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La Inspiración Y La Transmisión De Las Escrituras

    La Bible, aunque es una revelación de Dios, no viene inmediatamente de él á nosotros quienes la leemos, sino que es recibida mediante el medio de la agencia humana. Es una cuestión importante, si la verdad y la autoridad de ella fue empeorada en pasar por este medio. La agencia humana fue empleada en los primeros escritos de las Escrituras, y después en transmitirlas por medio de copias y translaciones, á lugares distantes, y generaciones subsiguientes.

    Los hombres que originalmente escribieron las Sagradas Escrituras, ejecutaron la obra debajo la influencia del Espíritu Santo. Tal fue el grado de esta influencia, que la escritura, cuando salío de las manos de ellos, era dicho que fue dada por la inspiración de Dios. Por lo cual Pablo dijo, con referencia especial al Antigüo Testamento, "Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, Para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruído para toda buena obra" (2 Timoteo 3:16,17). Aunque Moisés  y los profetas ejecutaron el escribirla, es dicho de haber sido dada por Dios, y la perfección atribuída á ella demuestra que no padeció por la instrumentalidad que él escogió en emplear. Cristo se refiere á las Escrituras Hebraicas como la palabra de Dios. "Invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que disteis" (Marcos 7:13). Pablo representa lo que fue dicho por los profetas, como dicho por Dios. "DIOS, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo á los padres por los profetas" (Hebreos 1:1). Pedro atribuye el autoridad igual á los escritos de Pablo como á los de las Escrituras del Antigüo Testamento. "Casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos é inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para perdición de sí mismos" (2 Pedro 3:16). También Pablo demanda el autoridad igual á lo que él habla e escribe. "Si alguno á su parecer, es profeta, ó espiritual, reconozca lo que os escribo, porque son mandamientos del Señor" (1 Corintios 14:37); "Porque aun estando con vosotros, os denunciábamos esto: Que si alguno no quisiere trabajar, tampoco coma" (2 Tesalonicense 3:10). Después de su partida, Cristo prometió á sus apostoles, el don del Espíritu Snato, y describió el efecto de su influencia sobre ellos en estas palabras: "Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros" (Mateo 10:20). Este don del Espíritu Santo fue derramado sobre ellos en el día de Pentecostés; y la posesión de él fue probado con hablar en lenguas, y obrar milagros. De todo esto, aprendemos que lo que fué dicho e escrito por inspiración, vino como con una autoridad tan alta como si había procedido de Dios sin el uso de la instrumentalidad humana.  Cuando Pedro le dijo al manco, "Ni tengo plata ni oro; mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda" (Hechos 3:6), la voz que habló fue Pedro, pero el poder que restauró los huesos de los tobillos era de Dios. Las palabras, aunque de Pedro, fueron habladas debajo la influencia divina, o el poder divino no lo hubiera acompañado. Así que el evangelio, recibido de los labios de los apostoles, fué recibida como la palabra de Dios: "Por lo cual, también nosotros damos gracias á Dios sin cesar, de que habiendo recibido la palabra de Dios que oísteis de nosotros, recibisteis no palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, el cual obra en vosotros los que creísteis" (1 Tesalonicense 2:13). Los hombres quienes hablaron e escribieron al ser movidos por el Espíritu Santo, eran los instrumentos que Dios uso para hablar e escribir su palabra. Sus peculiaridades de pensamiento, de sentimiento, e de estílo, no tuvo ningun efecto para prevenir lo que hablaron y escribieron en ser la palabra de Dios, que sus peculiaridades de voz o de quirografía.

    La pregunta, que si la inspiración extendía á las mismas palabras de la revelación, tan bien como á los pensamientos y razonamientos, es contestada por Pablo: "Lo cual también hablamos, no con doctas palabras de humana sabiduría, mas con doctrina del Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual" (1 Corintios 2:13). Los pensamientos y razonamientos en las mentes de los escritores inspirados, no eran una revelación á otros hasta cuando fueran expresadas en palabras; y si la influencia del Espíritu Santo cesaría antes que una expresión fuera dada á estos pensamientos y razonamientos, no hubiera hecho una revelación á la humanidad. Con esta suposición, no podemos leer la Biblia como la palabra de Dios, sino como la palabra de los hombres; de hombres buenos y honestos, es cierto, pero no obstante, de hombres falibles. La opinión que la expresión es meramente humana, daña la confianza con la cual la palabra de Dios ha de ser estimada; porque no sabemos cuando, o que tan lejos, esa expresión puede faltar en expresar el sentido del Espíritu Santo. Ya no se puede decir, que las Escrituras es una "palabra profética más permanente" (2 Pedro 1:19), que "la Escritura no puede ser quebrantada" (Juan 10:35), y que las cosas escritas "son mandamientos del Señor" (1 Corintios 14:37).

    La doctrina de la inspiración plenaria, si entendida correctamente, no implica que el Espíritu Santo empleó al escritor como un instrumento inconsciente. Ella mantiene que su memoria, y otros poderes mentales, fueron empleados en la ejecución de la obra, tan verdaderamente como su mano; pero insiste que el posterior fue tan ciertamente controlada por el guía inerrable como el anterior. Ni la doctrina implica, que el Espíritu Santo es el autor original de cada palabra contenida en el volumen sagrado. Ella registra los hablas de Satanás, y del orador Tértulo, y fielmente las registra; pero el Espíritu Santo no era el autor de estos hablas.

