![]() |
"Mas nosotros debemos dar siempre gracias a
Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya
escogido desde el principio para salvación, por la santificación
del Espíritu fe de la verdad, a lo cual os llamó por nuestro
Evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo".(II
Tesalonicenses 2:13,14).
por C.H. Spurgeon
Si no hubiera otro texto más que éste en la Sagrada Escritura,
creo que estaríamos todos obligados a recibir y reconocer la veracidad
de la grande y gloriosa doctrina de la eterna elección de la familia
de Dios. Pero parece haber en la mente humana un incorregible prejuicio
contra ella; y aunque otras muchas doctrinas son recibidas con más
o menos precaución o gozo por los que se dicen ser cristianos, ésta
es la que más frecuentemente se excluye y se descarta. Predicar
un sermón sobre la elección se consideraría en muchos
de nuestros púlpitos como un horrible pecado, y delito de alta traición,
porque no se podría pronunciar lo que bastantes llaman un discurso
"de resultados prácticos". Pero yo creo que en esto yerran. Todo
cuanto Dios ha revelado lo ha hecho con algún propósito,
y no hay nada en la Escritura que, bajo el poder del Espíritu Santo,
no pueda ser convertido en una predicación de resultados prácticos,
porque "toda Escritura es inspirada divinamente, y útil" para cualquier
fin espiritual. Es cierto que el tema de la elección no puede ser
convertido en una plática sobre el libre albedrío eso lo
sabemos nosotros perfectamente, sino en un provechoso sermón de
la libre gracia; ya que cuando las verdaderas doctrinas del amor inmutable
de Dios se aplican al corazón de santos y pecadores, sus efectos
son de óptimos resultados. Confío en que esta mañana
algunos de vosotros, que tembláis al solo nombre de "elección",
os digáis: "Trataré de oír con imparcialidad; pondré
de lado mis prejuicios, y me limitaré a escuchar lo que este hombre
tenga que decir". No cerréis vuestros oídos diciendo que
es "una doctrina muy elevada". ¿Quién os autorizó
a juzgarla alta o baja? ¿Por qué tendréis que oponeros
a la enseñanza de Dios? No olvidéis lo que les ocurrió
a aquellos muchachos que se burlaban del profeta diciendo: ''¡Calvo,
sube!, ¡calvo, no sea que, encontrándoles vosotros defectos
a las cosas de Dios, salgan como entonces las bestias dañinas del
monte, y os devoren. Hay otros desastres además del manifiesto juicio
del cielo; id con cuidado no caigan sobre vuestras cabezas. Desechad vuestros
prejuicios; oíd tranquila y desapasionadamente; oíd lo que
la Escritura dice, y si Dios se place en manifestar la verdad a vuestras
almas, no os avergoncéis de confesarla. Declarar que ayer estabais
equivocados no es más que reconocer que hoy sois un poco más
sabios; y, en lugar de ser una censura contra vosotros mismos, es un galardón
para vuestro discernimiento, y una muestra de vuestro progreso en el conocimiento
de la verdad. No os avergoncéis de aprender, y de echar a un lado
vuestras viejas doctrinas y opiniones, para quedaros con lo que más
claramente veáis expuesto en la Palabra de Dios. Sin embargo, si
lo que vamos a hablar no lo encontráis en la Biblia, os suplico,
por amor de vuestras almas, que sea rechazado cuanto yo pueda decir, por
más dignas de crédito que sean las fuentes que cite. Y si
alguna vez Oís algo dicho desde este púlpito que no esté
de acuerdo con la Sagrada Escritura, no olvidéis que la Biblia debe
ser primero, y que el ministro de Dios ha de estar sujeto a ella. Para
predicar no debemos erigirnos por encima de la Escritura, sino que la Palabra
Santa ha de ser siempre nuestro dosel. Aun después de lo que os
hemos predicado, todos nos percatamos bien de que el monte de la verdad
es más alto que lo que alcanza nuestra vista; nubes y oscuridad
rodean su cima, y no podemos distinguir su pico más elevado. De
todas formas, trataremos de predicar según nuestro mejor saber y
entender, pero como somos mortales, sujetos a error, os ruego que vosotros
juzguéis: "probad los espíritus si son de Dios". Si después
de una madura reflexión sobre vuestras dobladas rodillas os sentís
guiados a rechazar la doctrina de la elección -cosa que considero
completamente imposible, entonces olvidadla, no escuchéis a los
que la predican; pero creed y confesad lo que veáis que es Palabra
de Dios. No os puedo decir más a modo de introducción.
Así, pues, primeramente os diré algo sobre la veracidad
de esta doctrina: "Dios os ha escogido desde el principio para salvación".
En segundo lugar, trataré de probar que esta elección es
absoluta: "Él os ha escogido desde el principio para salvación",
no para santificación, sino "por la santificación del Espíritu
y fe de la verdad". En tercer lugar, esta elección es eterna, porque
el texto dice: "Dios os ha escogido desde el principio. En cuarto lugar,
es personal: "Él os ha escogido". Luego, consideraremos los efectos
de esta doctrina es decir, lo que ella produce; y finalmente, en la medida
que Dios nos capacite, probaremos y examinaremos sus consecuencias, y por
lo tanto veremos si es una nefasta y atrevida doctrina. La cogeremos cual
una flor y, como la abeja, miraremos si hay algo de miel en ella; si podemos
sacar algo bueno, o si todo es pura y simplemente malo.
1. Comenzaré tratando de probar que esta doctrina ES VERDADERA.
Permitidme que lo haga, antes que con otro, con un argumento ad hominem.
Os hablaré según vuestra postura y condición. Muchos
de los que están aquí pertenecen a la iglesia anglicana,
y me alegro de ver tantos entre nosotros. Aunque es cierto que de cuando
en cuando hablo duro sobre la iglesia y el estado, a pesar de eso amo a
la vieja iglesia, pues hay en esa denominación muchos ministros
piadosos y santos eminentes. Sé que sois firmes creyentes en lo
que los Artículos dicen que es ser sana doctrina; y acto seguido
os daré una muestra de lo que indican referente a la elección,
de forma que, si creéis en ellos, no podéis rechazar esta
doctrina. Os leeré una porción del articulo 17, que habla
sobre la predestinación y la elección:
"La predestinación para vida es el eterno propósito de
Dios por el que ha decretado (antes de la fundación del mundo y
por su consejo oculto a nosotros) liberar de la maldición y la condenación
a aquellas personas que Él había elegido en Cristo, trayéndoles
por Este salvación, como vasos hechos para honra. Por lo que los
que han sido dotados con tan excelente beneficio de Dios, cuando son llamados
por su Espíritu según Su propósito, obrando Aquel
a su tiempo, obedecen el llamamiento por gracia; son justificados gratuitamente;
hechos hijos de Dios por adopción; conformados a su Unigénito
Hijo Jesucristo; andan píamente en buenas obras, y, al final, alcanzan
felicidad eterna por la misericordia de Dios."
