Como también David dice ser bienaventurado el hombre al cual
Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos
cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos.
Bienaventurado el varón al cual el Señor no imputó
pecado." Aquí se nos muestra la inseparabilidad de dos
cosas: Dios imputando "justicia" y Dios no imputando "pecados." Las dos
nunca son divididas: a quien Dios no imputa pecado Él imputa
justicia; y a quien Él imputa justicia, Él no imputa
pecado. Pero el punto específico por el que estamos más
preocupados que el lector llegue a entender es, ¿La "justicia" de
Quién es la que Dios imputa o pone en la cuenta de aquel que
cree? La respuesta es, aquella justicia que fue forjada por nuestro
Fiador, aquella obediencia a la ley que fue cumplida de forma vicaria
[en nuestro lugar] por nuestro Garante, es decir "la justicia de
nuestro Dios y Salvador Jesucristo" (2 Pedro 1:1). Esta justicia no es
solo "para todos" sino también "sobre todos los que
creen" (Rom. 3:22). Ésta es llamada "la justicia de Dios"
porque fue la justicia del Dios-hombre Mediador, así como en
Hechos 20:28 Su sangre es llamada la sangre de Dios.
La "justicia de Dios" que
es mencionada tan frecuentemente en la Epístola a los Romanos no
se refiere a la justicia esencial del carácter divino, porque ella
no es posible que pueda ser imputada o transferida legalmente a ninguna
criatura. Cuando se dice en 10:3 que los judíos "ignoraron la
justicia de Dios" sin dudas no significa que ellos estaban a oscuras en
cuanto a la rectitud divina o que ellos nada conocían acerca de
la justicia de Dios; sino que esto significa que ellos eran ignorantes
acerca de la justicia que el Dios-hombre Mediador ha traído en
forma vicaria [en representación] para Su pueblo. Esto es
abundantemente claro por el resto de ese versículo: "y
procurando establecer su propia justicia" –no una
rectitud o
justicia propia de ellos, sino haciendo obras por las cuales ellos
esperaban merecer aceptación ante Dios. Tan firmemente se
aferraron a esta ilusión, que ellos "no se sujetaron a la
justicia de Dios": es decir, ellos rehusaron abandonar su justicia
propia y poner su confianza en la obediencia y los sufrimientos del
Hijo de Dios encarnado.
"Explicaré lo que
queremos significar por la imputación de la justicia de Cristo.
A veces la expresión es tomada por nuestros teólogos en
un sentido más amplio, por la imputación de todo lo que
Cristo hizo y sufrió por nuestra redención con lo cual
somos libres de culpa, y permanecemos justos ante los ojos de Dios; y
así la imputación implica tanto la satisfacción
[la reparación o el pago] como la obediencia de Cristo. Pero
aquí yo la uso en un sentido más estricto, como la
imputación de aquella justicia o virtud moral que consiste en la
obediencia de Cristo. Y por esa obediencia imputada a nosotros, se
quiere decir no otra cosa que esto, que esa justicia de Cristo es
aceptada para nosotros, y admitida en lugar de aquella perfecta
justicia interior que debería estar en nosotros mismos: la
perfecta obediencia de Cristo será puesta a nuestra cuenta,
así que tendremos los beneficios de ella, como si nosotros
mismos la hubiéramos realizado: y así asumimos, que se
nos es dado un derecho a la vida eterna como la recompensa de esta
justicia" (Jonathan Edwards).
El pasaje que irradia la
más clara luz sobre aquel aspecto de la justificación que
ahora estamos considerando es 2 Corintios 5:21, "Al que no
conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros
fuésemos hechos justicia de Dios en Él." Aquí
tenemos las contra imputaciones: de nuestros pecados a Cristo, de Su
justicia a nosotros. Como la enseñanza de este versículo
es de tan vital importancia permítanos empeñarnos en
considerar sus términos lo más detenidamente. ¿Cómo
fue Cristo "hecho por nosotros pecado"? Por la imputación
que Dios hizo sobre Él de nuestra desobediencia, o de
nuestras transgresiones a la ley; de igual manera, nosotros somos
hechos "justicia de Dios en Él" (en Cristo, no en nosotros
mismos) por la imputación que Dios nos hace de la
obediencia de Cristo, de Su cumplimiento a los preceptos de la ley por
nosotros.
Como Cristo "no
conoció pecado" ni por impureza interior ni por cometerlo
personalmente, así nosotros no "conocimos" o tuvimos justicia
propia ni por conformidad interior a la ley, ni por obediencia personal
a ella. Como Cristo fue "hecho pecado" por haber sido nuestros pecados
puestos a Su cuenta o cargados sobre Él en un modo judicial, y
como no fue por una conducta criminal de Sí mismo que Él
fue "hecho pecado," así no es por alguna actividad piadosa de
nosotros mismos que llegamos a ser "justos": Cristo no fue "hecho
pecado" por la infusión de maldad, ni nosotros somos "hechos
justos" por la infusión de santidad. Aunque personalmente santo,
nuestro Garante, entrando a nuestro lugar legal, se entregó a
sí mismo de oficio sujeto a la ira de Dios; y así aunque
personalmente malvados, somos, a causa de nuestra identificación
legal con Cristo, con derecho al favor de Dios. Como la consecuencia de
que Cristo fue "hecho pecado por nosotros" fue, que "Jehová
cargó en Él el pecado de todos nosotros" (Isa. 53:6),
así la consecuencia de que la obediencia de Cristo fue puesta a
nuestra cuenta es que Dios atribuye justicia "sobre todos los
que creen" (Rom. 3:22). Como nuestros pecados fueron el fundamento
judicial de los sufrimientos de Cristo, sufrimientos por los cuales
Él satisfizo a la Justicia; así la justicia de Cristo es
el fundamento judicial de nuestra aceptación con Dios, por lo
que nuestro perdón es un acto de Justicia.
Nótese
cuidadosamente que en 2 Corintios 5:21 es Dios quien "hizo" o
estableció legalmente a Cristo para que fuera "pecado por
nosotros," aunque como Hebreos 10:7 muestra, el Hijo gustosamente
accedió a esto. "Él fue hecho pecado por
imputación: los pecados de todo Su pueblo fueron transferidos a
Él, cargados sobre Él, y puestos a Su cuenta y
teniéndolos sobre sí, Él fue tratado por la
justicia de Dios como si Él hubiera sido no solamente un
pecador, sino una masa de pecado: porque ser hecho pecado es una
expresión más fuerte que ser un pecador" (John Gill).
"Para que nosotros fuésemos hecho justicia de Dios en Él"
significa ser legalmente constituidos justos delante de Dios
–justificados. "Esta es una justicia 'en Él,' en Cristo, y
no en
nosotros mismos, y por lo tanto debemos dar a entender la justicia de
Cristo: así llamada, porque es forjada por Cristo, quien es Dios
sobre todas las cosas, el verdadero Dios, y la vida eterna" (de la obra
recién citada).
El mismo intercambio que
ha estado ante nosotros en 2 Corintios 5:21 es encontrado de nuevo en
Gálatas 3:13, 14, "Cristo nos redimió de la
maldición de la ley, hecho por nosotros maldición;
(porque está escrito: Maldito cualquiera que es colgado en
madero:) Para que la bendición de Abraham fuese sobre los
Gentiles en Cristo Jesús." Como el Fiador de Su pueblo, Cristo
fue "hecho súbdito a la ley" (Gál. 4:4), ubicado an la
posición judicial y en lugar de ellos, y teniendo todos sus
pecados imputados a Él, y la ley encontrándolos todos
sobre Él, lo condenó a Él por ellos; y así
la justicia de Dios lo entregó a la infame muerte de la cruz. El
propósito, así como la consecuencia, de esto fue "que la
bendición de Abraham fuese sobre los Gentiles": la
"bendición de Abraham" (como muestra Rom. 4) fue la
justificación por la fe a través de la justicia de Cristo.
La
justificación, estrictamente hablando, consiste en que Dios
imputa a Sus elegidos la justicia de Cristo, siendo ésta
la única causa meritoria o la base esencial sobre la cual
Él los declara justos: la justicia de Cristo es la que Dios
considera cuando Él perdona y acepta al pecador. Por la naturaleza
de la justificación hacemos referencia a los elementos
componentes de la misma, los cuales son disfrutados por el
creyente. Éstos son, la no imputación de la culpa o el
perdón de los pecados, y segundo, la provisión al
creyente de un derecho legal al cielo. El único fundamento sobre
el cual Dios perdona todos los pecados del hombre, y lo admite a Su
favor judicial, es la obra vicaria de su Fiador –esa perfecta
satisfacción [la reparación o el pago] que Cristo
ofreció a la ley en nombre de los hombres. Es de gran
importancia ser claro sobre el hecho de que Cristo fue "hecho
súbdito a la ley" no solamente para que Él pudiera
redimir [o libertar] a Su pueblo "de la maldición de la ley"
(Gál. 3:13), sino también para que ellos pudieran
"recibir la adopción de hijos" (Gál. 4:4, 5), es decir,
ser investidos con los privilegios de hijos.
Esta gran doctrina de la
Justificación fue proclamada en su pureza y claridad por los
reformadores –Lutero, Calvino, Zanchius, Peter Mártir,
etc.;
pero comenzó a ser corrompida en el siglo diecisiete por hombres
que sólo tuvieron un conocimiento muy superficial de
ésta, los cuales enseñaron que la justificación
consistía solamente en la eliminación de la culpa o el
perdón de pecados, excluyendo el positivo acceso del hombre al
favor judicial de Dios: en otras palabras, ellos restringieron la
justificación a la liberación del infierno, faltando
declarar que ésta también proporciona un derecho al
cielo. Este error fue perpetuado por John Wesley, y luego por la
Hermandad de Plymouth, quienes, negando que la justicia de Cristo es
imputada al creyente, pretenden encontrar su derecho a la vida eterna
en una unión con Cristo en Su resurrección. Pocos en la
actualidad tienen claro el doble contenido de la
Justificación, porque pocos hoy entienden la naturaleza de
aquella justicia que es imputada a todos los que creen.
Para mostrar que no hemos
tergiversado las enseñanzas normales de la Hermandad de Plymouth
sobre este tema, citamos la obra "Notas sobre Romanos" de W. Kelly. En
su "Introducción" él dice, "No hay nada que impida
nuestro entendimiento de 'la justicia de Dios' en su sentido usual de
un atributo o cualidad de Dios" (p. 35). ¿Pero cómo
podría un "atributo" o "cualidad" de Dios ser "sobre
todos los que creen" (Rom. 3:22)? Mr. Kelly de ningún modo
reconoce que la "justicia de Dios" y "la justicia de Cristo" son una y
la misma, y por lo tanto, cuando el llega a Romanos 4 (donde se dice
tanto acerca de la "justicia" siendo imputada al creyente)
él vacía el conjunto de su bendita enseñanza
tratando de hacer parecer que esta justicia es nada más que
nuestra propia fe, diciendo de Abraham, "su fe en la palabra de Dios
como aquella que él ejerció, y la cual fue contada por
justicia" (p. 47).
La "justicia de Cristo"
que es imputada al creyente consiste de aquella perfecta obediencia a
los preceptos de la Ley de Dios que Él mostró y de
aquella muerte que Él murió bajo el castigo de la ley. Ha
sido dicho correctamente que, "Hay la misma necesidad de la obediencia
de Cristo a la ley en nuestro lugar, para el premio, como de Su
sufrimiento del castigo de la ley en nuestro lugar para nuestro escape
del castigo; y la misma razón por la cual una sería
aceptada a nuestra cuenta tal como el otro... Suponer que Cristo hace
todo [solamente] para pagar nuestro castigo por Su sufrimiento es
hacerle nuestro Salvador pero en parte. Ello es robarle la mitad de Su
gloria como un Salvador. Porque si así fuera, todo lo que
Él hace es librarnos del infierno; Él no adquiere el
cielo para nosotros" (Jonathan Edwards). Alguno objetará la idea
de Cristo "adquiriendo" el cielo para Su pueblo, aquél
podría inmediatamente ser llevado a ver Efesios 1:14, donde el
cielo es expresamente designado "la posesión adquirida."
La imputación a la
cuenta del creyente de aquella perfecta obediencia a la ley que
cumplió su Fiador para él es claramente enseñada
en Romanos 5:18, 19, "Así que, de la manera que por un delito
vino la culpa a todos los hombres para condenación, así
por una justicia vino la gracia a todos los hombres para
justificación de vida. Porque como por la desobediencia de un
hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así por la
obediencia de uno los muchos serán constituidos justos."
Aquí la "transgresión" o "desobediencia" del primer
Adán es contrastada a la "justicia" u "obediencia" del
último Adán, y puesto que como la desobediencia del
primero fue una real transgresión de la ley, por lo tanto la
obediencia del último debe ser Su activa obediencia a la
ley; de otra manera la fuerza de la antítesis del apóstol
fallaría enteramente. Como este vital punto (la principal gloria
del Evangelio) es actualmente tan poco entendido, y en algunas partes
discutido, debemos entrar en algún detalle.
Aquel que fue justificado
por su fe mantuvo una doble relación con Dios: primero,
él era una criatura responsable, nacido bajo la ley; segundo,
él era un criminal, habiendo transgredido aquella ley
–aunque su
criminalidad no canceló su obligación de obedecer
la ley más de lo que un hombre que imprudentemente derrocha su
dinero ya no está obligado a pagar sus deudas. Por lo tanto, la
justificación consiste de dos partes, a saber, una
absolución de la culpa, o de la condenación de la ley (la
liberación del infierno), y la recepción al favor de
Dios, tras la sentencia aprobatoria de la ley (un derecho legal al
cielo). Y por lo tanto, el fundamento sobre el cual Dios declara justo
a alguno es también doble, como la completa compensación
de Cristo es vista en sus dos distintas partes: a saber, Su obediencia
vicaria [en nuestro lugar] a los preceptos de la ley, y Su muerte
sustituta bajo la penalidad de la ley, los méritos de ambas
partes son igualmente imputados o puestos a la cuenta del que cree.
Contra esto se ha
objetado, "La ley no requiere a ningún hombre obedecer y
también morir." A lo que respondemos en el lenguaje de J. Hervey
(1750), "¿Pero no se requiere a un transgresor obedecer
y morir? Si no, entonces la transgresión priva a la ley de su
derecho, y libera de toda obligación a obedecer. ¿No se
requería al Fiador de los hombres pecadores obedecer y
morir? Si el Fiador solamente muere, Él solamente libra de la
penalidad. Pero esto no otorga derecho a la vida, ni otorga
derecho a la recompensa –a menos que usted pueda producir
algún decreto de la Corte Celestial como éste–
'Sufre
esto, y vivirás.' Yo encuentro escrito 'En guardar tus
mandamientos hay gran recompensa' (Sal. 19:11), pero en ninguna parte
leo, 'En padecer tu maldición, hay la misma recompensa.'
Mientras que, cuando unimos la obediencia activa y pasiva de nuestro
Señor –la Sangre que habla de paz con la Vida dadora de
justicia– ambas son hechas infinitamente meritorias e
infinitamente
eficaces por la gloria divina de Su persona, ¡cuán
perfecta hacen aparecer nuestra justificación!
¡Cuán firme ella permanece!"
No es suficiente que el
creyente permanezca sin pecados delante de Dios –eso es solamente
negativo.