    En 1 Corintios capítulo 7, Pablo distingue entre lo que él relató como un mandamiento del Señor, y de lo que él habló sin tal mandamiento. Puede parecer, a primera vista, que él niega la inspiración en cuanto á las cosas de lo último. Pero si es admitido, que estas cosas eran asuntos de consejo humano sin la autoridad divina, no quiere decir, que el escrito que contiene sus consejos, no son inspiradas. La palabra inspirada que registra las palabras de Satanás y Tértulo, puede regristrar el consejo prudente de un sabio apóstol, aún cuando ese consejo no viene con la sanción completa de la autoridad divina. Pero, en dar este consejo, Pablo dice, "Pienso que también yo tengo Espíritu de Dios", v. 40; y, si el pensaba que lo había dado por el Espíritu, sería precipitado de nosotros de pensar de otro modo. No debemos de pensar que la palabra "pienso" implica duda en la mente de Pablo, y no tenemos que tener duda que el consejo que dió, era por la sabiduría de lo alto.

    Aunque las Escrituras fueron escritas originalmente debajo la guianza inerrable del Espíritu Santo, no quiere decir que un milagro de continuo ha sido obrada para preservarlas de todo error en copiarlas. Al contrario, sabemos que los manuscritos difieren de uno al otro; y donde los textos son varios, no obstante, uno puede ser correcto. Una milagro se necesitaba en la producción original de las Escrituras; y, en efecto, un milagro fue obrado; pero en la preservación de la palabra inspirada, en tanto que la perfección que fuera necesaria para cumplir el propósito por lo cual era dada, no requería un milagro, y de consiguiente fue entregado á la providencia de Dios. No obstante, la providencia que ha preservado los oráculos divinos, han sido especiales y reparables. Fueron al principio encargados á los Judíos, quienes ejercieron el cuidado á lo sumo en la preservación y transmisión correctas de ellas. Después que las Escrituras Cristianas fueron añadidas, copias de los manuscritos fueron multiplicadas en gran manera; muchas versiones fueron preparadas en otras lenguajes; citaciones inumerables fueron hechas por los padres antigüos; y sectas se levantaron que, en sus controversias unos con otros, apelaban á las sagradas escrituras, y guardaron la pureza de ellas con una vigilancia incesante. La consecuencia es que, aunque los varios textos hallados en los manuscritos que existen son numerosos, podemos en cada caso determinar el texto correcto,en tanto que es necesario para el establecimiento de nuestra fe, o la dirección de nuestra practica en cada particular importante. Tan poquito, después de todo, las copias difieren la una a la otra, que estas diferencias diminutas, que cuando vistas en contraste con el acuerdo general de ellas, rinde el hecho de ese acuerdo el más impresivo, y se puede decir que practicamente sirve, más bien aumenta, que impeorar nuestra confianza en la corrección general de ellas. Los más desvíos de ellas no mudan la dirección de la línea de verdad; y si parecen en algunos puntos de ensanchar esa línea á lo muy poquito, la vereda que yace entre los límites más anchos, es tan angosta para permitirnos en desviarnos. Como las copias de las Sagradas Escrituras, aunque hechas por manos falibles, son suficientes para nuestra guianza en el estudio de la verdad divina; así las translaciones, aunque hechas con manos no inspiradas, son suficientes para aquellos quienes no tienen acceso al original inspirada. Los hombres ignorantes no serán tenidos responsables por el grado de luz más allá de que les fue concedido; y la benevolencia de Dios en hacer la revelación, no ha dotado á todos con el don de interpretar las lenguas. Cuando este don fue conferido milagrosamente en los tiempos antigüos, era para la edificación de todos: y ahora, cuando conferido en el curso ordinario de la providencia, el propósito de conferirlo es el mismo. Dios lo ha visto más sabio y mejor en dejar los miembros de Cristo en sentir la necesidad de la simpatía y dependencia mutua, en vez de conferir cada don en cada individuo. Él ha conferido el conocimiento necesario para la translación de su palabra en un número suficiente de hombres fieles, para cumplir el propósito de su benevolencia; y la translación de mínimo exactitud con la cual la gente común es favorecida, es llena de la verdad divina, y puede hacer a uno sabio para la salvación.

    Una convicción plena que la Biblia es la palabra de Dios es necesaria para darnos confianza en sus enseñanzas y respecto por sus decisiones. Con esta convicción llenando la mente cuando leímos las páginas sagradas, realizamos que Dios está hablando con nosotros, y cuando sentimos la verdad tomar nuestros corazones, sabemos que es Dios a quién tenemos que dar cuenta. Cuando estudiamos sus preceptos, todos nuestros poderes se inclinan á ellos, como la voluntad cierta de nuestro Señor soberano; y cuando somos alegrados y sostenidos por sus consolaciones, las recibimos como bendiciones derramadas del trono eterno. La naturaleza y la ciencia no ofrece ninguna luz que pueda guiárnos en nuestra búsqueda de la bienaventuranza inmortal; pero Dios nos ha dado la Biblia, como una lámpara á nuestros pies, y una luz para nuestra vereda. Vamos á recibir el don con gratitud y entregarnos á su guianza.

Continuar con el Apéndice: El Orígen Y La Autoridad De La Biblia

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