Así, pues, cualquier miembro de esa iglesia que sea un fiel
y sincero creyente en ella, debe ser también un perfecto creyente
en la elección. Es cierto que si lee otras partes del Ritual, encontrará
cosas que son contrarias a la doctrina de la libre gracia, y completamente
ajenas a la enseñanza de la Escritura; pero si mira los Artículos,
tiene que darse cuenta de que Dios ha elegido a su pueblo para vida eterna.
De todas formas, no estoy tan perdidamente enamorado de ese libro como
podéis estar vosotros; y solamente he usado este artículo
para demostraros que, si pertenecéis a la iglesia oficial de Inglaterra,
deberíais, por lo menos, no poner objeciones a esta doctrina de
la predestinación.
Otra autoridad humana que puede confirmar igualmente la doctrina de
la elección, es el antiguo credo de los Valdenses. Si leéis
esta declaración de fe, que nos llega de entre el ardiente fuego
de la persecución, veréis que esos esforzados profesantes
y confesores de la verdad cristiana habían recibido y abrazado firmemente
esta doctrina, como parte de la verdad de Dios. De un viejo libro he copiado
uno de los artículos de su fe:
"Que Dios salva de la corrupción y condenación a aquellos
que Él ha elegido desde la fundación del mundo, no por su
condición, fe o santidad que hubiera previsto de antemano en ellos,
sino simplemente por su misericordia en Cristo Jesús su Hijo; dejando
a los demás, según la irreprensible razón de su soberana
voluntad y justicia."
No es una novedad, pues, lo que yo predico; no son nuevas enseñanzas.
Me gusta predicar estas poderosas y viejas doctrinas, llamadas por el sobrenombre
de calvinismo, pero que son segura y firmemente la verdad de Dios revelada
en Cristo. Si yo, buscando esta doctrina, me remontara en peregrinaje a
los siglos pasados, vería padre tras padre, confesor tras confesor,
mártir tras mártir, levantarse para darme la mano. Pero si,
por el contrario, fuera pelagiano, o creyente en el libre albedrío,
tendría que caminar siglo tras siglo completamente solo. Acá
y allá podría encontrar herejes de no muy honorable condición
que me llamarían hermano. Pero tomando estas cosas como norma de
mi fe, veo la tierra de mis mayores poblada por mis hermanos, veo multitudes
que creen lo mismo que yo, y reconocen esta doctrina como la religión
de la misma iglesia de Dios.
Os mostraré, también, un extracto de la antigua Confesión
Bautista. Nosotros lo somos también en esta congregación
-la mayor parte al menos-, y nos gusta leer lo que nuestros propios antepasados
escribieron. Hace aproximadamente dos siglos, los bautistas se reunieron
y redactaron y publicaron sus artículos de fe, para poner fin a
ciertas quejas sobre su ortodoxia, las cuales se habían extendido
por doquier. Tengo en mis manos ese viejo libro -que he publicado recientemente-
y puedo leer lo que sigue:
Articulo 3º: "Por el decreto de Dios, para manifestación
de Su gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados o preordinados
para vida eterna por Cristo Jesús, para alabanza de Su gloriosa
gracia; otros son dejados en sus pecados para su justa condenación,
para alabanza de Su gloriosa justicia. Estos hombres y ángeles así
predestinados y preordinados, son particular e inmutablemente designados,
y su número tan exacto y definido, que no puede ser aumentado o
disminuido. A aquellos que están predestinados para vida, Dios,
desde antes de la fundación del mundo, según Su eterno e
inmutable propósito y el secreto consejo de Su buena voluntad y
deseo, los ha elegido en Cristo para gloria eterna por Su libre gracia
y amor, y no por sus méritos o condición, u otro motivo que
le haya movido a ello."
Empero, por ser humanos estos testimonios que hemos citado, ninguno
de los tres me importa un comino. No me preocupa lo que ellos dicen, ya
sea en pro o en contra, sobre esta doctrina; sino que, simplemente, los
he usado para confirmación de vuestra fe, y para mostraros que,
a pesar de que me tachen de hereje e hipercalvinista, la antigüedad
me respalda. Los tiempos pretéritos me defienden, y no me importa
el presente. Concededme el pasado, y tendré confianza en el futuro.
Dejad que el presente, como una pleamar, me llegue hasta la boca; no me
preocupa. Aunque gran número de las iglesias de esta ciudad hayan
olvidado los grandes y fundamentales doctrinas de Dios, no importa. Si
un puñado de nosotros nos quedamos solos, resueltos a mantener la
soberanía de nuestro Dios, y somos asediados por nuestros enemigos,
e incluso, ¡ay! por nuestros propios hermanos, que debieran ser nuestros
amigos y colaboradores, no importa, aunque sólo contemos con el
pasado; la noble generación de mártires, las gloriosas huestes
de confesores, son nuestro amigos; los testigos de la verdad nos defienden.
Con ellos a nuestro lado, no diremos que estamos solos, sino que podremos
exclamar: "He aquí, Dios ha reservado para sí siete mil hombres
los cuales no han doblado la rodilla ante Baal". Pero nuestro mejor socorro
es que Dios está con nosotros.
La única gran verdad es siempre la Biblia, y sólo la
Biblia. Vosotros no creéis en otro libro que no sea éste,
¿verdad? Por lo tanto, si lo que vamos a hablar lo probara con todos
y cada uno de los libros de la cristiandad; si pudiera traeros la Biblioteca
de Alejandría, para ampararme en la autoridad de sus volúmenes,
vosotros no le daríais más crédito a ellos que a lo
que está escrito en la Palabra de Dios.