La santidad de Dios requiere una justicia positiva a nuestra
cuenta –que Su Ley sea perfectamente guardada. Pero nosotros
somos
incapaces de guardarla, por lo tanto nuestro Garante la cumplió
por nosotros. Por la sangre derramada de nuestro bendito Sustituto las
puertas del infierno han sido cerradas para siempre para todos aquellos
por quienes Él murió [o más bien para todos
aquellos que reciben el sacrificio de Cristo, que es para todos pero
solamente es eficaz para los que creen]. Por la perfecta obediencia de
nuestro bendito Fiador las puertas del cielo son abiertas de par en par
a todo el que cree. Mi derecho a permanecer delante de Dios, no
sólo sin temor, sino en el consciente resplandor de Su favor
pleno, es porque Cristo ha sido hecho "justificación" para
mí (1 Cor. 1:30). Cristo no sólo pagó todas mis
deudas, sino que me liberó totalmente de todas mis culpas. El
Dador de la ley es mi Cumplidor de la ley. Cada santo deseo de Cristo,
cada piadoso pensamiento, cada palabra amable, cada acto justo del
Señor Jesús, desde Belén hasta el Calvario, se
unen para formar aquella "mejor vestidura" con la cual la descendencia
real permanece ataviada delante de Dios.
A pesar de esto es triste decir, que incluso un
escritor muy
leído y en general respetado como el fallecido Sir Rob.
Anderson, dijo en su libro, "El evangelio y su ministerio"
(Capítulo sobre la Justificación por la Sangre), "La
obediencia vicaria [en representación de otros] es una idea
totalmente desmesurada; ¿Cómo podría un Dios de
justicia y verdad considerar a un hombre que ha quebrantado la ley como
si hubiese guardado la ley? El ladrón no es declarado honesto
porque su vecino o su pariente es un buen ciudadano." ¡Qué
lamentable arrastrar hasta el tribunal de la razón humana
manchada por el pecado, y hasta una estimación por comparaciones
mundanas, a aquella transacción divina en donde fue ejercida "la
multiforme sabiduría de Dios"! Lo que es imposible para los
hombres es posible para Dios. ¿Nunca leyó Sir
Robert aquel preanuncio del Antiguo Testamento donde el Dios
altísimo declaró, "por tanto, he aquí que
nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo, con un
prodigio grande y espantoso; porque perecerá la
sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la prudencia de
sus prudentes." (Isa. 29:14)?
Se ha señalado
que, "En el dominio humano, tanto la inocencia como la justicia son
transferibles en sus efectos, pero que en sí mismas
ellas son intransferibles." A partir de esto se argumenta que ni el
pecado ni la justicia son en sí mismos capaces de ser
transferidos, y que aunque Dios trató a Cristo como si
Él fuera el pecador, y trata con el creyente como si
él fuera justo, no obstante, no debemos suponer que ninguno
de los dos sea realmente el caso; menos aún deberíamos
afirmar que Cristo mereció sufrir la maldición, o
que Su pueblo tiene derecho a ser llevado al cielo. Esto es una
clara muestra de la ignorancia teológica de estos tiempos
degenerados, es un ejemplo representativo de como las cosas divinas
están siendo medidas con patrones humanos; por medio de
semejantes argumentos engañosos está siendo actualmente
repudiada la verdad fundamental de la imputación.
Correctamente W. Rushton,
en su obra "Redención Particular," afirma, "En el gran asunto de
nuestra salvación, nuestro Dios permanece singular y
completamente solo. En esta la más gloriosa obra, hay una
exhibición de justicia, misericordia, sabiduría y poder,
como jamás el corazón del hombre imaginó, y en
consecuencia, no puede tener comparación con las
acciones de los mortales. '¿Quién hizo oir esto desde el
principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no
hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador: ningún otro
fuera de mí': Isaías 45:21." No, en la verdadera
naturaleza del caso no puede encontrarse una analogía entre
cualquier transacción humana con la transferencia que Dios hace
de nuestros pecados a Cristo o de la obediencia de Cristo a nosotros,
por la simple pero suficiente razón de que no existe una
unión semejante entre las personas de este mundo como la que
se logra entre Cristo y Su pueblo. Pero dejemos para luego la
ampliación de esta imputación doble y opuesta [de los
pecados nuestros a Cristo y de la justicia de Cristo a nosotros].
Las aflicciones que el
Señor Jesús experimentó fueron no solamente
sufrimientos provocados por las manos del hombre, sino también
el persistente castigo de la mano de Dios: "Jehová quiso
quebrantarlo" (Isa. 53:10); "Levántate, oh espada, sobre el
pastor, y sobre el hombre compañero mío, dice
Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor" (Zac.
13:7) fue Su edicto. Pero el "castigo" legal presupone la criminalidad;
un Dios justo nunca hubiera aplicado la maldición de la ley
sobre Cristo a menos que Él la hubiera merecido. Somos
conscientes de que este es un lenguaje fuerte, pero no más
fuerte de lo que las Santas Escrituras plenamente autorizan, y se
necesita que las cosas sean dichas hoy fuertemente y directamente si
queremos que un pueblo indiferente sea despertado. Porque Dios ha
transferido al Sustituto todos los pecados de Su pueblo fue que, de
oficio, Cristo debió efectuar el pago por el pecado.
El traspaso de nuestros
pecados a Cristo fue claramente preanunciado en la Ley: "Y
pondrá Aarón ambas manos suyas sobre la cabeza del macho
cabrío vivo (expresando identificación con el
sustituto), y confesará sobre él todas las iniquidades de
los hijos de Israel, y todas sus rebeliones, y todos sus pecados,
poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío
(denotando transferencia), y lo enviará al desierto por
mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará
sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada"
(Lev. 16:21, 22). Así también fue especialmente anunciado
por los profetas: "Jehová cargó en Él el pecado de
todos nosotros... Él llevará las iniquidades de ellos"
(Isa. 53:6, 11). En aquel gran salmo mesiánico, el salmo 69,
oímos al Fiador diciendo, "Dios, tu sabes mi locura; y mis
delitos no te son ocultos" (v. 5) –¿cómo
podría hablar así el Redentor sin mancha, a menos que los
pecados de Su pueblo hubieran sido puestos sobre Él?
Cuando Dios imputó
el pecado a Cristo como el Fiador del pecador, puso sobre Él
el pecado, y lo trató en consecuencia. Cristo no
podría haber sufrido en lugar del culpable a menos que su culpa
hubiera sido primeramente transferida a Él. Los sufrimientos de
Cristo fueron penales. Dios por un acto de gracia trascendente (hacia
nosotros) puso las iniquidades de todos los que son salvados sobre
Cristo, [no solo los pecados de los que serían salvados sino
también los de los no salvados aunque ellos no aprovechen la
obra de Cristo en su favor (1 Juan 2:2)], y en consecuencia, la
justicia divina encontrando pecado sobre Él, le
castigó. El que de ningún modo tiene por inocente al
culpable debe atacar al pecado y herir a su portador, no importa si
éste es el pecador mismo o Uno quien vicariamente toma su lugar.
Pero como G. S. Bishop bien dijo, "Cuando la justicia golpea una vez al
Hijo de Dios, la justicia queda exhausta. El pecado es castigado en un
Objeto Infinito." ¡El pago realizado por Cristo fue contrario a nuestros
procesos legales porque éste se eleva por encima de sus
limitaciones finitas!
Entonces como los pecados
de los que creen fueron transferidos e imputados por Dios a Cristo de
manera que Dios le consideró y trató en consecuencia
–visitando sobre Él la maldición de la ley,
que
es la muerte; así como la obediencia o justicia de Cristo es
transferida e imputada por Dios al creyente así que Dios ahora
considera y trata con él en consecuencia –dándole
la bendición
de la ley, que es la vida. Y cualquier negación de este hecho,
no importa quien la realice, es un repudio al principio fundamental del
Evangelio. "En el momento que el pecador creyente acepta a Cristo como
su Sustituto, él se encuentra no solamente liberado de sus
pecados, sino también recompensado: él obtiene
todo el cielo a causa de la gloria y méritos de Cristo (Rom.
5:17). Entonces, la expiación que predicamos es una de absoluto
intercambio (1 Pedro 3:18). Esto significa que Cristo tomó
literalmente nuestro lugar, para que nosotros pudiéramos tomar
literalmente Su lugar –que Dios consideró y trató a
Cristo como el Pecador, y que Él considera y trata al pecador
creyente como a Cristo.
"No es suficiente para un
hombre ser perdonado. Él, por supuesto, es entonces inocente
–lavado de sus pecados– vuelve, como Adán en el
Edén,
exactamente donde él estaba. Pero eso no es suficiente. A
Adán en el Edén le era requerido que verdaderamente
debía guardar el mandamiento. No era suficiente que no
lo quebrantara, o que fuera considerado, por medio de la Sangre, como
si él no lo hubiera quebrantado. Él debe guardarlo:
él debe permanecer en todas las cosas que están escritas
en el libro de la ley para hacerlas. ¿Cómo es
satisfecha esta necesidad? El hombre debe tener una justicia, o
Dios no puede aceptarlo. El hombre debe tener una obediencia perfecta,
o si no Dios no puede recompensarle" (G. S. Bishop). Esa necesaria y
perfecta obediencia es encontrada solamente en aquella perfecta vida,
vivida por Cristo en obediencia a la ley, antes de que
Él fuera a la cruz, la cual es puesta en la cuenta del creyente.
No es que Dios trate como
justo a uno que realmente no lo es (eso sería una
ficción), sino que Él verdaderamente hace justo al
creyente, no por poner una naturaleza santa en su corazón, si no
por poner la obediencia de Cristo a su cuenta. La obediencia de Cristo
es legalmente transferida a él de manera que él es ahora
debida y justamente estimado como justo por la Ley divina. Éste
es muchísimo más que un mero pronunciamiento de
justicia sobre uno que es sin ningún fundamento
suficiente para el juicio de Dios para declararle justo. No,
éste es un positivo acto judicial de Dios "por medio del cual,
sobre la consideración de la mediación de Cristo,
Él hace una eficaz concesión y donación de una
verdadera, real, perfecta justicia, igual a aquella de Cristo mismo
a todos los que creen, y contada como de ellos, por Su propio acto de
gracia, a la vez les perdona del pecado, y les otorga el derecho y el
título a la vida eterna" (John Owen).
Ahora nos resta mostrar el
fundamento sobre el cual Dios actúa en esta
contra-imputación de pecado a Cristo y de justicia a Su pueblo.
Ese fundamento fue el Pacto Eterno. La objeción de que
es injusto que el inocente sufriera para que el culpable pudiera
escapar pierde toda su fuerza una vez que se ven la jefatura del Pacto
y la responsabilidad de Cristo, y el pacto de unión con
Él de aquellos cuyos pecados Él soportó. No
podría haber existido una cosa tal como un sacrificio vicario,
[en nuestro lugar,] a menos que hubiera habido alguna unión
entre Cristo y aquellos por quienes Él murió, y esa
relación de unión debe haber existido antes de
que Él muriera, ciertamente, antes de que nuestros pecados
fueran imputados a Él. Cristo se encargó de hacer
completa satisfacción [la reparación o el pago] de la ley
para Su pueblo porque Él mantuvo con ellos la relación de
un Fiador. ¿Pero qué justificó Su
actuación como el Fiador de ellos? Él permaneció
como su Fiador porque Él fue su Sustituto: Él
actuó en su beneficio, porque Él se puso en
su lugar. ¿Pero qué justificó la
sustitución?
No se puede dar una
respuesta satisfactoria a la última cuestión hasta que la
gran doctrina del eterno pacto de unión es considerada: esa
es la gran relación fundamental. La unión representativa
entre el Redentor y los redimidos [rescatados], la elección de
ellos en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef.
1:4), por la cual una unión legal fue establecida entre
Él y ellos, es la que sola responde y explica todo lo otro.
"Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son
todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos"
(Heb. 2:11). Como la Cabeza del Pacto de Su pueblo, Cristo estuvo tan
relacionados a ellos que sus responsabilidades necesariamente llegan a
ser Suyas, y nosotros estamos tan relacionados a Él que sus
méritos necesariamente llegan a ser nuestros. Así, como
dijimos en un capítulo anterior, tres palabras nos dan la clave
y resumen toda la transacción: sustitución,
identificación, imputación –todo lo cual se se
apoya en
el pacto de unión. Cristo fue sustituído por nosotros,
porque Él es uno con nosotros –identificado con
nosotros, y nosotros con Él. Así Dios nos trata como
ocupando el lugar de Cristo de valía y
aprobación. Pueda el Espíritu Santo otorgar tanto al
escritor como al lector un corazón tan adherido a esta
maravillosa y bendita verdad, que una desbordante gratitud nos pueda
guiar a una más completa fidelidad a Aquel que nos amó y
se dió a sí mismo por nosotros.
Revisemos aquí,
brevemente, el terreno que ya hemos abarcado. Hemos visto, primero, que
"justificar" significa declarar justo. No es una labor divina, sino un
veredicto divino, la sentencia de la Corte Suprema, declarando que el
justificado está perfectamente ajustado a todos los
requerimientos de la ley. La justificación asegura al creyente
que el Juez de toda la tierra está a favor de él, y no
contra él: aquella misma justicia está de su lado.
Segundo, nos extendimos en el gran problema aparentemente sin
solución que es en consecuencia implicado: como un Dios de la
verdad puede declarar justo a uno que es completamente desprovisto de
justicia, como Él puede recibir en Su favor judicial a uno que
es un criminal culpable, como Él puede ejercer la misericordia
sin insultar la justicia, como Él puede ser misericordioso y
aún hacer cumplir las altas demandas de Su Ley. Tercero,
mostramos que la solución a este problema es encontrada en la
perfecta satisfacción [la reparación o el pago] a la Ley
divina que el Hijo encarnado cumplió, y que sobre la base de
aquella satisfacción Dios puede verdadera y justamente declarar
justo a todo el que cree en verdad al Evangelio.
En nuestro último
artículo señalamos que la satisfacción que Cristo
hizo a la Ley divina consiste de dos partes distintas, respondiendo a
la doble necesidad del que debe ser justificado. Primero, como una criatura
responsable estoy bajo el obligatorio compromiso de guardar la ley
–a
amar a Dios con todo mi corazón y a mi prójimo como a
mí mismo. Segundo, como un criminal yo estoy bajo la
condenación y maldición de aquella ley que constantemente
he transgredido en pensamiento, palabra y obra. Por lo tanto, si otro
iba a actuar como mi fiador y a hacer reparación por mí,
él debe obedecer perfectamente todos los preceptos de la ley, y
luego soportar la terrible penalidad de la ley. Eso es exactamente lo
que fue emprendido y cumplido por el Señor Jesús en Su
vida virtuosa y Su muerte vicaria [en nuestro lugar]. Cada demanda de
la ley fue cumplida por Él; por Él cada obligación
del creyente fue totalmente colmada.
Ha sido objetado por
algunos que la obediencia de Cristo no podía ser
imputada a la cuenta de otros, por haber sido "hecho súbdito a
la ley" (Gál. 4:4) como hombre, Él debía
estar sometido a la ley por Su propia cuenta. Éste es un serio
error, surgido por una falla en reconocer las características
absolutamente únicas del Hombre Cristo Jesús. A
diferencia de nosotros, Él nunca estuvo bajo el Pacto
Adámico, y por lo tanto no debía nada a la ley.
Además, la humanidad de Cristo nunca tuvo una existencia
separada: en el vientre de la virgen el Hijo eterno tomó la
simiente de María en unión con Su divinidad, así
que mientras el primer hombre fue de la tierra, terrenal, "el segundo
hombre, que es el Señor, es del cielo (1 Cor. 15:47), y
en sí mismo Él fue infinitamente superior a la ley, no
debiendo nada a ella, siendo personalmente poseedor de todas las
excelencias de la divinidad. Aún mientras caminó en esta
tierra "en Él habita toda la plenitud de la divinidad
corporalmente."
