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DIOS ES ESPÍRITU
"Dios es Espíritu" (Juan 4:24); "Y los Egipcios hombres son, y no Dios; y sus caballos carne, y no espíritu" (Isaías 31:3); "Por otra parte, tuvimos por castigadores á los padres de nuestra carne, y los reverenciábamos, ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos" (Hebreos 12:9).
Por nuestros sentidos externos obtenemos el conocimiento de las propiedades que pertencen a una clase de substancias llamados materia; tales como la extensión, la solidez o impenetrabilidad, la divisibilidad, la figura, y color. Por la ciencia, tenemos el conocimiento de nuestros propios pensamientos y sentimientos; y estos los ascribimos a una substancia, llamada la mente, la cuál es capáz de percibir, de recordar, de comparar, de juzgar, de razonar, y de querer. La distincción entre estos dos clases de substancias es reconocido en los juicios de todos los hombres. Nunca atribuímos el pensamiento al fuego, al aire, a la tierra, o al agua; y nunca concibimos de la mente como redonda o cuadrada, negra o blanca. Las propiedades que discubrimos en nuestras propias mentes, lo atribuímos a las mentes de otros; y prontamente concibimos la existencia de estas propiedades de una orden diferente. El termino espíritu es usado para denotar un ser, o substancia inmaterial e inteligente; una que es sin las propiedades peculiares de la materia, y posee propiedades análogo a los de la mente humana. En este sentido, Dios es espíritu. Él es no extendido, solido, y divisible, como una roca, un árbol, o un cuerpo humano; sino piensa y quiere, en una manera libre de toda imperfección.
Los textos de la Escritura que enseñan directamente la espiritualidad de Dios son pocos. Se puede inferir de Isaías 31:3: "Y los Egipcios hombres son, y no Dios; y sus caballos carne, y no espíritu". El fundamento del parallelismo en este pasaje es que Dios es espíritu. También puede ser inferido del lenguaje de la Escritura, en donde Dios es llamado el Padre de los espíritus: "Tuvimos por castigadores á los padres de nuestra carne, y los reverenciábamos, ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos" (Hebreos 12:9). Un padre y sus hijos poseen una naturaleza común, y como padres de nuestra carne, son ellos carne; así que el Padre de los espíritus, es espíritu. Hay un pasaje que enseña expresamente la doctrina, "Dios es espíritu" (Juan 4:24); y esto sería suficiente para probarlo, si no sería enseñado en ningún otro lugar.
No es ninguna objeción a la doctrina de la espiritualidad de Dios, que partes corporales, como manos, pies, ojos, &c., son ascribidos a él. Estos manifiestamente son solo acomodaciones al lenguaje, porque no tenemos palabras más apropiadas para expresar las operaciones de la mente divina. Si no fuera permitido de hablar de los ojos de Dios, porque él no tiene organos de visión de materia como los nuestros, tampoco no se permitiera de hablar de Dios mirando, porque él no mira por los medios de la luz material como nosotros; o de hablar de Dios pensando, porque sus pensamientos no son como nuestros pensamientos.
El uso practico de esta doctrina es enseñado por Cristo: "Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren" (Juan 4:24). En ofreciendole homenaje , no es suficiente venir delante de él con una rodilla doblada, o un cuerpo prostrado; sino nuestras mentes, nuestra naturaleza espiritual, tiene que rendir el homenaje, o no será aceptable por él.