He seleccionado unos cuantos textos para leéroslos. Me gusta
ser prolífero en mis citas, cuando temo que se pueda desconfiar
de una verdad, a fin de que quede uno lo suficientemente sorprendido para
que no haya lugar a dudas -si es que en realidad no se cree-. Así,
pues, leeremos una serie de pasajes donde los del pueblo de Dios son llamados
elegidos. Naturalmente, si hay elegidos, debe haber elección. De
igual modo, si Jesucristo y sus apóstoles solían nombrar
a los creyentes con el título de elegidos, debemos creer, lógicamente,
que lo eran; de otra forma, esa expresión estaría desprovista
de significado. Jesucristo dijo: "Y si el Señor no hubiese abreviado
aquellos días, ninguna carne se salvaría; mas por causa de
los escogidos que Él escogió, abrevió aquellos días
; porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y darán
señales y prodigios, para engañar, si se pudiese hacer, aún
a los escogidos"; "y entonces enviará sus ángeles, y juntará
sus escogidos de los cuatro vientos, desde el cabo de la tierra hasta el
cabo del cielo" (Marcos 13:20,22,27). "¿Y Dios no hará justicia
a sus escogidos, que claman a Él día y noche, aunque sea
perseverante acerca de ellos?" (Lucas 18:7). Hay otros muchos pasajes que
podrían ser seleccionados en los que aparecen los términos
"elegidos", "escogidos" "preordinados", "establecidos", o también,
"mis ovejas", que (demuestran que el pueblo de Cristo era distinguido del
resto de los hombres.)
No quiero importunaros más con los textos, ya que vosotros tenéis
vuestras concordancias. En todas las epístolas vemos que los santos
son llamados "los elegidos". En Colosenses encontramos a Pablo que dice:
"Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos amados, de entrañas
de misericordia". Cuando escribe a Tito, dice de si mismo: "Pablo, siervo
de Dios, y apóstol de Jesucristo, según la fe de los escogidos
de Dios Pedro se expresa en idénticos términos: "Elegidos
según la presciencia de Dios Padre". Si vamos a Juan, vemos cuánto
le gusta usar la misma palabra. Dice: "El anciano a la señora elegida";
y habla de nuestra "hermana elegida". También conocemos aquel pasaje
en que está escrito: "La iglesia que está en Babilonia, juntamente
elegida con vosotros". Ellos no se avergonzaban de ser llamados así
en aquellos días, como tampoco tenían miedo de declararlo;
pero, en nuestros tiempos, la palabra ha sido disfrazada con diversos sentidos,
y ha habido quienes la han mutilado y desfigurado de forma tal, que la
han hecho verdadera doctrina de demonios; he de confesarlo. Y otros, que
se llaman a sí mismos creyentes, han ido a engrosar las filas del
antinomianismo. Pero a pesar de todo esto, ¿por qué hemos
de avergonzarnos nosotros si son los demás los que la pervierten?
Amamos la verdad de Dios tanto cuando la ensalzan como cuando la ponen
en el potro del tormento; y si hubiera algún mártir al que
nosotros amáramos antes de ir al potro, más grande sería
nuestro amor cuando le viéramos extendido en él. Y así,
cuando la verdad divina es quebrantada en el tormento, no por eso la vamos
a negar. No nos gusta verla en el suplicio, pero la amamos aún cuando
es martirizada, porque podemos apreciar cuál debía haber
sido su justa armonía si no hubiese sido atormentada y torturada
por la crueldad y las invenciones de los hombres. Si leyerais las epístolas
de los antiguos padres, veríais que siempre hablan del pueblo de
Dios como "elegido". Igualmente, éste era el término más
usual que empleaban para tratarse entre sí muchas de las primitivas
iglesias cristianas, demostrando con ello que era creencia general el que
el pueblo de Dios es elegido.
Así, pues, veamos ahora los textos que prueban positivamente
esta doctrina. Abrid vuestras Biblias en el evangelio de Juan 15:16. Vemos
aquí cómo Jesucristo ha elegido a los suyos, cuando dice:
"No me elegisteis vosotros a mí, más Yo os elegí a
vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto,
y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis del Padre en
mi nombre, El os lo dé". También en el versículo diecinueve
de este capítulo leemos: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría
lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes Yo os elegí del mundo,
por eso os aborrece el mundo". Y ahora pasemos al capitulo 17:8,9: "Porque
las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido
verdaderamente que salí de ti, y han creído que Tú
me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que
me diste; porque tuyos son". Leemos en Hechos 13:48: "Los gentiles, oyendo
esto, fueron gozosos, y glorificaban la Palabra del Señor, y creyeron
todos los que estaban ordenados para vida eterna". Si queréis, podéis
analizar este versículo tan sutilmente como podáis, pero
no olvidéis que en el original se dice con claridad meridiana: "ordenados
para vida eterna"; y nos traen sin cuidado los comentarios que se han hecho
sobre él mismo por muy agudos que sean. Creo que casi no es necesario
recordaros el capitulo ocho de Romanos, porque confío en que todos
los conoceréis bien y, por lo tanto, ya sabréis lo que se
dice en él. Pero de todas formas leeremos del versículo 29
al 33: "Porque a los que antes conoció, también predestinó
para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que El sea
el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó,
a éstos también llamó; y a los que llamó, a
éstos también justificó; y a los que justificó,
a estos también glorificó. ¿Pues qué diremos
a esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? El
que aún a su propio Hijo no perdonó, antes lo entregó
por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también
con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los
escogidos de Dios?" No creo que sea preciso leer también todo el
capítulo 9 de esta epístola. Mientras éste permanezca
en la Biblia, nadie podrá jamás probar el arminianismo; y
ni las más violentas y refinadas contorsiones de estos textos podrán
exterminar de la Escritura la doctrina de la elección.
Leamos algunos versículos más. "(Porque no siendo aún
nacidos ni habiendo hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito
de Dios conforme a la elección, no por las obras sino por el que
llama permaneciese), le fue dicho que el mayor serviría al menor".