Fue enteramente por causa
de Su pueblo que el Dios-hombre Mediador fue "hecho súbdito a la
ley." Fue con el fin de obtener para ellos una perfecta justicia, que
sería puesta en su cuenta, por lo que Él tomó
sobre sí mismo la forma de un siervo y llegó a ser
"obediente hasta la muerte." Lo que fue dicho arriba proporciona la
respuesta a otra ridícula objeción que ha sido hecha
contra esta verdad bendita, ésta es, que si la obediencia del
Hombre Cristo Jesús fuera transferible ella estaría
disponible solamente para otro único hombre, viendo que
se requiere obedecer la ley a cada ser humano, y que si la obediencia vicaria,
[en representación de otro], fuera aceptable a Dios entonces
deberían haber tantos fiadores separados como creyentes
que serían salvados. Lo que sería verdadero si el
"fiador" fuera solamente humano, pero puesto que el Fiador
provisto por Dios es el Dios-hombre Mediador, Su justicia es de
valor infinito, porque la ley fue más "honrada y
magnificada" por la obediencia del "Señor que es del cielo" que
si cada miembro de la raza humana la hubiese guardado perfectamente. La
justicia del Dios-hombre Mediador es de valor infinito, y por lo
tanto disponible para tantos como Dios se complace en imputarla,
[recordemos la directa y clara afirmación de 1 Juan 2:2 que
declara que Cristo "es la propiciación por nuestros pecados: y
no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el
mundo y 1 Tim. 4:10 afirma que Dios "es Salvador de todos los hombres,
mayormente de los que creen" es decir que potencialmente todos pueden
ser salvos aunque sólo lo son los que creen en Cristo como su
único Redentor].
El valor o mérito
de una acción aumenta en proporción a la dignidad de la
persona que la ejecuta, y quien obedeció en el lugar y en vez
del creyente no fue solamente un hombre santo, sino el Hijo del Dios
vivo. Además, nótese que la obediencia que Cristo
rindió a la ley fue enteramente voluntaria. Antes de Su
encarnación, Él no estaba obligado a guardar la
ley, porque Él mismo (siendo Dios) estableció esa ley. Su
existencia naciendo de una mujer y nacido bajo la ley fue enteramente un
acto libre de Su parte. Nosotros vinimos a la existencia y fuimos
puestos bajo la ley sin nuestro consentimiento; pero el Señor
del cielo existió antes de Su encarnación, y
asumió nuestra naturaleza por Su acción voluntaria: "He
aquí, vengo... El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha
agradado" (Sal. 40:7, 8). Ninguna otra persona podía usar un
lenguaje así, por éste claramente se muestra una libertad
para actuar o no actuar, que una simple criatura no posee. El ponerse a
sí mismo bajo la ley y obedecerla estuvo basado solamente en Su
propia acción voluntaria. Su obediencia fue por lo tanto una
"ofrenda voluntaria," y por lo tanto como Él no estaba obligado
a obedecer la ley por alguna obligación previa, ni de
ningún modo era necesario para sí mismo, ella está
disponible para ser imputada a otros, para que ellos pudieran ser recompensados
por esa obediencia.
Entonces, si el lector ha
sido capaz de seguirnos con atención en las observaciones hechas
arriba, debe estar claro para él que cuando la Escritura habla
de Dios "justificando al impío" el significado es que el pecador
creyente es traído a una totalmente nueva relación
con la ley; que como consecuencia de la justicia de Cristo
siéndole transferida, él es ahora librado de todo riesgo
de castigo, y le es dado un derecho a toda la recompensa merecida por
la obediencia de Cristo. Bendita, bendita verdad para alivio del
cristiano escrupuloso que diariamente gime bajo un sentimiento
de sus lamentables fallas y que se acongoja por causa de su falta de
semejanza práctica a la imagen de Cristo. Satanás
está siempre listo a avergonzar a uno como éste y le dice
que su profesión es vana. Pero es el privilegio del creyente
derrotarlo por "la sangre del Cordero" (Apoc. 12:11) –recordando
nuevamente que Otro ha pagado por todos sus pecados, y que a pesar de
sus innumerables defectos a pesar de todo permanece "acepto en el
Amado" (Ef. 1:6). Si yo estoy descansando verdaderamente en la obra
terminada de Cristo para mí, el Maligno no puede acusarme
exitosamente de nada delante de Dios, aunque si yo estoy andando
descuidadamente Él sufrirá que el maligno acuse mi
conciencia con pecados de los que no me arrepentí y que no
confesé [afectando mi comunión pero no mi
salvación].
En nuestro último
capítulo, tratando la naturaleza de la
justificación, vimos que los elementos constitutivos de esta
bendición divina son dos, uno que es de carácter
negativo, y el otro positivo. La bendición negativa es la
cancelación de la culpa, o la remisión de pecados
–el
registro completo de las transgresiones a la ley por parte del
creyente, mantenidas en el registro divino de las causas por juzgar, ha
sido borrado por la preciosa sangre de Cristo. La bendición
positiva es la concesión al creyente de un derecho a la recompensa
que no puede ser quitado y que la obediencia de Cristo ameritó
para él –aquella recompensa es la vida, el favor judicial
de
Dios, el cielo mismo. La sentencia inalterable de la ley es "el hombre
que hiciere estas cosas, vivirá por ellas" (Rom. 10:5).
Como leemos en Romanos 7:10, "el mandamiento, que era para vida."
Es exactamente tan verdadero que la obediencia a la ley aseguraba la
vida, como la desobediencia aseguraba la muerte. Cuando el joven
príncipe [también nombrado como el joven rico]
preguntó a Cristo, "¿qué bien haré para
tener la vida eterna?" Él contestó, "si quieres entrar en
la vida, guarda los mandamientos" (Mat. 19:16, 17).
Fue porque Su pueblo
falló en "guardar los mandamientos" que el Dios-hombre Mediador
fue "hecho súbdito a la ley," y los obedeció por ellos. Y
por lo tanto su recompensa de "vida" es debida a aquellos que
tenían a Él como Fiador; ¡sí!, debida a
Cristo mismo para ser concedida a ellos. Por lo tanto, cuando el Fiador
declaró "Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra
que me diste que hiciese" (Juan 17:4), recuerda al Padre que Él
le había dado al Hijo "la potestad para que dé vida
eterna a todos los que le diste" (v. 2). Pero más, sobre el
fundamento de la justicia, Cristo demanda que Su pueblo sea
llevado al cielo, diciendo, "Padre, aquellos que me has dado, quiero
que donde yo estoy, ellos estén también conmigo" (Juan
17:24) –Él reclama la vida eterna para Su
pueblo
sobre la base de Su obra terminada, como el premio a su
obediencia.
"Así que, de la
manera que por un delito vino la culpa a todos los hombres para
condenación, así por una justicia vino la gracia a todos
los hombres para justificación de vida" (Rom. 5:18). La
ofensa del primer Adán trajo la maldición de la ley
quebrantada sobre toda la raza humana; pero la reparación del
último Adán obtuvo la bendición de la ley cumplida
sobre todos los que Él representó. Juicio para
condenación es un término legal que significa muerte
eterna, la paga del pecado; el "don [o dádiva] gratuito" afirma
que una justificación por gracia es dada a todos sus
destinatarios –siendo "la justificación de vida"
la
consecuencia del don, paralelo con "reinarán en vida por uno,
Jesucristo" (v. 17). La sentencia de justificación adjudica y da
derecho a su destinatario a la vida eterna.
Habiendo ya considerado
las dos grandes bendiciones que llegan al creyente en su
justificación –libertad de la maldición de la ley
(la
muerte) y un derecho a la bendición de la ley (la vida)–
procuremos ahora echar una mirada sobre la fuente originaria de
la cual ella [la justificación] procede. Ésta es la
libre, pura soberana gracia de Dios: como está escrito
"siendo justificados gratuitamente por Su gracia" (Rom. 3:24).
¿Qué es la gracia? Es el favor de Dios inmerecido y no
influenciado, presentado para el indigno y merecedor del infierno: ni
mérito humano, ni obras ni buena voluntad, la atraen, ni la
falta de ellos la repele o la obstruye [estamos enteramente de acuerdo
con lo que el autor expresa de la gracia de Dios como fuente de la
justificación y su definición como favor absolutamente
inmerecido o desligado de nuestras obras y personas, pero no
compartimos el aspecto calvinista que la considera como irresistible,
es decir que Dios puede hacer que algunos la reciban sin posibilidad de
que puedan rechazarla, lo que parecería que el autor aquí
insinúa al final de la frase. Baste como apoyo escritural de
nuestro punto lo que declaró Esteban antes de su muerte diciendo
a sus perseguidores: "Duros de cerviz, e incircuncisos de
corazón y de oídos, vosotros resistís
siempre al Espíritu Santo: como vuestros padres, así
también vosotros" (Hech. 7:51). Igualmente claro es el
Señor Jesucristo cuando censurando a los fariseos dijo:
"¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que son enviados a ti! ¡cuántas veces quise
juntar tus hijos, como la gallina junta a sus pollos debajo de las
alas, y no quisiste!" (Mat. 23:37)]. ¿Qué
podría haber en mí para ganar la consideración
favorable de Aquél que es demasiado puro de ojos para ver la
maldad, y llevarle a justificarme? Nada; no, todo lo que había
en mí estaba dirigido para hacer que Él me aborrezca y me
destruya –mi misma justicia propia se esfuerza en ganar un lugar
en el
cielo mereciendo solamente un lugar más bajo en el infierno.
Entonces, si yo voy alguna vez a ser "justificado" por Dios
ello debe ser por pura gracia, y ella sola.
La gracia es la verdadera
esencia del Evangelio –la única esperanza para los hombres
caídos, el solo consuelo de los santos, [como el Nuevo
Testamento llama a todos los salvados y significa puestos aparte para
Dios], que pasan por muchas tribulaciones en su camino al reino de
Dios. El Evangelio es el anuncio de que Dios está preparado para
tratar con los rebeldes culpables sobre el fundamento del favor
gratuito, por pura bondad; el anuncio de que Dios borrará el
pecado, cubriendo al pecador creyente con un manto de justicia sin
mancha, y lo recibirá como un hijo aceptado: no a causa de algo
que él haya hecho o que alguna vez hará, sino por
misericordia soberana, actuando independientemente del propio
carácter del pecador y los merecimientos de castigo eterno. La
justificación es perfectamente gratuita para nosotros, no siendo
requerido nada a nosotros para ella, ni en el sentido del
precio y satisfacción [o pago] ni en el de preparación y
adecuación. No tenemos ni el más mínimo grado de
mérito para ofrecer como la base de nuestra aceptación, y
por lo tanto si Dios nos acepta debe ser a causa de la gracia sin
mezcla.
Es como "el Dios de toda
gracia" (1 Pedro 5:10) que Jehová justifica al impío. Es
como "el Dios de toda gracia" que Él busca, encuentra y salva a
Su pueblo: no pidiéndoles nada, dándoles todo. Esto es
notablemente presentado con la palabra "siendo justificados gratuitamente
por Su gracia" (Rom. 3:24), siendo el propósito de ese adverbio,
[gratuitamente], excluir toda consideración de algo en nosotros
o a partir de nosotros que sería la causa o condición de
nuestra justificación. Ese mismo adverbio griego es traducido
"sin causa" en Juan 15:25 –"sin causa me aborrecieron." El odio
del
mundo a Cristo fue "sin causa" en cuanto de Él
dependía: no había nada en Él que, en el
más mínimo grado, mereciera el rencor en Su contra: no
había nada en Él injusto, perverso o malvado; en cambio,
todo en Él era puro, santo, amable. Del mismo modo que, no hay
nada dentro de nosotros para producir la aprobación de Dios: por
naturaleza no hay "nada bueno" en nosotros; sino en cambio,
todo lo que es malvado, vil, aborrecible.
"Siendo justificados
gratuitamente por Su GRACIA." ¡Cómo revela esto al
verdadero corazón de Dios! Mientras que no había
motivo para moverle, afuera de sí mismo, había uno dentro
de sí mismo; mientras que no había nada dentro de
nosotros para impulsar a Dios para que nos justifique, Su propia gracia
lo movió, así que Él ideó un modo por el
cual Su maravilloso amor podría proveer la salida y el escape al
primero de los pecadores, al más vil de los rebeldes. Como
está escrito, "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por
amor de mí; y no me acordaré de tus pecados" (Isa.
43:25). ¡Maravillosa, incomparable gracia! No podemos ni por un
momento buscar fuera de la gracia de Dios algún motivo o
razón por el cual Él debería haberse fijado en
nosotros, menos aún tener consideración por tan
miserables impíos.
Entonces, la primer causa
impulsora, que inclinó a Dios a mostrar misericordia a Su pueblo
en su condición arruinada y perdida, fue Su propia maravillosa
gracia –no pedida, no influida e inmerecida por nosotros.
Él
podía con justicia habernos dejado completamente expuestos a la
maldición de Su Ley, sin proveernos ningún Fiador para
nosotros, como hizo con los ángeles caídos; pero tal fue
Su gracia para con nosotros que "aún a Su propio Hijo no
perdonó." "No por obras de justicia que nosotros habíamos
hecho, mas por Su misericordia nos salvó, por el lavacro de la
regeneración, y de la renovación del Espíritu
Santo; el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo
nuestro Salvador, para que, justificados por Su gracia, seamos
hechos herederos según la esperanza de la vida eterna" (Tito
3:5-7). Fue Su propio favor soberano y buena voluntad que movieron a
Dios a crear este maravilloso plan y método de
justificación.
Contra lo que ha sido
dicho arriba, ha sido objetado por los socinianos [partidarios de las
enseñanzas falsas de Socino] y sus imitadores que esto no puede
ser: si el pecador creyente es justificado sobre las bases de una
completa satisfacción [la reparación o el pago] que ha
sido hecha para Dios en favor de él por un fiador, entonces su
liberación de la condenación y su recepción dentro
del favor judicial de Dios debe ser un acto de pura justicia, y
por lo tanto no podría ser por gracia. O, si la
justificación fuera un acto de gracia divina, entonces
un fiador no puede haber obedecido la ley en lugar del creyente. Pero
esto es confundir dos cosas distintas: la relación de Dios con
Cristo el Fiador, y la relación de Dios conmigo el pecador. Fue
la gracia la que transfirió mis pecados a Cristo; fue la
justicia la que castigó a Cristo a causa de aquellos
pecados. Fue la gracia la que me destinó a la
bienaventuranza eterna; es la justicia para con Cristo la que
exige que yo disfrutaré lo que Él adquirió para
mí.
Hacia el pecador la
justificación es un acto de favor gratuito inmerecido; pero
hacia Cristo, como un Fiador del pecador, es un acto de justicia que la
vida eterna sería dada a aquellos por quienes fue hecha Su
satisfacción [el pago o la reparación] meritoria.
Primero, fue de pura gracia que Dios estuvo gustoso en aceptar
satisfacción de las manos de un fiador. Él podría
haber exigido el pago de la deuda en nuestras propias persona, y
entonces nuestra condición hubiera sido igualmente tan miserable
como la de los ángeles caídos, para quienes no fue
provisto un mediador. Segundo, fue por la maravillosa gracia que Dios
mismo proveyó un Fiador para nosotros, lo cual nosotros
no podríamos haber hecho. Las únicas criaturas que son
capaces de realizar una perfecta obediencia son los santos
ángeles, pero ninguno de ellos podría haber asumido y
saldado nuestras deudas, porque ellos no son semejantes a
nosotros, ya que no poseen la naturaleza humana, y por lo tanto son
incapaces de morir. Aún si un ángel se hubiese encarnado,
su obediencia a la ley no podría haber sido aprovechable por
todos los elegidos de Dios, porque ésta no hubiera
poseído valor infinito.
