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Aunque la Biblia era escrita por hombres inspirados, han de ser considerados meramente como los instrumentos escogidos, adaptados, e empleados por Dios, para la producción de esta obra. Dios mismo es el autor de la Bibia. Cuando leemos sus páginas sagradas, debemos de realizar que Dios nos habla, y cuando permitimos que sea descuidada, debemos de recordar que estamos rehusando en escuchar a Dios, cuando él propone de instruírnos sobre temas de momentos infinitos.
La Biblia contiene el testimonio de Dios, y por lo tanto, es un Regla de Fe. Las declaraciones de un hombre honesto deben de ser creídas, mucho más deben de ser aquellas hechas por el Dios de verdad; "si recibimos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios es mayor" (1 Juan 5:9). En rechazar el testimonio de Dios, es de hacerlo un mentiroso. En llamar a un compañero mentiroso, es de darle un insulto de un carácter muy grosero. Este insulto se lo damos al gran Dios cuando rehusamos en recibir su testimonio, dada a nosotros en su santa Palabra.
La Biblia contiene los preceptos de Dios, y es por lo tanto, una Regla de Deber. Somos obligados a obedecer los mandamientos de padres y gobernadores civiles, pero Dios tiene una demanda más alta de nuestra obediencia. Él es el Padre nuestro en el cielo, y el Legislador Supremo del universo. Econtra esta alta autoridad nos rebelamos cuando rehusamos en obedecer los preceptos de la Biblia.
La Biblia contiene las promesas de Dios, y es por lo tanto, una Regla de Esperanza. Ella determina, no solo lo que debemos de creer y hacer, pero también lo que hemos de esperar. Ella presenta, como el fundamento de nuestra esperanza, la promesa y el juramento de Dios, dos cosas inmutables, en las cuales es imposible para que Dios mienta. Ponemos los ojos en él como el galardonador de aquellos que le buscan diligentemente, y toda nuestra confianza con respecto a la naturaleza y extento de este galardon, y la certeza de obtenerlo, es fundada en la palabra segura de la profecía, la Biblia.
Sea que, como una regla de fe, de deber, o de esperanza, la autoridad de la Biblia es suprema. Podemos confiar en el testimonio de los hombres, pero en veces nos engañan. Podemos de ordenar la conducta nuestra por el mandato de aquellos quienes están sobre nosotros, o por los dictados de nuestra conciencia, pero gobernadores pueden mandar lo que es mal, y la conciencia no es infalible. Podemos de apreciar esperanzas fundadas en las promesas humanas, o las tendencias naturales de las cosas, pero las promesas humanas frecuentamente son engañosas, y las promesas de la Naturaleza son botónes que a pesár qué bellas y fragantes sean, son frecuentamente marchitadas antes de producir fruto. Dios nunca engaña. "Secóse la hierba, y la flor se cayo; Mas la palabra del Señor permanece perpetuamente" (1 Pedro 1:24,25). Cuando la Biblia habla, todo lo demás será silencio, y su deciones no dejan lugar para duda e admite ninguna apelación.
La autoridad de la Biblia es independiente. No fue conferida sobre ella por los hombres inspirados que la escribieron; ni nada de ella recibe de los hombres quienes la han transmitido a nosotros. La iglesia más pura en la tierra no puede investirla con autoridad; mucho menos la iglesia corrupta de Roma. Los escritores inspirados referieron la autoridad de lo que escribieron á Dios; y aquí tiene que restar. Los copiantes de los manuscritos, quienes han sido los agentes de la Providencia en preservar y transmitir el Libro Sagrado a nosotros, y los impresores y los encuadernadores por cuyos labores este libro es circulado tan extensamente, no han conferido ninguna autoridad sobre ella, y ha recibido tan poquito de la iglesia de Roma como de estos. Ella posee autoridad simplemente porque es la palabra de Dios.
La autoridad de la Biblia es inmediata. Su discurso es directamente de Dios, y directamente a la mente y corazón de cada individuo lector. No tenemos ningun mediador sino Cristo, y ningun interprete infalible sino el Espíritu Santo. Podemos derivar ayuda de los hombres en entender la Biblia, pero ellos no tienen ningun derecho para entenderla por nosotros. Debemos de emplear nuestras mentes propias en el estudio de la Palabra de Dios, y permitir ningun interprete humano intervenir entre Dios y nuestra propia conciencia. Debemos de decir, cada uno por si mismo, "Habla, Jehová, que tu siervo oye" (1 Samuel 3:9).
¡Qué don precioso es la Biblia! ¿Quién no la apreciará? ¿Quién no la atará a su corazón? Estamos en el istmus angosto de la vida, entre dos oceanos, el pasado ilimitado y el futuro ilimitado. Los registros de la eternidad están más allá de nuestro alcance, pero el Anciano de gran edad los ha abierto, y nos ha revelado en la Biblia lo que sea necesario que debemos saber. El presente que se desaparece es todo importante para nosotros porque en ella depende toda nuestra eternidad, pero, ¿quién nos instruirá cómo utilizar los momentos que rapidamente pasan cómo debemos? EL único sabio Dios ha consentido en hablarnos en la Biblia, y enseñarnos de cómo ordenar nuestros pasos en el camnio corto de la vida, para asegurar la vida eterna. El mundo futuro está delante de nosotros. En cuanto á mí, conozco que estoy parado en la ribera de un oceano ilimitado, pero que solo queda una pulgada de arena que se desmorona. Oígo los gritos del infiel muriendose a mi lado, a quien la vista todo está cubierto con unas tinieblas impenetrables. Él también ha venido al orilla, y hubiera alegramente rehusado de seguir,, pero no puede. Perplejado, terrorizado, temblando, se lanza y se hunde no sabiando á donde. ¡Qué precioso, en este momento penoso, es el Libro de Dios! ¡Qué consolador es esta Luz del cielo! Delante de ella veo las sombras retirandose. La Biblia levanta su antorcha - no, no una antorcha débil, tal como el razonamiento levantará, para iluminar sobre las tinieblas y rendirlas visibles; la Biblia derrama la luz del sol del día mediano sobre el prospecto vasto delante de mí, y me capacita, tranquilo y con gozo, de lanzarme a la eternidad con la plena seguridad de esperanza. Mortales, apresurandose a las retribuciones de la eternidad, sed sabios; recibe la revelación del cielo que te es presentada en la Biblia; atiende diligentemente a sus instrucciones, y haz reverencia a su autoridad, como la palabra del Juez final delante de quien muy pronto te aparecerás.
(Continuár á LIBRO SEGUNDO - La Doctrina Tocante A Dios - Introducción - El Deber De El Amor A Dios)