Y en el 22 y 23: "¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar la ira
y hacer notoria su potencia, soportó con mucha mansedumbre los vasos
de ira preparados para muerte, y para hacer notorias las riquezas de su
gloria, mostrólas para con los vasos de misericordia que Él
ha preparado para gloria?" Romanos 11:7: "¿Qué pues? Lo que
buscaba Israel, aquello no ha alcanzado; mas la elección lo ha alcanzado,
y los demás fueron endurecidos". En el versículo 5 del mismo
capitulo leemos: "Así también, aún en este tiempo
han quedado reliquias por la elección de gracia". Sin duda recordáis
también 1Corintios 1:26-29: "Porque mirad, hermanos, vuestra vocación,
que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no
muchos nobles; antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar
a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar
lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y
lo que no es, para deshacer lo que es, para que ninguna carne se jacte
en su presencia". No olvidéis tampoco 1 Tesalonicenses 5:9: "Porque
no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por
nuestro Señor Jesucristo". Y luego tenemos el texto que hemos leído
al principio que creo es más que suficiente. Pero si vuestro recelo
aún no ha desaparecido, y necesitáis más pruebas de
la Escritura que os confirmen la veracidad de esta doctrina, podéis
encontrar otras muchas buscándolas con tiempo.
Me parece, amigos, que esta abrumadora cantidad de testimonios debería
hacer temblar a aquellos que se ríen de esta doctrina. ¿Qué
diremos de los que tan a menudo la desprecian, y niegan su divinidad; de
los que han injuriado su equidad, y osado desafiar a Dios llamándole
todopoderoso tirano, porque ha escogido a muchos para vida eterna? ¿Puedes
tú, contradictor, borrarla de la Biblia? ¿Puedes tú
coger el cuchillo de Jehudí y seccionaría de la Palabra de
Dios? ¿Serás como aquella mujer a los pies de Salomón
que permitía que el niño fuese dividido en dos con tal de
tener ella su parte? ¿Es que no está en la Escritura? ¿Y
no es tu obligación, pues, reverenciaría, y reconocer humildemente
lo que tú no comprendes, recibirla como cierta aunque no la entiendas?
No intentaré defender la justicia de Dios al escoger a algunos y
dejar a otros. No me toca a mi vindicar a mi Señor. Él había
por sí mismo y dice: "Mas antes, oh hombre, ¿quién
eres tú para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso
de barro al que lo labró: ¿por qué me has hecho tal?
¿O no tiene potestad el alfarero para hacer de la misma masa un
vaso para honra y otro para vergüenza?" ¿Quién es el
que dirá a su padre: "¿por qué me has engendrado?";
o a su madre: "¿por qué me has traído al mundo?" 'Yo
soy el Señor; Yo formo la luz y creo la oscuridad; Yo, el Señor,
hago todas las cosas." ¿Quién eres tú, para que alterques
con Dios? Tiembla y besa su vara; sé fiel e inclínate ante
su cetro; no contradigas su justicia, ni acuses sus acciones ante tu propio
tribunal, ¡Oh, hombre! Empero hay quienes dicen: "Es muy cruel por
parte de Dios el elegir a unos y dejar a otros". Permitid, entonces, que
os haga una pregunta: ¿Hay aquí alguien esta mañana
que desee ser santo, que desee ser regenerado, y abandonar el pecado para
vivir en santidad? Si alguno responde que sí, el tal es elegido.
Pero habrá otro que quizá diga: "No; no necesito ser santo,
ni me agrada la idea de tener que dejar mis pasiones y vicios". Y los que
así habláis, ¿por qué os quejáis, pues,
de que Dios no os haya escogido para eso? Porque si hubierais sido elegidos,
no os habría gustado, según vuestra propia declaración;
y hubierais respondido que no os importaba. ¿No reconocéis
que preferís la embriaguez a la sobriedad, y la indecencia al decoro?
Amáis los placeres mundanos más que la religión; ¿por
qué murmuráis, entonces, de que Dios no os haya elegido para
vivir en ella? Si la amáis, es que Él os ha escogido; y si
no, ¿qué derecho tenéis a decir que Dios debía
haberos dado lo que no os gustaba? Imaginaos que yo tuviera en mi mano
algo que no fuera de vuestro aprecio, y decidiera regalarlo a determinada
persona; ¿verdad que no os quejaríais por ello? No creo que
fuerais tan necios como para protestar de que otro hubiera recibido lo
que para vosotros no era de ningún valor. Por lo que habéis
dicho antes, muchos no deseáis la religión; no queréis
tener un corazón nuevo y un espíritu recto; no apreciáis
el perdón de los pecados ni la santificación; no ansiáis
ser elegidos para estas cosas; entonces, ¿por qué os doléis
enojados? ¿por qué os quejáis contra Dios de que Él
haya dado estas cosas, que para vosotros son como hojarasca, a los que
ha elegido? Si os son preciosas y las deseáis, ahí están
para vosotros. Dios da abundantemente a todos los que piden; pero, antes
de nada, El pone el deseo en vuestro corazón; de otra forma jamás
hubieseis querido. Si anheláis todo esto, Él os ha escogido
para que lo tengáis; pero si no, ¿quiénes sois vosotros
para censurar a Dios, cuando vuestro terrible deseo es el que os impide
amar estas cosas; vuestro mismo yo, el que os hace odiarlas?
Suponed un hombre diciendo en la calle: "Qué lastima que no
haya podido coger un asiento en la capilla para oír lo que ese hombre
tiene que decir". E imaginaos que añade: "Odio al predicador, y
su doctrina me es completamente intolerable; pero de todas formas me hubiera
gustado entrar y sentarme". Esa manera de hablar es ilógica, ¿verdad?
Debemos pensar que a ese hombre no le interesaba lo más mínimo
lo que se tuviera que decir aquí. ¿Por qué, pues,
tenía que quejarse de que otras personas tuvieran lo que él
despreciaba? Si no amáis la santidad ni os gusta la virtud, y Dios
me ha elegido a mi para darme estas cosas, ¿os ha ofendido Él
por eso? "¡ Ah!, pero yo creía", dirá alguno, "que
era que Dios escoge a unos para el cielo y a otros para el infierno." Eso,
amigos míos, es completamente distinto a la doctrina del Evangelio.
El ha elegido a los hombres para el cielo mediante la santidad y la justicia.
No se puede decir que haya simplemente escogido a unos para el cielo, y
a otros para el infierno. Os ha elegido para santidad, si vosotros le amáis.
Si alguno quiere ser salvo por Jesucristo, El le eligió para ser
salvo. Os llamó para salvación si vosotros la deseáis
sincera y ardientemente; pero si no, ¿por qué seréis
tan absurdamente necios como para protestar de que Dios haya dado a otros
lo que vosotros no queréis?
II. De esta forma, ya hemos visto algo sobre la doctrina de la elección,
y ahora consideraremos brevemente que es una elección ABSOLUTA.