Nadie excepto una persona
divina tomando la naturaleza humana en unión con sí misma
podría presentar a Dios una satisfacción [el pago o la
reparación] adecuada para la redención de Su pueblo. Y
era imposible para los hombres haber hallado aquel Mediador y Fiador:
esto debe tener su surgimiento primero en Dios, y no desde nosotros:
fue Él quien "halló" un rescate (Job 33:24) y puso el
socorro sobre Uno que es "poderoso" (Sal. 89:19). Por último,
fue por la maravillosa gracia por la que el Hijo estuvo gustoso
en cumplir una obra semejante por nosotros, sin cuyo consentimiento la
justicia de Dios no podría haber exigido la deuda a Él. Y
Su gracia es más notable porque Él conoció de
antemano toda la indecible humillación y el sufrimiento
incomparable que encontraría en el cumplimiento de esta obra,
sin embargo eso no le hizo cambiar de opinión; ni
desconocía el carácter de aquellos por quienes lo hizo
–el culpable, el impío, el merecedor del infierno; sin
embargo
Él no retrocedió.
Ahora hemos llegado a un
punto en nuestra discusión de este importante tema donde es
oportuno que nos hagamos la pregunta: ¿Quiénes son
aquellos a los que Dios justifica? La respuesta a esta
cuestión necesariamente variará de acuerdo a la
posición mental en que nos situemos. Desde el punto de vista de
los decretos eternos de Dios la respuesta debe ser, los elegidos de
Dios: Romanos 8:33. Desde el punto de visto de los efectos
producidos por las operaciones vivificantes del Espíritu Santo
la respuesta debe ser, aquellos que creen: Hechos 13:39. Pero
desde el punto de vista de lo que son, considerados ellos en sí
mismos, la respuesta debe ser: los impíos: Romanos 4:5.
Las personas son las mismas, aunque contempladas en tres diferentes
relaciones. Pero aquí se presenta una dificultad: Si la fe es
esencial para la justificación, y si un pecador caído
debe ser vivificado por el Espíritu Santo antes que él
pueda creer, entonces ¿con qué propiedad puede una
persona regenerada, con la gracia espiritual de la fe ya en su
corazón, ser descripta como "impía"? [Recordemos que en
realidad la persona es regenerada simultáneamente con su
justificación y como consecuencia de ésta; siendo la
influencia del Espíritu Santo o el llamado que éste hace
al pecador para que se arrepienta de su maldad y crea en Cristo, una
obra que no debe identificarse con el nuevo nacimiento o
regeneración. Así como la Palabra de Dios dice que
"muchos son llamados, mas pocos escogidos" (Mat. 20:16) podemos decir
que todos los escogidos fueron llamados y respondieron positivamente al
llamado creyendo verdaderamente al Evangelio y entonces fueron
justificados y fueron regenerados siendo sellados con el
Espíritu Santo].
La dificultad
señalada arriba es autocreada. Ella surge de confundir cosas que
difieren completamente. Es el resultado de introducir el estado experimental
de la persona justificada, cuando la justificación constituye
únicamente su estatus [estado] judicial. Enfatizaremos
una vez más la vital importancia de mantener una
distinción absoluta en nuestras mentes entre los aspectos
objetivos y los aspectos subjetivos de la verdad, el legal y el
experimental: a menos que esto sea firmemente hecho, nada sino
confusión y error pueden marcar nuestro pensamiento. Cuando
contemplando lo que él es en sí mismo,
considerado solo, aún el cristiano clama lastimeramente:
"¡Miserable hombre de mí!"; pero cuando él se ve a
sí mismo en Cristo, como justificado de todas las cosas,
él triunfantemente exclama, "¿Quién podrá
acusarme?"
Arriba, hemos
señalado que desde el punto de vista de los decretos eternos de
Dios la cuestión "¿Quiénes son aquellos a quienes
Dios justifica?" debe ser contestada: "los elegidos." Y esto nos trae a
un punto en el cual algunos eminentes calvinistas han errado o, como
mínimo, se han mostrado a sí mismos en falta. Algunos de
los más antiguos teólogos, cuando expusieron esta
doctrina, contendieron por la eterna justificación de
los elegidos, afirmando que Dios los declaró justos antes de la
fundación del mundo, y que su justificación fue entonces
real y completa, permaneciendo así a través de su
historia en el tiempo, aún durante los días de su
irregeneración e incredulidad; y que la única diferencia
que hizo su fe fue hacer manifiesta en sus conciencias la
eterna justificación de Dios. Éste es un serio error, y
resulta (otra vez) de una falla en distinguir entre cosas diferentes.
Como un acto propio
de la mente de Dios, en la cual todas las cosas (las cuales son
para nosotros o pasadas, o presentes, o futuras) fueron conocidas por
Él, de los elegidos podría ser dicho que son justificados
desde toda la eternidad. Y, como un acto inmutable de la
voluntad de Dios, que no puede ser impedido, puede ser dicho lo mismo
nuevamente. Pero no como una sentencia real, formal, histórica,
pronunciada por Dios sobre nosotros. Debemos distinguir entre la mirada
de Dios sobre los elegidos según el propósito de
su gracia, y los objetos de la justificación [las personas] que
están bajo la sentencia de la ley: en el pasado, Él amó
a Su pueblo con un amor eterno (Jer. 31:3); en lo más reciente,
nosotros éramos "por naturaleza hijos de ira,
también como los demás" (Ef. 2:3). Hasta que ellos creen,
cada descendiente de Adán "ya es condenado" (Juan 3:18), y estar
bajo la condenación de Dios es lo verdaderamente opuesto de ser
justificado.
En su voluminoso tratado
sobre la justificación, el puritano Thomas Goodwin hace claras
algunas distinciones vitales, las cuales, si son cuidadosamente
observadas nos preservarán del error en este punto: "1. En el
pacto eterno. Podemos decir de toda bendición espiritual en
Cristo lo que es dicho de Cristo mismo, que sus 'salidas son desde la
eternidad'. Justificados, entonces, primeramente cuando fuimos
elegidos, pero no en nuestras propias personas, sino en nuestra Cabeza
[Cristo] (Ef. 1:3). 2. Existe un acto posterior de nuestra
justificación, que pasó de Dios a nosotros en Cristo, por
Su pago y cumplimentación en Su resurrección (Rom. 4:25,
1 Tim 3:16). 3. Pero estos dos actos de justificación
están enteramente fuera de nosotros, permanecen como actos en
Dios, y aunque ellos nos conciernen y son para nosotros, sin
embargo no son actos de Dios sobre nosotros, ellos son
realizados apuntando hacia nosotros no como realmente existiendo en
nosotros mismos, sino solamente como existiendo en nuestra Cabeza,
quien pactó para nosotros y nos representó: así
aunque por esos actos somos puestos en posesión de un
derecho y título para la justificación, todavía el
beneficio y la posesión de aquel estado los tenemos no sin un
último acto que los traspase a nosotros."
Antes de la
regeneración somos justificados por existir solamente en nuestra
Cabeza, como un feudatario [una clase de poseedor limitado], puesta en
depósito para nosotros, como niños menores de edad.
Además de lo cual "estamos por ser en nuestras propias personas,
aunque todavía lo seamos a través de Cristo, poseedores
de ella, y por tener todos los títulos y evidencias de ella
encargados a la custodia y aprehensión realizadas por nuestra
fe. Somos en nuestras propias personas hechos verdaderos propietarios y
disfrutamos de ella, lo cual es inmediatamente hecho en aquel instante
cuando nosotros primeramente creemos; tal acto (de Dios) es la
consumación y culminación de los dos anteriores, y es
aquella grande y famosa justificación por la fe, sobre la cual
la Escritura tanto inculca ¡note el 'ahora' en Romanos 5:9, 11;
8:1!... Dios hace de juez y declara a sus elegidos impíos y no
justificados hasta que ellos creen" (de la obra recién citada.)
Los elegidos de Dios
entran a este mundo exactamente en las mismas condiciones y
circunstancias en que entran los no elegidos. Ellos son "por naturaleza
hijos de ira, también como los demás" (Ef. 2:3),
es decir, que ellos están bajo la condenación de su
pecado original en Adán (Rom. 5:12, 18, 19) y están bajo
la maldición de la Ley de Dios a causa de sus propias constantes
transgresiones de ella (Gál. 3:10). La espada de la justicia
divina está suspendida sobre sus cabezas, y las Escrituras los
denuncian como rebeldes contra el Altísimo. Hasta aquí,
no hay nada para distinguirlos de aquellos que están "preparados
para destrucción." Su estado es angustiante hasta el
último grado, su situación peligrosa más
allá de lo que las palabras pueden expresar; y cuando el
Espíritu Santo les despierta del sueño de muerte, el
primer mensaje que llega a sus oídos es, "Huid de la ira que
vendrá." Pero como y hacia donde, todavía, no lo saben.
Entonces es que ellos están listos para el mensaje del Evangelio.
Volvamos ahora a la
más urgente respuesta a nuestra pregunta inicial,
¿Quiénes son aquellos a los que Dios justifica? Una clara
respuesta es dada en Romanos 4:5: "aquél que justifica al"
–a
quién? ¿al santo, al fiel, al fructífero? no, muy
por el contrario: "aquél que justifica al impío."
¡Qué palabra fuerte, osada, y sorprendente es ésta!
Ésta se hace todavía más enfática cuando
observamos lo que antecede: "Mas al que no obra, pero cree en
aquél que justifica al impío." Los sujetos de la
justificación, entonces, son vistos en sí mismos, aparte
de Cristo, no solamente desprovistos de una perfecta justicia, sino
como no teniendo obras aceptables en su cuenta. Ellos son
denominados, y considerados como impíos cuando la
sentencia de justificación es pronunciada sobre ellos. ¡El
mero pecador es el sujeto en el que la gracia es enaltecida,
para el cual la gracia reina en la justificación!
"Decir, el que no obra
es justificado a través de la fe, es decir que sus obras,
cualquiera ellas sean, no tienen influencia en su
justificación, ni tiene Dios, al justificarle, ninguna
consideración hacia ellas. Por lo cual solamente el que
no obra, es el sujeto de la justificación, la persona a ser
justificada. Es decir que Dios no considera las obras del hombre, ni
los deberes de obediencia del hombre, en su justificación;
viendo que somos justificados gratuitamente por su gracia"
(John Owen). Aquellos a quienes Dios justifica, en Su preciosa
misericordia, no son los obedientes, sino los desobedientes, ni
aquellos que han sido leales y amorosos súbditos de Su justo
gobierno, sino que ellos son quienes intrépidamente le
desafiaron y pisotearon sus leyes bajo sus pies. Aquellos a quienes
Dios justifica son los pecadores perdidos, encontrándose en un
estado de apartamiento de Él, bajo una pérdida de la
justicia original (en Adán) y por su propias transgresiones
declarados culpables delante de Su tribunal (Rom. 3:19). Ellos son esos
que por carácter y conducta no tienen reclamo sobre la
bendición divina, y no merecen nada sino un juicio sin
misericordia de la mano de Dios.
"Aquél que
justifica al impío." Es lamentable ver cuantos capaces
comentaristas han debilitado la fuerza de estas palabras afirmando que,
aunque el sujeto de la justificación es "impío"
hasta el tiempo de su justificación, él no es
así en el momento de la justificación misma. Ellos
argumentan que, puesto que el sujeto de la justificación es un
creyente en el momento de su justificación y que el creer
presupone la regeneración –una obra de la gracia divina
obrada
en el corazón– él no podría ser designado
"impío." [recordamos lo que dijimos sobre el hecho de que la
regeneración en realidad no es anterior a la
justificación como sí lo es el llamamiento, aunque lo que
dice el autor es cierto para la regeneración: la
regeneración no es la causa de nuestra justificación ni
deben confundirse]. Esta aparente dificultad es quitada inmediatamente
recordando que aquella justificación es enteramente un asunto legal
y de ningún modo algo experimental. Ante la vista de la Ley de
Dios cada uno a quien Dios justifica es "impío"
hasta que la justicia de Cristo es puesta sobre él. La terrible
sentencia de "impío" reposa como verdadera sobre la más
pura virgen tanto como sobre la más corrompida ramera hasta que
Dios atribuye a ella la obediencia de Cristo.
"Aquél que
justifica al impío." Estas palabras no pueden significar menos
que el hecho de que Dios, en el acto de la justificación, no
tiene ninguna consideración a alguna cosa buena existente en el
haber de la persona que Él justifica. Ellas declaran,
enfáticamente, que inmediatamente antes de aquel acto divino,
Dios considera al sujeto solamente como injusto, impío,
malvado, así que nada bueno, en o por la persona justificada,
puede ser con posibilidad la base o la razón por la cual
Él lo justifica. Esto además es evidente por las palabras
"al que no obra": que esto incluye no solamente las obras que la ley
ceremonial requería, sino todas las obras de moralidad y
santidad, surge del hecho de que a la misma persona de quien se dice
que "no obra" se la llama "impío." Finalmente, viendo que la fe
que pertenece a la justificación se dice aquí que es
"contada por (o "para") justicia," es claro que la persona a
quien le es imputada la "justicia", está destituida
de justicia en sí misma.
Un pasaje paralelo al que
ha estado recién delante nuestro es encontrado en Isaías
43. Allí oímos a Dios diciendo, "Yo, yo soy el que borro
tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus
pecados" (v. 25). ¿Y a quiénes Dios dice esto? ¿A
aquellos que se han esforzado sinceramente para agradarle? ¿A
aquellos que, aunque hayan sido ocasionalmente sorprendidos en alguna
falta, en lo esencial le han servido fielmente? No, ciertamente; muy
lejos de esto. En lugar de eso, en el contexto inmediato encontramos a
Él diciéndoles, "Y no me invocaste a mí, oh Jacob;
antes, de mí te cansaste, oh Israel. No compraste para mí
caña aromática por dinero, ni me saciaste con la grosura
de tus sacrificios; antes me hiciste servir en tus pecados, me has fatigado
con tus maldades" (vers. 22, 24). Ellos fueron, entonces,
enteramente "impíos"; aún a ellos el Señor
les declaró, "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones"
–¿porqué? ¿Por causa de algo bueno en o a
partir
de ellos? ¡No, "por amor de mí"!
Se encuentra una
confirmación adicional de lo que vimos sobre Romanos 4:5 tanto
en lo que inmediatamente le precede como en lo que le sigue. En los
versículos 1-3 se considera el caso de Abraham, y la prueba dada
de que él no fue "justificado por las obras," sino sobre
la base de la justicia que le fue imputada por su fe. "Entonces si una
persona de fe tan victoriosa, de sublime piedad, y de sorprendente
obediencia como la suya, no obtuvo aceptación con Dios a causa
de sus propias obras, sino por una justicia imputada,
¿quién pretenderá una participación en las
bendiciones celestiales, en virtud de sus propios sinceros esfuerzos, o
acciones piadosas? –acciones no apropiadas para ser mencionadas,
en
comparación con aquellas que adornaron la conducta y el
carácter del amigo de Jehová [Abraham]" (A.
Booth).
Habiendo mostrado que el
padre de todos los creyentes fue considerado por el Señor como
una persona "impía", no teniendo buenas obras en su haber en el
momento de su justificación, el apóstol luego citó
la descripción que hace David del hombre que es verdaderamente
bendecido. "¿Y cómo lo describe el rey salmista?
¿A qué atribuye él su aceptación delante de
Dios? ¿A una justicia propia, o a una justicia imputada?
¿Él se representa como llegando al estado de dicha, y
como disfrutando el precioso privilegio, como resultado de cumplir una
sincera obediencia, y de guardar la ley con todas sus fuerzas? No hay
tal cosa. Sus palabras son, 'Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades
son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el
varón al cual el Señor no imputó pecado' (vers.