La espiritualidad de Dios es el fundamento del mandamiento segundo en el decálogo: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: No te inclinarás á ellas, ni las honrarás" (Exodo 20:4,5). La razón asignada por este mandamiento es que los israelitas no vieron ninguna forma cuando Dios manifestó su presencia a ellos en el Monte Sinaí ("Y habló Jehová con vosotros de en medio del fuego: oisteis la voz de sus palabras, mas á excepción de oir la voz, ninguna figura visteis: Y él os anunció su pacto, el cual os mandó poner por obra, las diez palabras; y escribiólas en dos tablas de piedra. A mí también me mandó Jehová entonces enseñaros los estatutos y derechos, para que los pusieseis por obra en la tierra á la cual pasáis para poseerla. Guardad pues mucho vuestras almas: pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego: Porque no os corrompáis, y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón ó hembra, Figura de algún animal que sea en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, Figura de ningún animal que vaya arrastrando por la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra" - Deuteronomio 4:12-18). Se les apareció en nube y fuego. Una columna de nube y fuego caminaba delante de los israelitas en su jornada por el desierto, como una prenda de la presencia divina. Esta prenda se apareció en el tabernáculo; y después en el templo edificado y dedicado por Salomon. Dios se le apareció a Moisés en el arbusto ardiente. No debemos de entender de estas cosas, que Dios es o sea nube, o sea fuego. Estos son materias, y no substancias espirituales. Á lo que es puramente espiritual no puede ser percibido por nuestros sentidos corporales, le agradó a Dios de emplear estos símbolos de materia para darnos una demostración sensible de su presencia. Por la misma razón, en veces se presentaba en forma humana. En todas estas manifestaciones materiales de sí mismo, las cuales son registrados en el Antigüo Testamento, hay razón de creer que era la segunda persona de la Deidad, quién de tal manera se exhibía a sí mismo; el mismo que después se apareció en carne humana, en la persona de Jesucristo. Él es llamado el Ángel de Jehová, el Ángel de la presencia de Jehová, y sin imbargo, él es llamado Jehová; y la reverencia debida a Jehová es reclamado para él. Un ángel creado no es intitulado a este nombre, o este honor; sino que ambos pertenecen al Hijo de Dios, el Ángel del Pacto, quién, después de su encarnación, era Dios manifestado en carne. Esta opinión es confirmado por las enseñanzas del Nuevo Testamento: "A Dios nadie le vió jamás: el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró" (Juan 1:18). Del Padre, Jesús dice, "Ni nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su parecer" (5:37); y él dijo a sus discípulos, "El que me ha visto, ha visto al Padre" (14:9). Una comparación de estos pasajes podrán satisfacernos, que todas las manifestaciones de la deidad a los sentidos humanos, o sean visibles o sean oíbles, fueron hechos en la persona del Hijo, o el Verbo de Dios.
La espiritualidad de Dios contradice la noción panteística que el universo es Dios. El universo no es espíritu. En su fábrica material, la inteligencia es manifestada; pero esta inteligencia no le pertenece a la fábrica material misma, porque la materia no puede pensar o conocer. En presentar nuestras devociones religiosas al universo, es una idolatría no menos degradante que aquél de los más estúpidos de las naciones paganas. Ellos adoran a la madera y la piedra; pero esta filosofía enviste a cada terrón de tierra con divinidad, y lo intitula a nuestra adoración. Los paganos rinden honores divinos a unos cuantos hombres, quienes, por méritos extraordinarios, los alistan entre los dioses; pero esta noción dirige nuestra adoración a cada hombre, y a cada bestia del campo. Es una noción adaptada perfectamente para oprimir las efusiones del corazón devocional, al levantarse a la inteligencia única, indivisible, e espiritual, a quién solo la adoración divina es debido.
La noción, que Dios es el Alma del universo, no podrá ser sujeto precisamente a la misma objeción. Pero, ¿qué quiere decir la proposición? El único sentido en la cual posiblemente podemos entender que Dios es el Alma del universo, es, que él sostiene una relación al universo análogo a aquél que el alma humano sostiene al cuerpo con el cual está conectado. Pero, ¿qué extensiva es está analogía? El alma no creó la materia con la cual el cuerpo es hecho; no formó las partes que son diestramentre obradas de la maquinaria maravillosa, o inventó sus movimientos misteriosos, los cuales estudia con admiración, y solo comprende en parte muy poco. El alma ejerce pero un control muy limitado sobre el cuerpo. Los musculos de moción voluntaria están debajo de su mandato, y se mueven a su voluntad; y en este hecho, podríamos discubrir una analogía extenuada a la operación de Aquél, quién obra todas las cosas según el consejo de su voluntad, y en quién toda criatura vive, se mueve, y tiene su ser. Una analogía tan insuficiente como esta no es suficiente para justificar el lenguaje metafórico en la cual la proposición es declarada. No obstante, entre tanto rechazamos la proposición, podemos derivar una sugestión util. En nuestra comunicación con los millares de la humanidad, percibimos y confesamos, en los movimientos de los miembros corporales de cada humano, en los cambios de cada rostro humano, y en las palabras que caen de cada lengua humana, el poder y la inteligencia de un alma humana que opera. Igualmente obvio, y infinitamente más extensivo, es el control que Dios ejerce, a cada momento, sobre cada parte del universo. Con una propia vista de la espiritualidad de Dios, y de su control operativo sobre el mundo y de todo en él, nuestras mentes sostendrían comunicación con su mente, tan directa y sin duda como aquella que sostenemos con nuestros compañeros, y una más constante, y más elevada y deleitosa.
(Continuár con Sección III. La Inmensidad, Omniprescencia)