Es decir: no depende de lo que nosotros somos. El texto dice: "Dios os
ha escogido desde el principio para salvación"; pero nuestros oponentes
opinan que Él escoge a los hombres porque son buenos, y que los
elige en atención a sus diferentes obras. Y nosotros preguntamos:
¿En atención a qué obras es la elección de
su pueblo? ¿Son aquellas que nosotros llamamos comúnmente
"obras de la ley", actos de obediencia que la criatura puede hacer? Si
son éstas, debemos deciros que si el hombre no puede ser justificado
por las obras de la ley -como nos dice la Escritura-, lógicamente
en modo alguno podrá ser elegido por ellas; si no puede ser justificado
por sus buenos hechos, tampoco puede ser salvado por ellos. De manera que
el decreto de la elección no puede haber sido dictado basándose
en las obras.
"Bueno", dicen otros, "es que Dios los elige porque prevé su
fe". Mas, si la fe la da Él, tampoco es sensato decir que los elija
porque la ha previsto en ellos. Considerad este ejemplo:
Si hubiera en la calle una veintena de mendigos, y yo decidiera dar
a uno de ellos un chelín, ¿podría alguien decir que
yo escogí a ese en particular porque preví que lo aceptaría?
Eso sería hablar sin sentido. De la misma manera, sería absurdo
decir que Dios eligió a algunos porque conoció de antemano
que habían de tener fe, que es el mismo germen de la salvación.
La fe es un don de Dios. Toda virtud emana de Él. Por ser, pues,
un don la fe, no puede ser la causa de la elección. La elección,
estamos seguros, es absoluta; completamente aparte de cualquier mérito
que los santos puedan tener después. Si hubiese alguno tan piadoso
y entregado como Pablo, tan valiente como Pedro, o tan amante como Juan,
ni aún así podría exigir nada de su Señor.
Y no he conocido a ninguno, sea de la denominación que fuere, que
crea que Dios le salvó porque previera en él cualquier virtud
o mérito. Las mejores joyas que los santos puedan lucir, nunca serán
de primera calidad si son labradas por ellos. Siempre hay algo de barro
en ellas. La gracia más excelente que jamás podamos tener,
tendrá en todo momento empañado su brillo por la mundanalidad.
Y esto lo sentimos más acusadamente cuanto más puros y santos
somos. Siempre debemos decir:
"Soy de los pecadores el mayor:
He aquí, por mí murió el Señor".
Nuestra única esperanza, nuestra única defensa, reposa
firmemente en la gracia manifestada en la persona de Jesucristo. Y debemos
rechazar y olvidar completamente que nuestras virtudes -que son dones de
nuestro Señor, y la siembra de su mano derecha- pudieran haber sido
la causa de su amor.
"Nada en nosotros merecía querencia,
Nada podía agradar al Creador
Más aún así nos demostró Su amor,
Porque pareció bueno a su Omnisciencia".
"Tendré misericordia del que tendré misericordia"; salva
porque quiere salvar. Y si me preguntáis por qué me salvó
a mí, solamente os diré: porque quiso hacerlo. ¿Había
algo en mí que me diera algún valor ante los ojos de Dios?
No, todo lo había desechado; no había nada recomendable en
mí. Cuando Él me salvó, era yo el más abyecto,
perdido y arruinado de todos los hombres; impotente por completo para ayudarme
a mi mismo. Era ante su presencia como un bebé desnudo, y ¡cuán
miserable me vi y me sentí ante Él! Si vosotros habéis
tenido algo que os hiciera aceptables a Dios, yo jamás lo tuve.
Y seré feliz de ser salvo por gracia, por pura gracia. No puedo
jactarme de mis méritos, aunque vosotros podáis. Sólo
puedo entonar:
"Desde el principio al fin, sólo la gracia
Ha ganado mi afecto, y guardado mi alma".
III. En tercer lugar consideraremos cómo la elección
es ETERNA. "Dios os ha escogido desde el principio." Y' ¿puede alguien
decirme cuándo fue el principio? No hace muchos años se creía
que el principio de este mundo se remontaba a Adán; pero se ha descubierto
que miles de años antes de que Dios moldeara al hombre, El preparaba
el caos para hacer de él nuestra morada, poblándolo de diferentes
clases de seres que murieron y dejaron tras sí la huella de Su obra
y de Su prodigioso saber. Pero aquello no era el principio, porque la revelación
nos había de una época muy anterior a cuando el mundo fue
formado, de los días en que las estrellas fueron engendradas; cuando,
como gotas de rocío de los dedos de la mañana, astros y constelaciones
cayeron uno a uno de la mano de Dios; cuando de sus propios labios salió
la palabra que puso en marcha este inmenso universo; cuando su brazo lanzó
los cometas, como exhalaciones que surcan el firmamento, para encontrar
un día su cielo. Retrocederemos a las edades remotas, cuando los
mundos fueron hechos y los sistemas formados, pero aún no nos habremos
acercado al principio. No habremos llegado al principio mientras no nos
remontemos al momento en que el universo dormía en la mente de Dios,
aún sin gestar; mientras no entremos en la eternidad donde Dios
el Creador vivía solo, con todas las cosas latentes en El, con toda
la creación descansando en su poderoso y prodigioso pensamiento.
Podemos subir los siglos, como peldaños de una escalera infinita,
sin llegar jamás al final. Podemos llegar, valga la palabra, a las
eternidades; pero aún así no habremos llegado al principio.
Nuestras alas se cansarían; nuestra imaginación se desvanecería;
y aunque pudiera aventajar al majestuoso rayo en poder y rapidez, antes
quedaría rendida que llegar al principio. Pero Dios eligió
su pueblo desde el principio; cuando el proceloso éter aún
no había sido agitado por el aleteo de un solo ángel; cuando
el espacio no tenía límites, o más aún, cuando
no existía; cuando reinaba universal silencio, y ni una voz o murmullo
turbaba la solemne paz; cuando no había seres, ni movimiento, ni
tiempo, ni nada excepto Dios, solo en su eternidad; cuando no había
canciones de ángeles, ni presencia de querubines; mucho tiempo antes
de que las criaturas hubieran nacido, o que las ruedas del carro de Jehová
fueran formadas; aún antes, "en el principio era el Verbo", y en
el principio el pueblo de Dios fue uno con el Verbo, y "en el principio
Él los escogió para vida eterna". Nuestra elección
es, pues, eterna. No me voy a entretener en demostrarlo; y solamente hemos
visto estos pensamientos en beneficio de los principiantes, para que entiendan
que querremos decir por elección eterna y absoluta.