7-8). El hombre bienaventurado es aquí descripto como uno que
es, en sí mismo, una criatura contaminada, y un criminal
culpable. Como uno que, antes de que la gracia hiciera la diferencia,
estaba en un mismo nivel con el resto de la humanidad; igualmente
indigno, e igualmente miserable: y el escritor sagrado nos informa que
toda su bienaventuranza proviene de una justicia imputada" (A.
Booth).
"Aquél que
justifica al impío." Aquí está el verdadero
corazón del Evangelio. Muchos han argumentado que Dios solamente
puede declarar justos, y tratarlos como tales a aquellos que son justos
en sí mismos; pero si esto fuera así, ¿qué
buenas noticias habrían para los hombres pecadores? Los enemigos
de la Verdad insisten en que sería una ficción judicial
si Dios declarara justos a quienes Su ley condena. Pero Romanos 4:5 da
a conocer un milagro divino: algo que solamente Dios
podría haber obtenido. El milagro anunciado por el Evangelio es
que Dios llega al impío con una misericordia que es justa, y a
pesar de toda su corrupción y rebelión, le permite a
través de la fe (sobre la base de la justicia de Cristo)
entrar a una nueva y bienaventurada relación con Él mismo.
Las Escrituras hablan de
misericordia, pero esta no es una misericordia que viene a compensar
los defectos y a perdonar los deslices de los virtuosos, sino una
misericordia que alcanza a través de Cristo al primero
de los pecadores. El Evangelio que proclama misericordia a
través del pago realizado por el Señor Jesús se
distingue de todo sistema religioso humano, por ofrecer
salvación al más culpable de la raza humana, por
la fe en la sangre del Redentor. El Hijo de Dios vino a este mundo no
solamente a salvar a pecadores, sino incluso al primero de los
pecadores, al peor de Sus enemigos. La misericordia es otorgada
gratuitamente al más violento y decidido rebelde. Aquí, y
solamente aquí, hay un refugio para el culpable. Si el
tembloroso lector es consciente de que es un gran pecador,
entonces esa es la verdadera razón por la que usted debe
venir a Cristo: cuanto mayores sean sus pecados, mayor es su necesidad
del Salvador.
Hay algunos que parece
que piensan que Cristo es un médico que puede curar solamente a
pacientes que no estén gravemente enfermos, que hay algunos
casos tan desesperados que son incurables, fuera de Su capacidad.
¡Qué afrenta a Su poder, qué negación de Su
suficiencia! ¿Dónde puede encontrarse un caso más
extremo que aquél del ladrón en la cruz? ¡Él
estaba realmente a punto de morir, al borde mismo del infierno! Un
criminal culpable, un bandido incorregible, condenado justamente
incluso por los hombres. Él había insultado al Salvador
sufriendo a su lado. Pero, al final, se volvió a Jesús y
le dijo: "Acuérdate de mí." ¿Fue su ruego
rechazado? ¿Consideró el Médico de las almas a su
caso como uno sin esperanza? No, bendito sea Su nombre, Él
inmediatamente le respondió "hoy estarás conmigo en el
paraíso." Sólo la incredulidad excluye al
más vil del cielo.
"Aquél que
justifica al impío." ¿Y cómo puede el tres
veces santo Dios hacer una cosa semejante justamente? Porque "Cristo
murió por los IMPÍOS" (Rom. 5:6). ¡La justa
gracia de Dios viene a nosotros por la obra del Señor
Jesús de guardar la ley, satisfacer la justicia y pagar el
pecado! Aquí, entonces, está la verdadera esencia del
Evangelio: la proclamación de la maravillosa gracia de
Dios, la declaración de la generosidad divina,
totalmente independiente del valor o del mérito humano. En la
gran Satisfacción [o pago] de Su Hijo, Dios ha hecho "que se
acerque SU justicia" (Isa. 46:13). "No necesitamos subir al cielo
para obtenerla; lo que implicaría que Cristo nunca bajó.
Ni necesitamos ir a lo profundo de la tierra; lo que
significaría que Cristo nunca fue enterrado y que nunca fue
levantado. Ella está cercana. No necesitamos esforzarnos
para acercarla, ni hacer nada para atraerla hacia nosotros. Ella está
cercana... La función de la fe no es obrar, sino cesar de
obrar, no es hacer algo, sino apropiarse de todo aquello que
está hecho" (A. Bonar).
La fe es el único
vínculo entre el pecador y el Salvador. La fe no es como una
obra, que debe ser apropiadamente hecha para habilitarnos para el
perdón. La fe no es como un deber religioso, que debe ser
ejecutado de acuerdo a ciertas reglas para motivar a Cristo a que nos
dé los beneficios de Su obra terminada. No, sino que la fe
simplemente es extendida como una mano vacía, para
recibir todo de Cristo a cambio de nada. Lector, usted puede ser el
verdadero "primero de los pecadores," pero su caso no es
irremediable. Usted puede haber pecado contra mucha luz, grandes
privilegios, excepcionales oportunidades; puede haber quebrantado cada
uno de los diez mandamientos con el pensamiento, palabras y obras; su
cuerpo puede estar lleno de padecimientos por la maldad, su cabeza
blanca con el invierno de la vejez; usted puede tener ya un pie en el
infierno; y aún ahora, si toma su lugar al lado del
ladrón moribundo, y confía en la eficacia divina
de la preciosa sangre del Cordero, usted será como un
tizón arrancado del fuego. Dios "justifica al impío.
¡Aleluya! Si Él no lo hiciera, este escritor hubiera
estado en el infierno hace mucho.
"Siendo justificados
gratuitamente por Su gracia" (Rom. 3:24); "justificados por Su sangre"
(Rom. 5:9); "justificados pues por la fe" (Rom. 5:1). Una
completa exposición de la doctrina de la justificación
requiere que cada una de estas expresiones sea interpretada en su
sentido escritural, y que sean combinadas en sus verdaderas relaciones
para formar un conjunto armonioso. A menos que estas tres frases sean
cuidadosamente distinguidas es seguro que habrá
confusión; a menos que las tres sean firmemente tenidas en
cuenta con seguridad caeremos en error. Se debe dar el valor debido a
cada una, pero ninguna debe ser entendida en una forma que su fuerza
anule a la de las otras. No es ésta de ninguna manera una tarea
simple, de hecho nadie excepto un verdadero maestro (el que es, un
teólogo espiritual) que ha dedicado una vida al estudio completo
de las Escrituras está calificado para esto.
"La justicia de Dios por
la fe de Jesucristo" (Rom. 3:22); "el hombre es justificado por
fe sin las obras de la ley" (Rom. 3:28); "también hemos
creído en Jesucristo, para que fuésemos justificados por
la fe de Cristo, y no por las obras de la ley" (Gál. 2:16).
¿Cuál es el lugar preciso y la influencia que tiene la fe
en los importantes asuntos de la justificación?
¿Cuál es la naturaleza exacta o la característica
de la fe que justifica? ¿En que sentido especial tenemos que
entender estas palabras de que somos "justificados por fe"?
¿y cuál es la conexión entre estas palabras y las
expresiones que afirman que somos "justificados por gracia" y
"justificados por la sangre de Cristo"? Éstos son
asuntos que requieren el mayor cuidado. La naturaleza de la fe que
justifica requiere ser bien definida para que su acción
particular sea correctamente vista, porque es fácil errar
aquí en perjuicio del honor y la gloria de Cristo, que no deben
ser dados a otro –no, ni siquiera a la fe misma.
Muchos que pretenden ser
maestros han errado en este punto, por la común tendencia de la
naturaleza humana de atribuirse a sí misma la gloria que
pertenece solamente a Dios. Mientras que han habido quienes rechazaron
la idea no bíblica de que podemos ser justificados delante de
Dios por nuestras propias obras, sin embargo no pocos de estos mismos
hombres prácticamente hacen de su propia fe un salvador. No
solamente algunos han hablado de la fe como si ella fuera una
contribución que Dios requiere del pecador para encaminarse a su
propia salvación –la última pizca que era necesaria
para
saldar el precio de su redención; sino que otros (que se
burlaban de los teólogos y se jactaban de su entendimiento
superior de las cosas de Dios) han insistido en que la fe misma es lo
que nos hace justos delante de Dios, considerando Él a la fe
como justicia.
Un lamentable ejemplo de
lo que acabamos de mencionar es lo que encontramos en los comentarios
sobre Romanos 4 por Mr. J. N. Darby, el padre de la Hermandad de
Plymouth: "Ésta fue la fe de Abraham. Él creyó la
promesa de que sería el padre de muchas naciones, porque Dios lo
dijo, confiando en el poder de Dios, glorificándole así,
sin poner en duda al mirar las circunstancias nada de lo que Él
le había dicho; por lo tanto esto también le fue
contado por justicia. Él glorificó a Dios de acuerdo a lo
que Dios era. Pero esto no fue escrito respecto de él solamente:
la misma fe será imputada a nosotros por justicia"
("Synopsis" vol. 4, p. 133 –las itálicas son puestas por
nosotros). El error que deshonra a Cristo que contienen estas
afirmaciones será expuesto más adelante en este
capítulo.
"¿Cómo
justifica la fe a un pecador ante la vista de Dios? Respuesta: La fe
justifica a un pecador ante la vista de Dios, no a causa de aquellas
otras gracias que siempre la acompañan, ni a causa de las buenas
obras que son frutos de ella, ni como si la gracia de la fe, o
algún acto de la misma, le fuera imputado para
justificación; sino que la fe es solamente como un
instrumento por el cual él recibe y se apropia de Cristo y
Su justicia" (Confesión de Fe de Westminster). Aunque esta
definición fue construida hace doscientos cincuenta años,
es por lejos superior a casi cualquier otra definición sobre el
tema encontrada en la literatura actual. Es más seguro hablar de
la fe como el "instrumento" antes que como la condición,
porque una "condición" es generalmente usada para significar que
por causa de esa condición se concede un beneficio. La fe no es
ni la base ni la sustancia de nuestra justificación, sino
simplemente la mano que recibe el regalo divino que se nos
ofrece en el Evangelio.
¿Cuál es el
lugar preciso y la influencia de la fe en el importante asunto de la
justificación? Los católicos responden, ella nos
justifica formalmente, no relativamente: esto significa, a
causa de su propio valor intrínseco. Ellos señalan que la
fe nunca está sola, sino "que obra por el amor" (Gál.
5:6), y por lo tanto su propia excelencia merece aceptación de
las manos de Dios [¡Cuán diferente es lo que establece
Dios en Romanos 4:16, 11:6!]. Pero la fe del mejor es débil y
deficiente (Lucas 17:5), y entonces nunca podría satisfacer la
ley, que requiere una perfección total. Si la justicia fuera
dada como un premio por la fe, su poseedor tendría motivo para
jactarse, lo que es expresamente contrario a lo dicho por el
apóstol en Romanos 3:26, 27. Además, un método de
justificación semejante frustraría enteramente la vida y
la muerte de Cristo, haciendo innecesario Su gran sacrificio. La fe no
es como una gracia espiritual que nos justifica, sino un
instrumento –la mano que aferra a Cristo.
En su relación con
la justificación, la fe no puede considerarse como una
obra virtuosa del corazón, ni como un principio de santa
obediencia: "Porque la fe, en relación con nuestra
justificación, no considera a Cristo como Rey, estableciendo
leyes, requiriendo obediencia, y venciendo a la depravación;
sino como un Sustituto, satisfaciendo los requerimientos de la Ley
divina, y como un Sacerdote expiando [o pagando] el pecado por Su
propia muerte en la cruz. Por lo tanto, en justificación leemos
de la 'fe igualmente preciosa... en la justicia de nuestro Dios y
Salvador Jesucristo' (2 Pedro 1:1) y de 'la fe en Su sangre' (Rom.
3:25), y los creyentes son descriptos como 'recibiendo por
Cristo la reconciliación' y como 'recibiendo el don de la
justicia' (Rom. 5:11, 17). Por lo tanto es evidente que la fe es
presentada como teniendo una relación inmediata a la obra
vicaria [en nuestro lugar] de Cristo, y que no es considerada
bajo la noción de obrar el bien o de cumplir una
obligación, sino de recibir un don gratuito" (A. Booth).
¿Cuál es la
relación de la fe con la justificación? La respuesta
Arminiana [perteneciente a un movimiento basado en las
enseñanzas de Jacobo Arminio] a la pregunta, un poco refinada
por la Hermandad de Plymouth, es que el acto de creer es
imputado a nosotros por justicia. Un error lleva a otro. Mr. Darby
negó que los Gentiles, [los no judíos], hubieran estado
alguna vez bajo la ley, por lo tanto él también
negó que Cristo obedeció la ley en lugar de Su pueblo, y
por esto como la obediencia vicaria, [en nuestro lugar], de Cristo no
es puesta a cuenta de Su pueblo, éste tuvo que buscar su
justicia en otro lugar, [fuera de Cristo]. Darby pretendió
encontrar este lugar en la fe de los cristianos, insistiendo en que su
acto de creer les es imputado a ellos "por justicia." Para darle
respetabilidad a su teoría, la revistió con el lenguaje
de varias expresiones encontradas en Romanos 4, aunque él
sabía muy bien que el griego [el idioma original en que
está escrito el Nuevo Testamento] no proporciona base alguna
para lo que construyó sobre esto.
En Romanos 4 leemos "su
fe le es contada por justicia" (v. 5), "a Abraham fue contada
la fe por justicia" (v. 9), "le fue atribuida por
justicia" (v. 22). Pero en cada uno de estos versículos la
preposición griega [que nosotros leemos traducida con la
preposición "por"] es "eis" que nunca significa "en el
lugar de," sino que siempre significa "para, a fin de que, con objeto
de": tiene una fuerza uniforme de "hacia." Su exacto significado y
fuerza es inequívocamente claro en Romanos 10:10, "con el
corazón se cree para ("eis") justicia": es decir que el
corazón creyente alcanza y permanece aferrado de Cristo mismo
"Este pasaje (Rom. 10:10) puede ayudarnos a entender lo que es la
justificación por la fe, aquí se muestra que la justicia
de Dios llega a nosotros cuando abrazamos la bondad de Dios que nos es
ofrecida en el Evangelio. Somos entonces, por esta razón, hechos
justos: porque creemos que Dios es propicio a nosotros por medio de
Cristo" (J. Calvino).
El Espíritu Santo
ha usado las preposiciones griegas con una precisión exacta.
Nunca Él emplea "eis" en conexión con el pago y el
sacrificio de Cristo en nuestro lugar, sino solamente "anti" o "huper,"
que significan en lugar de. Por otra parte, "anti" y "huper" nunca
son usadas en conexión con nuestra fe, porque la fe no es
aceptada por Dios en lugar de la perfecta obediencia. La fe
debe ser o la base de nuestra aceptación delante de Dios, o el
medio o instrumento por el cual llegamos a ser participantes de la
verdadera base meritoria, que es, la justicia de Cristo; la fe no
puede tener ambas relaciones con nuestra
justificación. "Dios justifica, no por imputar la fe en
sí, el acto de creer, sino por imputar la obediencia y la
satisfacción [o pago] de Cristo" (Catecismo de Westminster).
Que la fe misma no puede
ser la sustancia o la base de nuestra justificación es algo
claro por muchas consideraciones. La "justicia de Dios (es decir, la
satisfacción [o cumplimiento] de la ley que Cristo
realizó) se revela por fe" (Rom. 1:17) y entonces [esa
justicia] no puede ser la fe en sí. Romanos 10:10 declara "con
el corazón se cree para justicia" entonces esa justicia
debe ser una cosa distinta del creer. En Jeremías 23:6 leemos
"JEHOVÁ, justicia nuestra," entonces la fe no puede ser nuestra
justicia. No permitamos que Cristo sea destronado para exaltar a la fe
en Su lugar: que no se ponga al servidor por arriba del amo. "No
reconocemos justicia sino la que la obediencia y la satisfacción
[la reparación o el pago] que Cristo nos trajo: Su sangre, no
nuestra fe; Su satisfacción, no nuestro creer, es lo sustancial
de la justificación ante de Dios" (J. Flavel). ¡Qué
de alteraciones que hay en nuestra fe! ¡qué mezcla de
incredulidad en todos los tiempos! ¿Es éste un
fundamento sobre el cual construir nuestra justificación y
esperanza?