IV. En cuarto lugar veremos cómo la elección es PERSONAL.
De nuevo, también en esto, nuestros oponentes han tratado de derribar
la elección, diciendo que es una elección de pueblos y no
de personas. Pero el apóstol dice: "Dios os ha escogido desde el
principio". Es el más pobre de los subterfugios decir que Dios no
ha elegido a personas, sino a naciones; porque la mismísima objeción
que se alza por elegir a aquellas, se alza también por elegir éstas.
Y si no fuera justo escoger a personas, mucho más injusto sería
hacerlo con pueblos, ya que éstos están formados por multitudes
de aquellas; y elegir a una nación parece mayor delito -si es que
la elección es un delito- que escoger a una sola persona. Ciertamente,
escoger a diez mil debería considerarse peor que escoger a uno;
distinguir a una nación del resto de la humanidad parece ser más
extraño, en los hechos de la soberanía divina, que elegir
a un pobre mortal y dejar a otro. Pero, de todas maneras, ¿que son
las naciones sino hombres? ¿Qué son los pueblos, sino el
conjunto de diferentes unidades? ¿No formamos la nación tú
y yo, y ése y aquél? Si me decís que Dios escogió
a los judíos, os diré que escogió a este judío,
a ése, a aquél y al de más allá. Y si decís
que escogió a Inglaterra, yo diré que escogió a ese
inglés, a éste y a aquel otro. Así que, después
de todo, es la misma cosa. La elección es personal, es necesario
que lo sea. Cualquiera que lea este texto, y otros como éste, verá
que las Escrituras hablan continuamente del pueblo de Dios considerándolo
individuo por individuo, y los presenta como siendo el especial y particular
objeto de la elección.
"Somos sus hijos por Su elección,
Los que creemos en Jesucristo;
La gracia santa aquí recibimos
Para una eterna salvación.
Sabemos que es una elección personal".
V. El quinto pensamiento es -porque el tiempo vuela demasiado aprisa
y no me permite extenderme en estos puntos- que la elección produce
BUENOS RESULTADOS. "Dios os ha escogido desde el principio para salvación,
por la santificación del Espíritu y fe de la verdad." ¡Cuántos
hombres equivocan completamente la doctrina de la elección! ¡Y
cómo arde y hierve mi alma al recordar los terribles males que ha
ocasionado la perversión y adulteración de este maravilloso
fragmento de la gloriosa verdad de Dios! ¡Cuantos hay que se han
dicho a sí mismos: "Soy elegido", y se han dormido en su pereza
y han seguido peor que antes! "Soy elegido de Dios", han dicho, y han hecho
el mal a manos llenas. Después de decir esto han corrido prestamente
a la impiedad: "Soy un hijo elegido de Dios, y no por mis obras; por lo
tanto puedo vivir como mejor me parezca y quiera Oh, amados!, Permitidme
que os amoneste solemnemente a que no llevéis la verdad hasta más
allá de sus confines o mejor, que no la convirtáis en error;
porque podemos pasar sus límites, y hacer, de lo que es para nuestro
gozo y consuelo, una terrible mezcla para nuestra destrucción. Os
digo que ha habido miles de hombres que se han perdido por tener una idea
equivocada de la elección; son aquellos que han dicho: "Dios me
ha elegido para el cielo y la vida eterna", pero han olvidado que está
escrito también que Él los escogió "por la santificación
del Espíritu y fe de la verdad".
Ésta es la elección de Dios: elección para santificación
y para fe. Dios escoge a su pueblo para ser santo y creyente. ¿Cuántos
de vosotros, pues, sois creyentes? ¿Cuántos de mi congregación
pueden levantar la mano y decir que creen en El, que son santificados?
¿Hay alguno de vosotros que diga: "Soy elegido", mientras yo pueda
recordarle cómo blasfemaba la semana pasada? Uno dirá: "Creo
que soy elegido". Mas yo llamo la atención de tu memoria para que
recuerdes algunas cosas poco honorables que hiciste durante los últimos
seis días. Otro dirá también: "Soy elegido"; pero
puedo mirarle a la cara y decirle: "¿Elegido?; tú eres el
más maldito de los hipócritas; eso es lo que eres". Habrá
otro que diga igualmente: "Soy elegido", mas ha olvidado el trono de la
gracia y no ora.
¡Oh, amados!, no creáis nunca que sois elegidos a menos
que seáis santos. Podéis venir a Cristo como pecadores, pero
jamás como elegidos si no veis vuestra santidad. No interpretéis
mal mis palabras; no digáis: "soy elegido", y creáis que
aún es posible seguir viviendo en pecado. No puede ser así;
los elegidos de Dios son santos. No son puros, ni perfectos y sin mancha;
pero, considerando sus vidas en general, son personas santas; son marcados
y distintos de los demás; y nadie tiene el menor derecho a considerarse
elegido, sino es en su santidad. Puede serlo y continuar aún en
tinieblas, pero no tiene derecho a creerlo; nadie lo ve, no hay evidencia
de ello. El hombre puede vivir un día, pero hoy está muerto.
Si vivís en el temor de Dios, tratando de agradarle y obedecer sus
mandamientos, no dudéis que vuestros nombres hayan sido escritos
en el libro de la vida del Cordero desde antes de la fundación del
mundo.
Y, caso de que lo dicho hasta aquí sea demasiado profundo para
vosotros, notad la otra señal de la elección: la fe. "La
fe de la verdad." Todo aquel que cree en la verdad de Dios y en Jesucristo,
es elegido. Frecuentemente encuentro personas que tiemblan y se estremecen
ante este pensamiento: "¡Oh, Señor!", dicen ellas; "¡y
si yo no fuera elegido!" "He puesto mi esperanza en Jesús; es cierto
que creo en su nombre y confío en su sangre; pero, ¡ay! ¿seré
yo elegido?" ¡Pobre querida criatura!, no sabes mucho del Evangelio,
o de otra manera no hablarías así, porque el que cree es
elegido. Aquellos que son elegidos, lo son para santificación y
fe; así, pues, si la tenéis sois de los elegidos de Dios.