Quizás alguno
dirá: ¿No están las palabras de la Escritura
claramente del lado de Mr. Darby? ¿No afirma Romanos 4:5 "la fe
le es contada por justicia"? Nosotros respondemos: ¿Es el sentido
de la Escritura de su lado? Supongamos que yo me dedicara a probar que
David fue limpiado de la culpa por el "hisopo" [una planta] que crece
en las paredes: eso sonaría ridículo. Sí,
sin embargo, yo tendría las palabras explícitas
de la Escritura en mi apoyo: "Purifícame con hisopo, y
seré limpio" (Sal. 51:7), [como se hacía en la
purificación ceremonial de los leprosos que era un
símbolo del pecador limpiado por la sangre de Cristo (Lev.
14:1-7)]. A pesar de la claridad de estas palabras, ellas no me
ofrecerían la mínima apariencia concebible del sentido
y el espíritu de la Palabra de Dios. ¿Tiene acaso el hisopo
–un arbusto sin valor– alguna clase de aptitud para ocupar
el lugar de
la sangre del sacrificio, y para hacer un pago por el pecado? ¡No
mayor aptitud posee la fe para ocupar el lugar de la perfecta
obediencia, para actuar como nuestra justicia justificadora, o procurar
nuestra aceptación para con Dios!
Realmente es debida una disculpa a muchos de nuestros lectores,
por desperdiciar su tiempo con tales niñerías, pero les
pedimos que amablemente nos tengan paciencia. Esperamos que Dios pueda
agradarse en usar este escrito para exponer uno de los muchos craves
errores de Darby. Porque este error es ciertamente sumamente
"grave". Su enseñanza de que la fe del cristiano, en vez de la
obediencia vicaria (en nuestro lugar) de Cristo, le es contada por
justicia (Mr. W. Kelly, su principal colaborador, escribió: "su
fe (la de Abraham) en la palabra de Dios como la que él
ejerció y que le fue contada como justicia" –ver
el
artículo 5) hace a Dios culpable de una mentira total, porque
ello lo representa a Él como dando a la fe un valor falso–
el creyente no tiene justicia, entonces Dios considera a su pobre fe como
"justicia."
"Y creyó él
a Jehová, y contóselo por justicia" (Gen. 15:6). El punto
a ser decidido aquí es: ¿fue la fe de Abraham en
sí misma la que fue tomada en cuenta por Dios como justicia
(¡horrible idea!), o, fue la justicia de Dios en Cristo de la
cual la fe de Abraham anticipadamente se apropió? Los
comentarios del apóstol en Romanos 4:18-22 resuelven el punto de
una forma terminante. En estos versículos Pablo enfatiza las
imposibilidades naturales que se levantaban en el camino del
cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham de una descendencia
numerosa (la esterilidad tanto de su propio cuerpo como del de Sara), y
sobre la confianza implícita que él tuvo (a pesar de las
dificultades) en el poder y la fidelidad de Dios de que Él
cumpliría lo que prometió. Entonces, cuando el
apóstol agrega, "Por lo cual también le fue atribuido a
justicia" (v. 22), este "por lo cual" puede solamente significar:
Porque a través de la fe él perdió
completamente de vista a la naturaleza y al yo, y tuvo en cuenta
con indudable seguridad la suficiencia del brazo divino, y la certeza
de su obrar.
La fe de Abraham, querido
lector, fue nada más y no otra cosa que la
renunciación a toda virtud y fuerza en él , y una
dependencia con la confianza de un niño en Dios por lo que Él
era capaz y estaba gustoso de hacer. Lejos, muy lejos, estaba su fe de
ser un mero substituto para una "justicia" de la que él
carecía. Lejos, muy lejos estaba Dios de aceptar su fe en lugar
de una perfecta obediencia a Su Ley. En cambio la fe de Abraham fue la
acción de un alma que encontró su vida, su
esperanza, su todo en el Señor mismo. Y esto es
lo que la fe justificadora es: ella es "simplemente el instrumento por
el cual Cristo y Su justicia son recibidos para justificación.
Ella es el vacío llenado con la plenitud de Cristo; la
impotencia apoyada sobre la fuerza de Cristo" (J. L. Girardeau).
¿Cuál es la
relación de la fe con la justificación? Los antinomianos
[que no se sujetan a ninguna norma moral] y los hipercalvinistas
responden, que es meramente una relación de consolación o
de confianza. Su teoría es que los elegidos fueron realmente
justificados antes de la fundación del mundo [desde que fueron
predestinados], y todo lo que la fe ahora hace es hacer manifiesta
la justificación en sus conciencias. Este error fue apoyado por
hombres como W. Gadsby, J. Irons, James Wells, J.C. Philpot.
Está claro que este error no fue originado por estos hombres por
el hecho de que los puritanos ya lo habían rechazado en su
tiempo. "Por la fe sola obtenemos y recibimos el perdón de los
pecados; porque a pesar de cualquier acto anterior de Dios respecto a
nosotros en y por Cristo, verdaderamente no recibimos una
completa absolución liberadora del alma hasta que creemos" (J.
Owen). "Es en vano decir que soy justificado solamente respecto al
juicio de mi propia conciencia. La fe por la que Pablo y los otros
apóstoles fueron justificados, fue que por su creer en Cristo
ellos iban a ser justificados (Gál. 2:15, 16), y no una
creencia de que ellos ya estaban justificados; y por lo tanto no fue un
acto de reafirmación" (T. Goodwin, vol. 8). ¿Cómo
somos justificados por la fe? Habiendo dado una triple respuesta
negativa: no por la fe como una causa unida con obras (romanistas), no
por la fe como un acto de gracia en nosotros (arminianos), no por la fe
como la recepción del testimonio del Espíritu
(antinomianos); ahora damos la respuesta positiva. La fe justifica
solamente como un instrumento que Dios ha establecido para la
obtención y la aplicación de la justicia de Cristo.
Cuando decimos que la fe es el "instrumento" de nuestra
justificación, debe entenderse claramente que no queremos decir
que la fe es el instrumento con el cual Dios justifica, sino el
instrumento por medio del cual recibimos a Cristo. Cristo ha
ganado la justicia para nosotros, y la fe en Cristo es la que hace que
ante la vista de Dios la bendición adquirida sea asignada. La
fe une con Cristo, y estando unidos con Él somos poseedores
de todo lo que es en Cristo, tanto como sea compatible con nuestra
capacidad de recibir y la disposición de Dios para dar. Habiendo
sido hechos uno con Cristo en Espíritu, Dios ahora nos considera
legalmente uno con Él.
Somos justificados por
medio de la fe, y no por la fe; no por causa de lo que la
fe es, sino por causa de lo que la fe recibe. "Ella no
tiene eficacia por sí misma, sino como el vínculo de
nuestra unión con Cristo. Toda la virtud de limpieza procede de
Cristo el objeto [de nuestra fe]. Nosotros recibimos el agua con
nuestras manos, pero la virtud limpiadora no está en nuestras
manos, sino en el agua, pero el agua no puede limpiarnos si no la
recibimos; al recibirla unimos al agua con nosotros, y es la manera por
la cual somos limpiados. Y por eso se observa que nuestra
justificación por la fe siempre es expresada en voz pasiva,
no en la activa: somos justificados por medio de la fe, no que
la fe nos justifica. La eficacia está en la sangre de
Cristo; la recepción de ella está en nuestra fe" (S.
Charnock).
La Escritura no reconoce
que exista un incrédulo justificado. No hay nada meritorio en el
creer, pero es necesario para la justificación. No es solamente
la justicia de Cristo como imputada la que justifica, sino
también como recibida (Rom. 5:11, 17). La justicia de
Cristo no es mía hasta que yo la acepto como el regalo del
Padre. "El pecador creyente es 'justificado por la fe' sólo
instrumentalmente, así como él 'vive por el comer'
sólo instrumentalmente. El comer es el acto por el cual
él recibe y se apropia de la comida. Estrictamente hablando,
él vive solamente por el pan, no por el comer, o el acto de
masticar. Y, estrictamente hablando, el pecador es justificado
solamente por el sacrificio de Cristo, no por el acto de creer en
éste" (W. Shedd). En la aplicación de la
justificación la fe no es un constructor, sino un espectador; no
una causa, sino un instrumento; no hay nada para hacer, sino todo para
creer; nada para dar, sino todo para recibir.
Dios no ha seleccionado a
la fe para ser el instrumento de la justificación porque haya
alguna virtud particular en la fe, sino más bien porque no
hay mérito en ella: la fe es vacía en sí misma
–"Por tanto es por la fe, para que sea por gracia" (Rom.
4:16).
Un regalo es considerado como tal cuando no se requiere o acepta nada
de quien lo recibe, sino que éste simplemente lo recibe.
Sin importar otras característica que la fe puede poseer, ella
justifica simplemente por recibir a Cristo. Se nos dice que
somos justificados por el arrepentimiento, por el amor, o por alguna
otra gracia espiritual, esto transmite la idea de que algo bueno en
nosotros ha sido considerado la causa por la cual la bendición
fue otorgada; pero la justificación por la fe
(correctamente entendida) no transmite tal idea.
"La fe justifica en el
único sentido de que ella nos introduce en una
participación de la justicia de Cristo" (J. Calvino). La fe
justificadora es una mirada fuera del yo, un renunciamiento de mi
propia justicia, un aferrarse a Cristo. La fe justificadora consiste,
primero, de un conocimiento y la convicción de la verdad
revelada en la Escritura sobre este tema, segundo, en un abandono de
toda pretensión, reclamo o confianza sobre nuestra justicia
propia; tercero, en una confianza y una seguridad sobre la justicia de
Cristo, aferrándose a la bendición que Él
adquirió para nosotros. Esto es la aceptación y
aprobación del corazón del método de la
justificación propuesto en el Evangelio: por Cristo solamente,
procedente de la pura gracia de Dios, y excluyente de todo
mérito humano. "En Jehová está la justicia
y la fuerza" (Isa. 45:24).
Ninguno apreciará
en su experiencia la justicia de Cristo hasta que haya sido desnudado
en su experiencia por el Espíritu. Hasta que el Señor no
nos ponga en el fuego y queme nuestros inmundos harapos, y nos ponga
desnudos delante de Él, temblando desde la cabeza a los pies
viendo la espada de Su justicia suspendida sobre nuestras cabezas, no
valoraremos verdaderamente "la mejor vestidura." Hasta que no haya sido
aplicada por el Espíritu la sentencia condenadora de la ley
sobre la conciencia que haga gritar al alma, "¡Perdido, perdido!"
(Rom. 7:9, 10). Hasta que haya una comprensión personal de los
requerimientos de la Ley de Dios, un profundo sentimiento de nuestra
total inhabilidad para cumplir sus justas demandas, y una honesta
comprensión de que Dios sería justo en desterrarnos de Su
presencia para siempre, hasta entonces no es percibida por el alma la
necesidad de un precioso Cristo.
En
Romanos 3:28 el
apóstol Pablo declaró "el hombre es justificado por fe
sin las obras de la ley," y luego presenta el caso de Abraham para
probar su afirmación. Pero el apóstol Santiago, del caso
del mismo Abraham, saca otra conclusión bastante distinta,
diciendo, "Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las
obras, y no solamente por la fe" (Santiago 2:24). Ésta es una de
las "contradicciones en la Biblia" que los infieles citan en apoyo de
su incredulidad. Pero el cristiano, no obstante que encuentra
dificultoso armonizar pasajes aparentemente opuestos, sabe que no puede
haber ninguna contradicción en la Palabra de Dios. La fe
tiene una inconmovible certeza en la inerrancia de las Sagradas
Escrituras. La fe también es humilde y ora,
"Enséñame tú lo que yo no veo" (Job. 34:32). La fe
tampoco es perezosa, ella impulsa a su poseedor a una reverente
examinación y a una diligente investigación de lo que
desconcierta y deja perplejo, buscando descubrir el tema de cada libro
por separado, el objetivo de cada escritor, las conexiones de cada
pasaje.
Ahora bien, el
propósito del apóstol Pablo en Romanos 3:28 puede ser
claramente percibido por su contexto. Él está tratando
del gran asunto de la justificación de un pecador delante de
Dios: muestra que ésta no puede ser por las obras de la ley,
porque por la ley todos los hombres son condenados, y también
porque si los hombres fueran justificados sobre la base de sus propias
obras, entonces no podría ser excluido el orgullo. Él
afirma positivamente que la justificación es por gracia, por la
redención que es en Cristo Jesús. Su razonamiento se
hará tanto más contundente si se lee atentamente el
pasaje completo (Rom. 3:19-28). Puesto que los judíos
tenían un gran respeto por Abraham, el apóstol procede a
mostrar en el capítulo 4 de Romanos que Abraham fue justificado
de aquella misma manera –aparte de toda obra propia, por la fe
sola.
Por este método de justificación, el orgullo de la
criatura es menoscabado, y la gracia de Dios es magnificada.
Ahora bien, el
propósito del apóstol Santiago es muy diferente: su
Epístola fue escrita para contrarrestar un error totalmente
diferente. Los hombres caídos son criaturas de extremos: tan
pronto como son sacados del falso refugio de confiar en su propia
justicia, pasan al error opuesto y no menos peligroso de suponer que,
puesto que ellos no pueden ser justificados por sus propias obras, no
hay necesidad alguna de buenas obras, y no existe peligro
por vivir impíamente ni por practicar el pecado. Está muy
claro por el Nuevo Testamento mismo que muy poco después de que
el Evangelio fue libremente proclamado, surgieron muchos que
convirtieron la gracia de Dios en "disolución": así esto
no solamente fue rápidamente apoyado en teoría, sino que
pronto tuvo libre curso en la práctica. Por lo tanto el
propósito fundamental del apóstol Santiago fue mostrar la
gran perversidad y el tremendo peligro de la práctica de la
maldad y sostener la obligatoria necesidad de las buenas obras.
El apóstol
Santiago dedicó gran parte de su Epístola a desenmascarar
cualquier hueca profesión de fe. En su segundo capítulo,
especialmente, se dirige hacia aquellos que se apoyaban en una idea
que ellos llamaban "fe," considerando que una aceptación
intelectual de la verdad del Evangelio sería suficiente para su
salvación, aunque ello no tuviera una influencia espiritual
sobre sus corazones, temperamentos, o conducta. El apóstol
muestra que su esperanza era vana, y que su "fe" no era ni una
pizca superior a la que poseían los demonios. Por el ejemplo de
Abraham prueba que la fe justificadora es una cosa muy diferente de la
"fe" de los profesantes huecos, porque ésta lo hizo apto para
ejecutar el más dificultoso y más doloroso acto de
obediencia, inclusive el ofrecimiento de su único hijo sobre el
altar; acto que sucedió muchos años después de que
había sido justificado por Dios, y que manifestó
la realidad y naturaleza de su fe.