Podéis y debéis conocerlo, porque es de certeza absoluta.
Si tú, como pecador, miras a Jesucristo esta mañana y dices:
"Nada traigo en mis manos a tu luz
Sólo vengo a abrazarme a tu cruz".
Eres elegido. No tengo miedo de que la elección espante a santos
y pecadores. Hay clérigos que responden a quien les pregunta acerca
de este tema: "No te preocupes por la elección". Pero los que así
responden obran mal, porque la pobre alma no va a quedarse tranquila. Si
quedase conforme, bien valdría la respuesta; pero continuará
preocupada sin poder remediarlo. Contestadles, pues, que si creen en Jesucristo
son elegidos. Si se entregan a El, son suyos A ti, al mayor de los pecadores,
te digo esta mañana en su nombre que si te acercas a Dios sin ninguna
obra por tu parte, y confías en la sangre y en la justicia de Jesucristo;
si vienes ahora y depositas tu confianza en Él, eres elegido, has
sido amado por Dios desde antes de la fundación del mundo: porque
no podrías haber actuado de esa forma si Él no te hubiera
dado la fuerza, y te hubiera escogido para hacerlo.
Así, pues, sois salvos y estáis seguros con solo descansar
en él, desear ser suyos y anhelar su amor. Pero no creáis
que alguien vaya a ser librado sin fe y sin santidad. No esperéis
que algún extraño decreto escondido en la eternidad pueda
salvaros, si no creéis en Cristo; ni imaginéis que escaparéis
de la condenación si no tenéis fe y santidad. Esta es la
más abominable y maldita de las herejías, la cual ha perdido
a millares. No uséis la elección como almohada para dormir,
porque podríais despertar en la condenación. No permita Dios
que yo os ponga un mullido cojín para que descanséis cómodamente
en vuestros pecados. ¡Pecadores!, no hay nada en la Biblia que pueda
paliar vuestro pecado. ¡Oh, hombres y mujeres!; si estáis
condenados, si estáis perdidos, no encontraréis en ella ni
una gota de agua para refrescar vuestras lenguas, ni una doctrina que pueda
disimular vuestras culpas; vuestra perdición será totalmente
la paga de vuestro delito, merecida en gran manera porque no habéis
creído y el que no cree es condenado. "Vosotros no creéis
porque no sois de mis ovejas." "Y no queréis venir a Mí para
que tengáis vida." No imaginéis, ni por un momento, que la
salvación excusa el pecado; ni os mezcléis dulcemente en
la complacencia del pensamiento de vuestra irresponsabilidad. Sois responsables.
Debemos reconocer ambas cosas. Es necesario que haya soberanía divina
y responsabilidad humana. Es necesario que haya elección, pero también
es necesario que acosemos vuestros corazones, que os demos la verdad de
Dios; es necesario que os recordemos que, aunque está escrito: "En
Mí está tu ayuda", también está escrito: "Te
perdiste, oh Israel".
VI. Y, finalmente, consideraremos cuáles son las verdaderas
y razonables tendencias de un recto concepto de la doctrina de la elección.
En primer lugar, hablaremos de lo que los santos hacen movidos por esta
doctrina bajo las bendiciones de Dios; y, en segundo lugar, lo que esta
misma doctrina hace por los pecadores, si Dios la envía para bendecirles.
Yo creo que, para el creyente, la elección es una de las doctrinas
más despojadoras de su amor propio para quitar toda confianza en
la carne, o toda seguridad en lo que no sea Jesucristo. Cuán a menudo
nos prendamos de nuestra propia justicia y nos adornamos con las falsas
gemas de nuestras obras y virtudes. Decimos: "Seré salvo, porque
tengo tal y cual evidencia". Pero no es eso lo que salva, sino la fe sola,
sin nada más; esa fe en el Cordero que no tiene en cuenta las obras,
pero que es el origen de ellas. Cuántas veces buscamos apoyo en
cosas que no son nuestro Amado, y confiamos en algún poder distinto
del que viene de lo alto. Así pues, si queremos evitar esto debemos
considerar la elección. Detente, alma mía, y medita esto.
Dios te amó antes de que tuvieras el ser; te amó cuando estabas
muerta en delitos y pecados, y envió a su Hijo a morir por ti. El
te compró con su preciosa sangre mucho antes de que tú supieras
balbucear su nombre. ¿Puedes, entonces, ser orgullosa?
No conozco nada, nada en el mundo, que sea más humillante para
nosotros que esta doctrina de la elección. Muchas veces he tenido
que caer postrado ante ella cuando he intentado comprenderla. He agitado
mis alas, y, cual águila, me he remontado al sol. Constante ha sido
mi ojo y seguro mi vuelo; pero cuando he llegado cerca de Él, y
aquel pensamiento
-"Dios os ha escogido desde el principio para salvación"-, se
ha apoderado de mí, me he perdido en su resplandor, he sido cegado
por su luz; mi alma ha temblado ante tan inescrutable idea, y ha caído
deshecha y rota desde aquella cima de vértigo, diciendo: "Señor,
yo no soy nada, yo soy menos que nada. ¿Por qué yo? ¿Por
qué yo?"
Amigos, si queréis ser humillados, estudiad la elección,
porque ella os humillará por el poder del Espíritu Santo.
El que sienta orgullo por su elección no es elegido; y aquel que
se sienta humillado por ella, puede creer que lo es; porque tiene uno de
sus más benditos efectos: que nos ayuda a todos a humillarnos delante
de Dios.
La elección debería hacer al creyente muy temerario y
muy osado. Ningún hombre es tan intrépido como el que se
sabe elegido por Dios. ¿Qué le importa a él el hombre,
si ha sido escogido por su Hacedor? ¿Qué le importa a él
el compasivo piar de los pajaritos, cuando sabe que es águila real?
¿Qué le importará que el mendigo le señale,
cuando sangre real del cielo corre por sus venas? ¿Temerá
si todo el mundo se levanta contra él? Si toda la tierra se levanta
en armas, el vive en perfecta paz, porque mora en el lugar secreto del
tabernáculo del Altísimo, en el gran pabellón del
Todopoderoso. "Soy de Dios", dice. "Soy diferente a los demás. Ellos
son de una raza inferior. ¿No soy noble? ¿No soy aristócrata
del cielo? ¿No está mi nombre escrito en el libro de Dios?"
Así pues, ¿le preocupará el mundo? De ninguna manera:
es como el león que no se inmuta por el ladrido del perro, y se
ríe de todos sus enemigos; y si se le acercan, con sólo moverse
los destroza. ¿Por qué se turbara por ellos? "Se mueve entre
sus adversarios como un coloso; mientras enanos que andan bajo sus pies,
le ignoran". Su cabeza es de hierro y su corazón de pedernal; ¿qué
le preocupará del hombre? Si fuese silbado y despreciado por el
mundo entero, podría sonreír y decir:
"El que ha hecho de Dios su amparo,
Hallará en Él la morada sin marro".
"Soy uno de sus elegidos. Escogido por Dios y estimado; y aunque el
mundo me aborrezca, no tengo miedo." ¡Ay de vosotros, acomodaticios!,
algunos os doblaréis como los sauces. Hay pocos robles cristianos
hoy día que puedan aguantar la tormenta; y os diré la razón:
no tienen la confianza en ellos mismos de haber sido elegidos. Al hombre
que sabe que lo es, su orgullo le impedirá pecar; no se humillará
para hacer lo que los demás hacen. El creyente en esta verdad dirá:
"¿Comprometeré mis principios? ¿Cambiaré mis
doctrinas? ¿Me apartaré de mis ideas? ¿He de esconder
lo que creo que es la verdad? ¡No!, y porque se que soy elegido de
Dios, en los mismos oídos de los hombres hablaré de Su verdad,
digan lo que digan". Nada hace a un hombre tan osado como el saber que
es un escogido de Dios. No temblará ni se amedrentará, porque
sabe que Él lo ha elegido.
Más aún, la elección nos hace santos. No hay cosa
bajo la maravillosa influencia del Espíritu Santo que pueda hacer
al cristiano más santo que el pensamiento de saberse elegido. "¿Pecaré
yo, dice, después que Dios me ha escogido? ¿Seré un
transgresor, considerando tanto amor? ¿Me apartaré al ver
tan tierna misericordia y bondad? No, Dios mío; ya que Tú
me has escogido te amaré y viviré para ti.
"Ya que Tú, mi Dios eterno,
Mi santo Padre te has hecho".
Quiero entregarme a ti y ser tuyo para siempre, por la elección
y la redención, y consagrar solemnemente mi vida entera a tu servicio.
Y ahora, finalmente, unas palabras para el inconverso. ¿Qué
te dice a ti la elección? Antes que nada tengo que deciros que os
excuso. Sé que a muchos no os gusta esta doctrina, y no puedo censuraros
por ello; porque yo mismo he oído decir tranquilamente a algunos
que la predican que "no tienen una palabra que decir al pecador". Es lógico
que os desagrade tal predicación, y os repito que, en ese caso,
no sois vosotros los culpables de tal aversión. Animaos, tened esperanza,
pecadores, porque hay elección. Lejos de desalentaros y descorazonaros,
es verdaderamente risueño y esperanzador que la haya. ¿Qué
pasaría si yo os dijera que nadie puede salvarse; que no hay ninguno
ordenado para vida eterna?; ¿No retorceríais vuestras manos
con desesperación, diciendo cómo nos salvaremos, pues, si
no hay elegidos?" Mas yo os digo que hay multitud de ellos, incontables;
hueste innumerable más allá de todo cálculo. Por lo
tanto, ¡tened ánimo, pobres pecadores! Sacudid vuestro abatimiento;
¿no podrás ser tu elegido como cualquier otro, si hay una
hueste innumerable? ¡Hay gozo y consuelo para ti! No solamente ten
ánimo, sino ven y prueba al Señor. Recuerda que, si no fueras
elegido, no perderías nada con ello. ¿Qué dijeron
los cuatro leprosos? "Vamos pues ahora, y pasémonos al ejército
de los sirios; si ellos nos dieren la vida, viviremos; y si nos dieren
la muerte, moriremos". ¡Oh!, pecador, ven al trono de la gracia que
elige. Puedes morir donde estás. Ve a Dios, y aún suponiendo
que te rechazara, suponiendo que apartara tus manos implorantes -cosa imposible-
con todo, no perderás nada; no serás más condenado
de lo que eres ahora; y si lo fueras, tendrías al menos la satisfacción
de poder decir a Dios, levantando tus ojos en el infierno: "Dios, te pedí
misericordia y no quisiste concedérmela; Supliqué y lloré
por ella, pero me la negaste". ¡Eso nunca podrás decirlo,
pecador! Si vas a El, y se la pides, la recibirás; porque ¡aún
no ha despreciado a nadie! ¿No te infunde esperanza esto? Y aunque
hay un número determinado, todos los que la buscan pertenecen a
él. Ve y busca la misericordia, pecador; y si fueras el primero
en ir al infierno de todos los que la buscaron, di a los demonios cómo
pereciste; di a los espíritus perversos que fuiste echado fuera
después de haber ido a Jesús como un culpable pecador. Sabe,
pecador; que ello deshonraría al Eterno -con reverencia a su nombre
es más, y no permitirá tal cosa. Es celoso de su honor, y
no puede dar lugar a que nadie hable así.
Y lo que es más, ¡pobre alma!, cree no sólo que
no perderás nada con venir, sino que hay algo mucho mejor. ¿Amas
la doctrina de la elección? ¿Estás dispuesto a aceptar
su justicia? Di pues: "Sé que estoy perdido y lo merezco; y que
si mi hermano es salvado, yo no puedo murmurar. Si Dios me destruye, soy
digno de ello, pero si salva a los que están sentados a mi lado,
a Él le es licito hacer lo que quiera con lo suyo, y yo no puedo
sentirme ofendido por ello". ¿Podéis decir esto sinceramente
desde lo más profundo de vuestro corazón? Si así es,
la doctrina de la elección ha hecho su justo efecto en vuestro espíritu,
y no estáis lejos del reino de los cielos. Habéis sido traídos
a donde debíais estar, donde el Espíritu ha querido; y siendo
así esta mañana, marchaos en paz; Dios ha perdonado vuestros
pecados. No podríais sentir esto si no hubiereis sido perdonados.
Es imposible tener esa sensación si el Espíritu de Dios no
obrara en vuestros corazones. Alegraos, pues, de ello. Descansad vuestra
esperanza en la cruz de Cristo. No penséis en la elección,
sino en El. Jesús en el principio, después y por toda la
eternidad.
***