Por lo que ha sido dicho
arriba, sería muy evidente que la "justificación" de la
cual trata Pablo es totalmente diferente de la "justificación"
de la que trata Santiago. La doctrina de Pablo es que nada hace
aceptable a ningún pecador delante de Dios excepto la fe en el
Señor Jesucristo; la doctrina de Santiago es que una fe tal no
queda sola, sino que es acompañada con toda buena obra, y que
donde las buenas obras están ausentes, la fe que justifica no
puede existir. Santiago es insistente en que no es suficiente decir
que tengo la fe que justifica, yo debo dar prueba de la misma
exhibiendo aquellos frutos que el amor a Dios y el amor hacia los
hombres necesariamente producen. Pablo escribe de nuestra
justificación delante de Dios, Santiago de nuestra
justificación delante de los hombres. Pablo trata de la
justificación de las personas; Santiago, de la
justificación de nuestra profesión [de fe]. Lo
primero es por la fe sola; lo otro es por una fe que obra por el amor y
produce obediencia.
Ahora bien, es de
importancia principal que las distinciones arriba mencionadas sean
claramente comprendidas. Cuando los teólogos cristianos afirman
que el pecador es justificado por la fe sola, no quieren decir
que la fe exista de forma solitaria en la persona justificada,
porque la fe que justifica siempre está acompañada
por todas las otras gracias que el Espíritu imparte en nuestra
regeneración; ni tampoco quieren decir que nada más es
requerido para que recibamos el perdón de Dios, porque Él
requiere arrepentimiento y conversión así como la fe
(Hech 3:19) [el arrepentimiento y la conversión son inseparables
de la fe verdadera, porque nadie puede confiar en la obra de Cristo en
su lugar sin que a la vez se considere a sí mismo como un
pecador que reconoce que sus obras y su persona son malas delante de
Dios, lamentándose por ello y deseando de todo corazón
cambiar su condición]. No, mas bien lo que ellos quieren decir
es que nada más hay en los pecadores en sí mismos a lo
cual se le atribuya en las Escrituras la justificación: nada
más es requerido de ellos o existe en ellos que esté en la
misma relación con la justificación como lo
está la fe, o que ejerza alguna influencia como causa o alguna
eficacia de instrumentalidad en producir el resultado de ser
justificado (Condensada de Cunningham).
Por otro lado, aquella fe
que justifica no es un principio ocioso e inoperante, sino uno que
purifica el corazón (Hech 15:9) y obra por el amor (Gál.
5:6). Ésta es la fe que puede ser fácilmente distinguida
de aquella fe mental del profesante hueco. Sobre esto es que
tan enfáticamente insiste el apóstol Santiago. El tema
de esta Epístola no es la salvación por gracia y la
justificación por la fe, sino el examen de aquellos que
pretenden tener fe. Su intención no es mostrar la base
sobre la cual los pecadores son aceptados delante de Dios, sino hacer
conocido lo que evidencia un pecador que ha sido justificado.
Él insiste en que el árbol es conocido por sus frutos,
que una persona justa es una que camina por sendas de justicia.
Él declara que el hombre que no es un hacedor de la
Palabra, sino "solamente oidor," es autoengañado, sin
conocimiento. Cuando Dios justifica a un hombre, Él
también lo santifica: las dos bendiciones son inseparables,
nunca se encuentran separadas.
Si no son claramente
vistos el tema y el propósito de la Epístola de Santiago,
la percepción de muchas de sus afirmaciones puede solamente
resultar en un error que deshonra a Dios, que repudia su gracia, que
destruye a las almas. A esta porción de la Palabra de Dios,
más que a ninguna otra, han apelado los legalistas en su
oposición a la gran verdad de la justificación por
gracia, a través de la fe, sin obras. Ellos se han dirigido a
las declaraciones de esta Epístola para hallar apoyo de su error
que insulta a Cristo, que exalta al hombre, que repudia al Evangelio
con la justificación por las obras humanas. Mercaderes de
méritos de toda clase citan a Santiago capítulo 2 con el
propósito de dejar a un lado todo lo que es enseñado en
otra parte en las Escrituras sobre el tema de la justificación.
Los romanistas, y sus medio hermanos los arminianos, citan "Vosotros
veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no
solamente por la fe" (v. 24), y suponen que concluye toda
discusión.
Nos proponemos ahora
dedicarnos a Santiago 2:14-26 y ofrecer algunos comentarios sobre este
pasaje. "Hermanos míos, ¿qué aprovechará si
alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe
salvarle?" (v. 14). Observe cuidadosamente que el Apóstol no
pregunta aquí, "¿Qué aprovechará si alguno tiene
fe y no tiene obras?" –semejante suposición no es
apoyada en
ninguna parte por la Palabra de Dios: sería suponer la
imposibilidad de que allí donde existe fe real,
necesariamente siguen las buenas obras. No, en cambio él
pregunta, "Hermanos míos, ¿qué aprovechará
si alguno (no "uno de ustedes!") dice que tiene fe"?
Profesando ser un cristiano cuando un hombre no lo es, puede asegurarse
un lugar entre los hombres, mejorar su prestigio moral y social,
obtener membresía en un " iglesia," y promover sus intereses
comerciales; ¿pero puede salvar su alma?
No es que esos
profesantes vacíos que se llaman a sí mismos cristianos
sean todos (aunque muchos probablemente sí) hipócritas
conscientes, más bien ellos son almas engañadas, y la
cosa trágica es que en la mayoría de los lugares no hay
nada en la predicación que sirva para desengañarlos;
en cambio, hay solamente lo que los mantiene en su engaño. Hay
un grupo grande en la cristiandad hoy que está satisfecho con
una profesión vacía. Ellos han oído exponerse
algunos de los principios de la fe cristiana, y han dado un
asentimiento intelectual de éstos, y ellos han fallado en aquello
que es para un conocimiento salvador de la Verdad. Sus mentes
están instruidas, pero sus corazones no están alcanzados,
ni sus vidas transformadas. Ellos todavía son mundanos en sus
emociones y costumbres. No hay un auténtico sometimiento a Dios,
ni santidad en el andar, ni fruto para la gloria de Cristo. Su "fe" es
absolutamente de ningún valor; su profesión es vana.
"Hermanos míos,
¿qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no
tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?" Nótese el
énfasis en la palabra "dice," percibimos en seguida que Santiago
está argumentando contra aquellos que sustituyeron a la
totalidad de la religión evangélica por una creencia
teórica del Evangelio, y contra quienes contestaban a todas las
exhortaciones y reprobaciones diciendo, "Nosotros no somos justificados
por nuestros obras, sino a través de la fe sola." Él por
lo tanto comienza preguntando ¿qué ganancia hay en
profesar ser un creyente, cuando un hombre está desprovisto de
la verdadera piedad? La respuesta es, ninguna en absoluto. Meramente decir
que tengo fe cuando soy incapaz de recurrir a ninguna buena obra y
frutos espirituales como la evidencia de ella, no beneficia ni
al hablante ni a aquellos que escuchan su vacío discurso. La
habilidad para hablar de una manera ortodoxa sobre las doctrinas del
cristianismo es una cosa inmensamente diferente a la
evidenciación de la fe.
"Y si el hermano o la
hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de
cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y
hartaos; pero no les diereis las cosas que son necesarias para el
cuerpo: ¿qué aprovechará?" (vers. 15, 16).
Aquí el apóstol muestra por una ilustración
contrastante la inutilidad absoluta del hablar hermoso que no
está acompañado por hechos prácticos:
nótese el "les dice: Id en paz" etc. ¿Cuál
es el uso y el valor de fingir ser caritativo cuando son negadas las obras
de amor? Ninguno en absoluto: los estómagos vacíos no son
llenados por palabras benévolas, ni tampoco son vestidas las
espaldas desnudas por buenos deseos. Ni el alma es salvada por una
hueca profesión del Evangelio.
"La fe que obra por el amor"
(Gál. 5:6). El primer "fruto del Espíritu," que es de la
nueva naturaleza en el alma regenerada, es "amor" (Gál.
5:22). Cuando la fe ha sido de verdad producida en el corazón
por el Espíritu Santo, esa fe se manifiesta en amor
–amor hacia Dios, amor hacia Sus mandatos (Juan 14:23), amor
hacia los
hermanos, amor hacia nuestros semejantes. Por lo tanto probando
la "fe" del profesante vacío, el apóstol en seguida pone
a prueba su amor. Mostrando la hipocresía de su amor,
él demuestra la falta de valor de su "fe". ¡"Mas el que
tuviere bienes de este mundo, y viere a su hermano tener necesidad, y
le cerrare sus entrañas, ¿cómo está el amor
de Dios en Él?" (1 Juan 3:17)! El amor Genuino es operativo;
así es la fe genuina.
"Así
también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí
misma" (Santiago 2:17). Aquí el apóstol aplica la
ilustración que ha empleado en el caso delante suyo, demostrando
la inutilidad de una "fe" sin vida e inoperante. Incluso nuestros
semejantes rápidamente denunciarían como sin valor un
"amor" que fuera abundante en las palabras pero falto en obras. Las
personas no regeneradas no son engañadas por aquellos que hablan
benignamente al indigente, pero que se niegan a atender sus
necesidades. ¿Y piensas tú, mi lector que el Dios
omnisciente será engañado por una profesión
vacía? ¿No ha dicho Él? "¿Por qué me
llamáis, Señor, Señor, y no hacéis
lo que digo? " (Lucas 6:46).
Aquella "fe" que
sólo es de labios y no es confirmada por la evidencia en la
vida, es inútil. No importa cuan claro y acertado puede ser mi
conocimiento de la Verdad en mi cabeza, no importa cuan buen hablador
sobre las cosas Divinas soy, si mi andar no es controlado por los
mandatos de Dios, entonces soy solamente "como metal que resuena, o
címbalo que retiñe". "La fe, si no tuviere obras, es
muerta en sí misma". No es una fe viviente y fructífera,
como la fe del elegido de Dios, sino una cosa que es absolutamente sin
valor –"muerta." Está "sola," es decir, separada del amor
a Dios
y a los hombres y de cada santa emoción. ¡Cómo
podría nuestro santo Señor aprobar semejante
"fe"! Como las obras sin la fe son "muertas" (Heb. 9:14), así
una "fe" que es sin "obras" es una fe muerta.
"Pero alguno dirá:
Tú tienes fe, y yo tengo obras: muéstrame tu fe sin tus
obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras" (Santiago 2:18).
Aquí el verdadero cristiano desafía al profesante
vacío: Usted pretende ser un creyente, pero deshonra el nombre
de Cristo por su andar mundano, así que no espere que los
verdaderos santos lo consideren como un hermano hasta que usted muestre
su fe en las obras buenas de una vida santa. La palabra enfática
en este versículo es "muéstrame" –se exige una
prueba:
demuestra que tu fe es genuina. Las acciones hablan más fuerte
que las palabras: a menos que nuestra profesión puede soportar esa
prueba es sin valor. Solamente la verdadera santidad de corazón
y vida apoya una profesión de estar justificado por la fe.
"Tú crees que Dios
es uno; bien haces: también los demonios creen, y tiemblan" (v.
19). Aquí el Apóstol se anticipa a una objeción:
¡Yo realmente creo en el Señor! Muy bien,
así también hacen los demonios, pero ¿cuál
es el fruto su "creer"? ¿Influye éste en sus corazones y
vidas, transforma su conducta hacia Dios y hacia los hombres? No lo
hace. ¡Entonces cuál es el valor de su "creer"!
[También puede notarse que la fe de estos profesantes siendo
como la fe que los demonios poseen, nunca puede ser la fe que
confía en Cristo como su Salvador sino que es solamente un
reconocimiento de la existencia de Dios y un temor a Él].
"¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es
muerta?" (v. 20): "vano" significa "vacío," exponiendo la vaciedad
de uno que pretende ser justificado por la fe a pesar de la falta de
evidencia de un andar obediente.
"¿No fue
justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció
a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe obró
con sus obras, y que la fe fue perfecta por las obras?" (vers. 21, 22).
La fe que reposa en Cristo no es ociosa, sino un principio activo y
fructífero. Abraham había sido justificado muchos
años antes (Gén. 15:6); la ofrenda de Isaac (Gén.
22) fue el testimonio visible de su fe y la manifestación de la
sinceridad de su profesión. "La fe fue perfecta por las
obras" quiere decir, en la obediencia real alcanza su finalidad
prevista, el propósito para el que fue dada es cumplido. "Hecha
perfecta" también significa revelada o hecha conocida
(ver 2 Cor. 10:9).
"Y fue cumplida la
Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue imputado a
justicia, y fue llamado amigo de Dios" (Santiago 2:23). La "Escritura"
aquí es el testimonio de Dios a Abraham en Génesis 15:6:
ese testimonio fue "cumplido" o verificado cuando Abraham dio la
demostración suprema de su obediencia a Dios. Ser informados aquí
que Abraham fue "llamado amigo de Dios" está en una
hermosa concordancia con el tenor de todo este pasaje, como está
claro de una comparación con Juan 15:14: "Vosotros sois mis
amigos, si hiciereis las cosas que yo os mando."
"Vosotros veis, pues, que
el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe"
(Santiago 2:24). En el "Vosotros veis, pues" el apóstol saca su
"conclusión" de lo anterior. Es por "las obras," por los actos
de obediencia absoluta al mandato Divino, tal como Abraham hizo
–y no
por una mera "fe" del cerebro y los labios– que nosotros justificamos
nuestra profesión de ser creyentes, que nosotros demostramos
nuestro derecho a ser considerado como cristianos.
"Asimismo también
Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando
recibió los mensajeros, y los echó fuera por otro
camino?" (v. 25). ¿Por qué traer el caso de Rahab?
¿No era el ejemplo de Abraham contundente y suficiente? Primero,
porque son requeridos "dos testigos" para que la verdad sea
"establecida" –comparar con romanos 4:3, 6. Segundo, porque,
podría objetarse que el caso de Abraham era tan excepcional que éste
no podría ser ningún criterio por el cual medir a otros.
Muy bien: Rahab era una pobre gentil, una pagana, una ramera; pero ella
también fue justificada a través de la fe (Heb. 11:31), y
después demostró su fe por "obras"
–recibiendo a
los espías con el riesgo inminente de su propia vida.
"Porque como el cuerpo
sin espíritu está muerto, así también la fe
sin obras es muerta" (Santiago 2:26). Aquí está el
resumen: un cadáver sin respiración y una fe sin valor
son igualmente inútiles como en todas los muertes de la vida
natural y la vida espiritual. Así el apóstol ha mostrado
concluyentemente la inutilidad del ropaje de la ortodoxia cuando es
usado por profesantes sin vida. Él ha expuesto totalmente el
error de aquéllos que descansan en una hueca profesión
del Evangelio –como si ésta pudiera salvarlos,
cuando la
disposición de sus mentes y el tenor de sus vidas era
diametralmente opuesta a la religión santa que ellos profesaban.
Un corazón santo y un andar obediente son la evidencia
escritural de haber sido justificados por Dios.
La justificación
del creyente es absoluta, completa, final. "Dios es el que
justifica" (Rom. 8:33), y "He entendido que todo lo que Dios hace, esto
será perpetuo: sobre aquello no se añadirá, ni
de ello se disminuirá" (Ecl. 3:14). Tan absoluto e inconmovible
es este bendito hecho que, en Romanos 8:30 se nos dice, "y a los que
justificó, a éstos también glorificó":
obsérvese que no es simplemente una promesa de que Dios luego
"glorificará," sino tan seguro y cierto es aquel evento dichoso,
que es usado el tiempo pasado. "A éstos también
glorificó" está hablando desde el punto de vista del
propósito eterno e inalterable de Dios, respecto al cual no hay
en absoluto ninguna condicionalidad ni incertidumbre. Ser "glorificado"
es ser conformado perfectamente a la preciosa imagen de Cristo, cuando
lo veamos a Él como Él es y seamos hechos como Él
(1 Juan 3:2). Porque Dios ha determinado esto, habla de esto como ya
cumplido, porque Él "llama las cosas que no son, como si fueran"
(Rom. 4:17).
Para el creyente, el lado
penal de la cuestión del pecado ha sido resuelta de una vez y
para siempre. Su caso ha sido juzgado en la corte suprema, y Dios lo ha
justificado: como consecuencia de ello la decisión Divina es
"Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están
en Cristo Jesús" (Rom. 8:1). Antes esas mismas personas estaban
bajo la condenación –"ya es condenado" (Juan 3:18); pero ahora
que su fe los ha unido a Cristo no hay ninguna
condenación. La deuda de su pecado ha sido pagada por su gran
Fiador; el registro de éste ha sido "borrado" por Su sangre
purificadora. "Dios es el que justifica. ¿Quién es el que
condenará?" (Rom. 8:33, 34). ¡Quién cambiará
Su decisión! ¿Dónde está aquel
tribunal superior adonde pueda ser llevada esta causa? La justicia
eterna ha pronunciado su mandato; el juicio inmutable ha grabado su
sentencia.
Es total y absolutamente
imposible que la sentencia del Juicio Divino jamás sea derogada
o cambiada. Su sentencia de justificación resulta de y descansa
sobre una completa satisfacción [o pago] que ha sido ofrecida a
Su Ley, y aquella satisfacción descansa en el cumplimiento de un
compromiso del pacto. Así es evitada eficazmente la
anulación del veredicto. El Padre estipuló librar a Sus
elegidos de la maldición de la ley con la condición de
que el Hijo cumpliría las demandas de la justicia contra ellos.
El Hijo libremente obedeció la voluntad de Su Padre: "He
aquí, vengo". Él fue entonces nacido bajo la ley,
cumplió la ley, y sufrió el castigo total de la ley; por
consiguiente Él verá de la fatiga de Su alma y
será satisfecho. Los rayos de la omnipotencia romperían a
la Roca de los Siglos [Cristo] antes de que aquellos refugiados en
Él fueran traídos de nuevo bajo la condenación.
¡Cuán tan,
pero tan lejos de la gloriosa verdad del Evangelio está el mero
perdón condicional con el que los arminianos representan
a Dios como dándolo a aquellos que vienen a Cristo –un
perdón que puede ser anulado, sí, que será
cancelado a menos que ellos "hagan su parte" y cumplan ciertas
estipulaciones! ¡Qué deformación horrible y
blasfema de la Verdad es ésta! –un error que debe ser
resistido
firmemente no importa quien lo sostenga: es mucho mejor herir los
sentimientos de un millón de criaturas semejantes a nosotros que
desagradar al augusto Creador de ellas. Dios no ha hecho depender la
justificación de Su pueblo sobre una base tan incierta como lo
es nuestro cumplimiento de ciertas condiciones. No solamente
hay "ahora ninguna condenación" permaneciendo sobre el
creyente, sino que nunca la habrá, porque
"Bienaventurado el varón al cual el Señor no
imputó pecado" (Rom. 4:8).
La terrible sentencia de
la ley, "ciertamente morirás", no puede en justicia ser
ejecutada sobre el Fiador del pecador y tampoco sobre él mismo.
Así por una necesidad existente en la misma naturaleza del
gobierno moral, debe resultar que el pecador creyente sea
librado de toda condenación, es decir, tan librado de la misma
que es elevado sobre todo riesgo de castigo. Así lo
declaró nuestro mismo bendito Salvador, en palabras demasiado
simples y enfáticas para admitir ninguna equivocación:
"De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me
ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a
condenación, mas pasó de muerte a vida" (Juan 5:24).
Aquél, cuyo trono se asienta en "justicia y juicio," ha sellado
para siempre a esta declaración, afirmando "no te dejaré,
ni te desampararé". La espada de la justicia partiría el
yelmo [o casco] del Omnipotente antes que cualquier alma Divinamente
perdonada pudiera perecer.
Pero no solamente son
remitidos [perdonados] eternamente los pecados de todos los que de
verdad vienen a Cristo, sino que la misma justicia del Redentor pasa a
ellos, es puesta sobre ellos, para que se impute a su cuenta una
obediencia perfecta a la ley. Ésta es de ellos, no en promesa,
sino como don (Rom. 5:17), por una concesión presente y real. No
es que Dios simplemente los trate como si ellos fueran justos, ellos son
justos y así son declarados por Él. Y por consiguiente
cada alma creyente puede exclamar, "En gran manera me gozaré en
Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me
vistió de vestidos de salud, rodeóme de manto de
justicia, como a novio me atavió, y como a novia compuesta de
sus joyas" (Isa. 61:10). Oh que cada lector cristiano pueda ser
capacitado para claramente y fuertemente mantenerse aferrado a este
hecho glorioso: que él es ahora verdaderamente justo ante la
vista de Dios, está en posesión real de una obediencia
que deja satisfecha a cada demanda de la ley.
Esta bendición
indescriptible no sólo es dada por la admirable gracia de Dios,
sino que es realmente requerida por Su justicia inexorable.
Esto también fue estipulado y acordado en el pacto en el que el
Padre entró con el Hijo. Esto es por lo que el Redentor
vivió aquí sobre la tierra por más de treinta
años antes de que fuera a la cruz para sufrir el castigo de
nuestros pecados: Él asumió y descargó nuestras
responsabilidades; como un niño, como un joven, como un hombre,
Él dio hacia Dios aquella obediencia perfecta que nosotros le
debíamos. Él "cumplió toda justicia" (Mat. 3:15)
por Su pueblo, y así como el que no conoció pecado se
hizo pecado por ellos, así ellos ahora son hechos "justicia de
Dios en Él" (2 Cor. 5:21). Y por consiguiente hace declarar a
Jehová, "Porque los montes se moverán, y los collados
temblarán; mas no se apartará de ti mi
misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, dijo
Jehová, el que tiene misericordia de ti" (Isa. 54:10).
Por realmente creer con una fe que justifica el
pecador recibe
al propio Cristo, se une a Él, y se vuelve inmediatamente un
heredero de Dios y coheredero con Cristo. Esto le da un derecho hacia y
una participación en los beneficios de Su mediación. Por
la fe en Cristo él recibió no sólo el
perdón de pecados, sino también una herencia entre todos
aquellos santificados (Hechos 26:18), el Espíritu Santo (dado a
él) es "las arras [garantía] de nuestra herencia" (Ef.
1:13, 14). El pecador creyente puede decir ahora "en Jehová
está la justicia" (Isa. 45:24). Éste está "completo
en Él" (Col. 2:10), porque por "una ofrenda" el Salvador hizo "perfectos
para siempre a los santificados" (Heb. 10:14). El creyente ha sido
"acepto en el Amado" (Ef. 1:6), y permanece ante el trono de Dios
vestido en un ropaje más excelente que aquel que es llevado por
los santos ángeles.
¡Cuán
infinitamente sobrepasa el Evangelio glorioso de Dios los empobrecidos
pensamientos y artilugios de los hombres! Cuan inmensamente superior es
aquella "justicia de los siglos" que Cristo ha traído (Dan.
9:24) a aquella cosa miserable que las multitudes están buscando
producir por sus propios esfuerzos. Mucho mayor que la diferencia entre
la luz brillante del sol del mediodía y la oscuridad de la noche
más oscura, es aquella entre esa "mejor vestidura" (Lucas 15:22)
que Cristo ha forjado para cada uno de los de Su pueblo y esa miserable
cubierta que los celosos religiosos están intentando tejer con
los sucios trapos de su propia justicia. Igualmente grande es la
diferencia entre la verdad de Dios acerca de la presente e inmutable
permanencia de Sus santos en toda la aceptabilidad de Cristo, y la
perversión horrible de los arminianos que hace incierta a la
aceptación ante Dios basada en la fidelidad y perseverancia del
creyente, quienes suponen que el cielo puede ser adquirido por las
obras y acciones de la criatura.
No es que el alma
justificada es ahora dejada sola, de manera tal que ella está
segura de conseguir al cielo sin importarle como se comporta –el
error
fatal de los antinomianos. Ciertamente no. Dios también le da el
bendito Espíritu Santo, quien obra dentro suyo el deseo de
servir, complacer, y glorificar a Uno que ha sido tan misericordioso
para con ella. "Porque el amor de Cristo nos constriñe... para
que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que
murió y resucitó por ellos" (2 Cor. 5:14, 15). Ahora
ellos "según el hombre interior, se deleitan en la ley de Dios"
(Rom. 7:22), y aunque la carne, el mundo, y el Diablo se oponen a cada
paso del camino, ocasionando muchas tristes caídas –de las
cuales están arrepentidos, son confesadas, y abandonadas–
no
obstante el Espíritu los renueva día a día (2 Cor.
4:16) y los lleva por los caminos de rectitud para causa del nombre de
Cristo.
En el último
párrafo se encontrará la respuesta a aquellos que objetan
que la predicación de la justificación por la justicia
imputada de Cristo, aprehendida por la fe sola, animará al
descuido y fomentará al libertinaje. Aquellos a quienes Dios
justifica no quedan en su condición natural, bajo el dominio del
pecado, sino que son vivificados, habitados, y guiados por el
Espíritu Santo. Como Cristo no puede ser dividido, y es recibido
como Señor para gobernarnos así como Salvador para
redimirnos, así aquellos a quienes Dios justifica también
santifica. No afirmamos que todos los que reciben esta verdad bendita
en sus cabezas han transformado sus vidas por eso –ciertamente
no; pero
insistimos en que donde ésta se aplica en autoridad al
corazón allí siempre sigue un andar para la gloria de
Dios, los frutos de justicia son producidos para la alabanza de Su
nombre. Cada alma verdaderamente justificada dirá:, "Dejad a las
mentes mundanas seguir al mundo, Éste no tiene para mí
encantos; Yo admiré una vez también sus
pequeñeces, Pero la gracia me ha libertado".
Es por lo tanto el deber
imprescindible de aquellos que profesan haber sido justificados por
Dios examinarse a sí mismos diligente e imparcialmente, para
determinar si tienen o no en ellos esas gracias espirituales que siempre
acompañan a la justificación. Es por nuestra
santificación, y ella sola, que nosotros podemos averiguar
nuestra justificación. ¿Sabría usted si Cristo
cumplió la ley por usted, que Su obediencia ha sido
imputado a su cuenta? Entonces investigue su corazón y
su vida y vea si un espíritu de obediencia a Él
está obrando diariamente en usted. Sólo es cumplida la
justicia de la ley en aquellos que "no andamos conforme a la carne, mas
conforme al espíritu" (Rom. 8:4). Dios nunca planeó que
la obediencia de Su Hijo sería imputada a aquellos que viven una
vida de mundanalidad, autocomplaciente, y satisfaciendo los deseos de
la carne. Lejos de ello: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva
criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son
hechas nuevas" (2 Cor. 5:17).
Resumiendo ahora los
benditos resultados de justificación. [Podría
agregarse a la lista siguiente el hecho de ser regenerados o hechos
hijos de Dios con la recepción de una nueva naturaleza del
Espíritu Santo quien permanece como un sello imposible de ser
removido (Juan 1:12, Ef. 1:13, 14)]. 1. Los pecados del creyente
son perdonados. "Por éste [Jesucristo] os es anunciada
remisión de pecados, y de todo lo que por la ley de
Moisés no pudisteis ser justificados" (Hechos 13:38, 39). Todos
los pecados del creyente, pasados, presentes, y futuros, fueron puestos
sobre Cristo y expiados [o pagados] por Él. Aunque los pecados
no pueden ser realmente perdonados antes de que ellos realmente sean
cometidos no obstante su deuda hacia la maldición de la
ley fue virtualmente remitida en la Cruz, previamente a ser realmente
cometidos. Los pecados de los cristianos involucran sólo las
estipulaciones del gobierno de Dios en esta vida, y éstos son
remitidos [o perdonados] sobre la base de un sincero arrepentimiento y
confesión.
2. Es dado un derecho
a la gloria eterna imposible de ser quitado. Cristo adquirió
para Su pueblo el premio de la bendición de la ley que es la
vida eterna. Por lo tanto el Espíritu Santo asegura al cristiano
que él ha sido engendrado "para una herencia incorruptible, y
que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos" (1
Pedro 1:4). No sólo es esa herencia reservada para todos
los justificados, sino que todos ellos son preservados para
ella, como el mismo siguiente versículo declara, "para nosotros
que somos guardados en la virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud
que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo"
(v. 5) –"guardados" de cometer el pecado imperdonable, de
apostatar de
la verdad, de ser engañados fatalmente por el Diablo; tan
"guardados" que el poder de Dios previene que ninguna cosa los separe
de Su amor en Cristo Jesús (Rom. 8:35-38).
3. Reconciliación
con Dios mismo. "Justificados pues por la fe, tenemos paz para con
Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo... fuimos
reconciliado con Dios por la muerte de Su Hijo" (Rom. 5:1, 10). Hasta
que los hombres son justificados ellos están en guerra con Dios,
y Él está contra ellos, estando "airado todos los
días contra el impío" (Sal. 7:11). Es terrible más
allá de las palabras la condición de aquellos que
están bajo la condenación: sus mentes son enemistad
contra Dios (Rom. 8:7), todos sus caminos se oponen a Él (Col.
1:21). Pero en la conversión el pecador arroja las armas de su
rebelión y se rinde a las justas demandas de Cristo, y por
Él es reconciliado con Dios. La reconciliación es hacer
un cese de la contienda, es reunir a aquellos en desacuerdo, es cambiar
a los enemigos en amigos. Entre Dios y el justificado hay paz
–efectuada por la sangre de Cristo.
4. Una
posición inalterable en el favor de Dios. "Justificados pues
por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo: Por el cual también tenemos entrada por la fe a esta
gracia en la cual estamos firmes" (Rom. 5:1, 2). Advierta la palabra
"también": Cristo no sólo ha desviado la ira de Dios que
estaba sobre nosotros, sino que además Él ha asegurado la
benevolencia de Dios hacia nosotros. Antes de la justificación
nuestra posición era una de indecible desgracia, pero ahora, a
través de Cristo, es una de gracia sin sombras. Dios ahora tiene
nada más que buena disposición hacia nosotros. Dios no
sólo ha cesado de estar ofendido con nosotros, sino que
está enteramente complacido con nosotros; no sólo que
Él nunca nos causará castigo, sino que Él nunca
dejará de derramarnos Sus bendiciones. El trono al cual tenemos
acceso libre no es uno de juicio, sino de pura e inmutable gracia.
5. Reconocimiento de
Dios mismo delante de un universo congregado. "Mas yo os digo, que
toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán
cuenta en el día del juicio; porque por tus palabras
serás justificado" (Mat. 12:36, 37): sí, justificado
públicamente por el Juez mismo! "E irán éstos al
tormento eterno, y los justos a la vida eterna" (Mat. 25:46).
Aquí estará la justificación final del cristiano,
siendo esta sentencia manifestadora de la gloria de Dios y la
bienaventuranza eterna de aquellos que han creído.
Permítase ser
dicho en
conclusión que la justificación del cristiano está
completa al momento que él cree de verdad en Cristo, y no
hay ningún grado en la justificación. El Apóstol
Pablo era un hombre tan verdaderamente justificado en la hora de su
conversión como cuando estaba en el final de su vida. El
bebé más débil en Cristo está completamente
justificado tanto como lo está el santo más maduro.
Permítanme los teólogos notar las siguientes
distinciones. Los cristianos fueron justificados por decreto
[de Dios] desde toda la eternidad: eficazmente cuando Cristo
subió de nuevo de entre los muertos; realmente cuando
ellos creyeron; sensiblemente cuando el Espíritu da
gozosa seguridad; evidentemente cuando ellos andan por el
camino de la obediencia; finalmente en el Día de Juicio,
cuando Dios por su sentencia, y en la presencia de todos las cosas
creadas, los declare a ellos justos.